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LA CRÓNICA

De caza muy sutil con Jünger

El escritor, soldado y entomólogo se convierte en personaje de novela policiaca en el nuevo libro de Ben Pastor, que lo junta con su ficticio oficial de la Wehrmacht y detective Martin Bora

Ernst Jünger, a la izquierda, de uniforme, junto a Carl Schmitt, en Rambouillet en 1941
Ernst Jünger, a la izquierda, de uniforme, junto a Carl Schmitt, en Rambouillet en 1941

De aperitivo de BCNegra, que empieza ya el lunes (y trae a Louise Penny con el inspector Gamache, ese buen amigo), me he zampado ya una novela policiaca (policiaca-bélica) sensacional: la nueva de la serie que la escritora Ben (Verbena) Pastor viene dedicando desde hace años a su investigador de ficción, un militar, el oficial de la Wehrmacht en la Segunda Guerra Mundial (con una incursión en nuestra Guerra Civil), Martín von Bora. La novela se titula Los pequeños incendios (Alianza), transcurre en la Francia ocupada por los nazis en 1940, concretamente en París y la Bretaña, y tiene el extraordinario aliciente añadido de que aparece, como detective aficionado, ayudando al protagonista en un difícil caso de asesinato ¡nada menos que Ernst Jünger!

Yo creía que después de la anterior entrega de la serie, El camino a Ítaca, que pasaba en la Creta invadida por los paracaidistas alemanes y en la que surgía la sombra de John Pendlebury, habíamos tocado techo, pero tener de gran secundario a Jünger... ¡vaya lujo! Mi relación con el escritor, soldado y entomólogo (1895-1998), al que no conocí (y no será porque no viviera años el tío: 102), es ambivalente. Me encantan sobre todo sus diarios (Tusquets), especialmente los tomos de Radiaciones, que cubren la segunda contienda, y me fascinan su insondable cultura, su amor por la aventura y su insaciable curiosidad (que incluía los escarabajos y meterse de todo en el cuerpo, del borgoña al LSD), y, sí, también, su rutilante carrera militar en la Gran Guerra: Jünger ganó la medalla Pour le Mérite, la codiciadísima Max Azul, asaltando las trincheras francesas mandando un escuadrón de asalto (lo hirieron siete veces) y con el Orlando furioso de Ariosto (que le había incitado, decía, al heroísmo) en el macuto, entrechocando con las granadas de palo. Volvió a combatir en la segunda guerra como capitán de caballería de la Wehrmacht en la invasión de Francia.

Me molestan de Jünger, al que Walter Benjamin no soportaba, y calificaba de “belicista místico depravado”, su sublimación de la experiencia militar y la violencia –expresada en su famoso Tormentas de acero-, su insufrible vanidad y su elitista y bravucón nihilismo. Hitler sentía por él una ambivalencia similar a la mía (ahí acaba el parecido), aunque la suya era mucho más peligrosa: veía a Jünger como un héroe nacional y un camarada de la primera guerra (“no me toquéis a Jünger”, decía a sus esbirros, que le tenían ganas) pero le fastidiaba que fuera tan por libre y sobre todo que los menospreciara a los nazis y a él mismo.

Jünger, en París en 1940, en una foto coloreada.
Jünger, en París en 1940, en una foto coloreada.

Ben Pastor lo retrata en la novela con absoluta fidelidad, y lo vemos colaborando a su manera soberbia y displicente con Bora -con el que forma, los dos capitanes de caballería, valientes y familiarizados con la obra de Proust, una pareja verdaderamente antológica- en la investigación sobre la muerte de la mujer de un quisquilloso contralmirante de la Kriegsmarine que se hace tratamientos de glándulas de mono para mejorar su desempeño sexual.

Curiosamente, es Bora el que lleva a Jünger a una “caza sutil” (subtile Jagden, como llamaba el escritor a su busca de insectos): la del asesino.

La novela, impregnada de una atmósfera tenebrosa casi sobrenatural, está llena de atractivos, aparte de la presencia de Jünger, der Krieger, “el guerrero”, como le llaman (y que no aparece físicamente, en un gran ejemplo de suspense, hasta la página 194, y entonces aprovecha para pedirle papel higiénico al protagonista). A Bora, que ha estado fisgoneando imprudentemente en las atroces actividades de las SS en Polonia (en una novela anterior, Lumen), los tipos de la doble runa le guardan el natural rencor y tratan de zancadillearle o algo peor. El contralmirante tiene un hijo comandante de sumergibles del que Bora descubre que disfruta haciéndoles poner a las prostitutas que frecuenta en Brest las bragas que le roba a su madre (así, piensa uno, no es extraño que perdieran la guerra submarina).

Nuestro joven investigador soldado, que trabaja al servicio de la Abwher, la inteligencia militar dirigida por el almirante Canaris, se aloja en el campo en un caserío propiedad de un extraño y extravagante sacerdote excomulgado y su misión incluye resolver el crimen, seguirle los pasos a Jünger (que ha dejado unos días su dorado destino en París, donde socializaba hasta con Picasso) y contactar con los nacionalistas bretones que apoyan, con su propia agenda, la ocupación alemana. Como ven, entretenimiento no falta.

“Me parecía buena idea hacer que Bora se encontrara con Jünger, porque el escritor era uno de los intelectuales alemanes más notables de la época, un hombre tan complejo y controvertido que valía la pena ver qué pasaba al juntarlos en una investigación”, me explica Pastor, con la que nos conocimos en Roma en 2007, a raíz de la publicación de Kaputt Mundi (Salamandra), en la que Bora, un Bora ya estragado por la guerra, se ve involucrado en el atentado partisano de Via Rasella y la terrible represalia de las ejecución masiva en las Fosas Ardeatinas (que aproveché para visitar).

Hitler admiraba a Jünger, pero le fastidiaba e irritaba su menosprecio

A Pastor, Jünger le recuerda a Gabriele D’Annunzio, “el poeta soldado por excelencia, culto, mujeriego, políticamente conservador, aunque difícil de encasillar; no es coincidencia que Jünger se convirtiera en el enfant terrible de la Alemania nazi. Su papel en el atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944 es oscuro, pero plausible”. Para introducirlo en la novela, la autora se ha documentado a fondo: “He leído sus muchos diarios, novelas, artículos históricos y militares, y sus ensayos sobre la naturaleza. Me parece entender que, junto al mito exasperado y juvenil de la virilidad en la guerra, que compartía con D’Annunzio, poseía un elemento de anarquía intelectual y de insolencia en la confrontación de la autoridad”. ¿Pero te gusta, Ben? “Lo admiro como escritor, en los diarios y ensayos más que en las novelas, pero dudo que me hubiera gustado encontrármelo; entre otras cosas, ¡su narcisismo debía ser inmenso!”.

La novelista contrasta al “héroe-antihéroe-mefistofélico” Jünger con el joven y severo Bora, más reflexivo y melancólico y mucho más moralmente sólido. Dice que siempre es muy cuidadosa cuando introduce un personaje real y que por eso hace hablar a Jünger a través de sus propias palabras “a veces verbatim, otras parafraseándolo”.

Con respecto al independentismo bretón, Ben Pastor me explica que “el separatismo ha sido siempre para mí fuente de fascinación y preocupación. Desde los estados secesionistas de la Guerra Civil norteamericana (mi difunto ex marido tenía tres antepasados que combatieron por la Confederación hasta el Tirol del Sur, el Alto Adigio, encuentro muy interesantes las motivaciones históricas, económicas, lingüísticas y sentimentales que llevan a una región a buscar la independencia. En el caso de Bretaña, que como Cataluña había tenido una existencia separada en el pasado, el factor lingüístico cultural ha tenido prevalencia sobre la política, y los alemanes supieron explotar el separatismo bretón en su favor, cosa que me pareció interesante contar. Resulta una imagen de la Francia ocupada bastante inédita...”. De nuestro procés, dice que sigue “con ansia, el desarrollo de la crisis catalana contemporánea”.

En la próxima novela de la serie, Bora conocerá a Von Stauffenberg, el coronel  que atentó contra el Führer

Ben Pastor señala que le hubiera gustado hacer que Bora conociera a Maigret y compartieran algún caso, “pero el personaje de Simenon es copyright de sus editores...”. A quien si va a conocer pronto el personaje es a Claus von Stauffenberg, su alter ego histórico (es sabido que el íntegro y aristocrático oficial de ficción está creado a imagen del coronel que trató de matar a Hitler el 20 de julio. “Acabo de finalizar mi nueva novela, La noche de las estrellas fugaces, que se publicara en Italia en primavera. Transcurre en Berlín en julio de 1944, una semana antes de la Operación Valkiria. Bora, que investiga la muerte de un astrólogo, se encuentra con Stauffenberg ¡y no es un encuentro fácil!...”. La autora ya le da vueltas a la siguiente novela en la que por fin conoceremos la terrible experiencia de Bora en Stalingrado...

De momento, ahí está la magnífica Los pequeños incendios, con Jünger. La novela tiene como colofón, y perdonen el tórrido spoiler, que en todo caso no compromete en nada la trama detectivesca, un extenso polvo entre el protagonista y su mujer (la desinhibida Dikta), que no han tenido mucho tiempo para refocilarse maritalmente por culpa de la Blitzkrieg. El chico, envidiable muchacho, se merece eso y más porque ha aguantado como un cosaco las mundanas tentaciones francesas y la joi de vivre de Ernst Jünger...