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LA CRÓNICA

El piloto que debía atacar Nueva York para Hitler

Se publican las memorias de Peter Brill, aviador alemán de la II Guerra Mundial que residió en Barcelona

Un aviador alemán sobre un bombardero Heinkel He-177 como el que tenía que pilotar Peter Brill.
Un aviador alemán sobre un bombardero Heinkel He-177 como el que tenía que pilotar Peter Brill.

No conozco personalmente a mucha gente que haya tratado de bombardear Nueva York para los nazis. De hecho solo a una: el aviador alemán Peter Brill, que sirvió de joven en la Luftwaffe y al que visité una vez en su casa de Barcelona, hace diez años. Vivía entonces al lado de los Pujol, en General Mitre; hoy alguno pensará que puestos a bombardear podía haberlo hecho más cerca.

He tenido la fortuna de tratar a un buen puñado de pilotos de caza, e incluso de entablar amistad con varios de ellos. No precisamente con Brill, que era —falleció el 22 de febrero de 2013 en Palma de Mallorca— un hombre sobrio y circunspecto, poco amigo de la broma, como puede esperarse de alguien que ha tenido en la cola un Mustang P-51 y ha sobrevivido a tres años de cautiverio en Rusia regresando con 45 kilos de peso y una hepatitis crónica.

El piloto de caza del que guardo mejor recuerdo y del que conservo incluso un par de cartas es el escritor James Salter, con el que pasé una tarde inolvidable hablando de la guerra de Corea en la que había luchado a los mandos de un F-86 Sabre (derribó un Mig-15). Otro tipo estupendo al que conozco (aún vive) es Chuck Yeager, el primer hombre que rompió la barrera del sonido e inspiró Lo que hay que tener de Tom Wolfe, que ya es título. Yeager, que me dedicó amablemente su foto junto al Bell X-1 Glamorous Glennis, el avión con el que batió el récord, había volado en un Mustang P-51, precisamente, y logró 11 victorias y media (?), una de ellas al abatir un difícil de pillar reactor Me-262. Luis Lavin, Antonio Nieto Sandoval, el conde Orssich, José Luis Milá, Pedro Benito, y el año pasado, a bordo del portaviones USS Truman en el Golfo Pérsico, el capitán topgun Winston Scott, en el aire Adversary, son otros de los pilotos de caza que he tenido la suerte de conocer.

Brill sospechaba que dada la falta de autonomía del He-177 (los alemanes nunca tuvieron un bombardero de largo alcance verdaderamente operativo) la misión era llegar, lanzar las bombas y luego sacrificar el avión y esperar a ser recogidos por un submarino en medio del Atlántico.

Pensándolo bien, podría añadir al teniente Eduardo Laucirica, estrellado en 1940 a los mandos de un Me-109, por la intimidad que da, al hallarlo en 2002, haber tenido en mis manos uno de sus calcetines dentro del que se conservaban aún los huesos de su pie.

Peter Brill también voló el Messerschmitt Bf-109, que fue la columna dorsal de la Luftwaffe en la II Guerra Mundial. Que conocía bien el aparato me lo dejó muy claro aquella tarde en la terraza de su casa, de la que salí sabiéndolo prácticamente todo del caza y su manejo. Cosas como que era muy difícil despegarlo y aterrizarlo por que tenía un tren de aterrizaje muy estrecho y te la pegabas con frecuencia. Para despegar, me detalló, había que dar gas muy despacio, bloquear la rueda de cola y levantar el avión del suelo con suavidad. Me interesó cómo volar el Me-109, aunque no creo que haga mucho uso y, sinceramente, hubiera preferido un té con pastas. En cambio le costó un montón al viejo aviador explicarme que derribó (y mató) a cuatro pilotos soviéticos con su querido Messerschmitt.

Brill es noticia póstuma porque se han publicado sus memorias. Lo han hecho el investigador Pere Cardona y el cineasta Laureano Clavero en un libro, El diario de Peter Brill (Dstoria Edicions), que incluye un DVD con un documental de 31 minutos sobre el aviador v que se presentó el otro día en la L'Aeroteca, la librería de aviación barcelonesa. Fue allí precisamente donde vi por primera vez a Brill, en 2006, cuando participaba en la presentación de una novela, Operación Hagen, que contaba una peripecia similar a la suya.

Peter Brill, en la librería L'Aeroteca, durante una conferencia.
Peter Brill, en la librería L'Aeroteca, durante una conferencia.

Las memorias de Brill, que dejó un extenso material documental incluidas cartas y filmaciones, son muy interesantes (más en el aspecto técnico que en el humano), aunque demuestran que el autor era mejor volando con la Luftwaffe que escribiendo. Explica sus orígenes familiares y su juventud en la Alemania nazi. Su hermano mayor era miembro de las SA y Brill apunta de pasada que le parece que fue jefe de un distrito de la Polonia ocupada, lo que suena bastante siniestro. Por si acaso, nunca hablaban del tema. El propio Brill marca mucho las distancias con los nazis, aunque admite que todos los alemanes "perdimos el norte". Él era de los que ni vieron ni supieron nada. Esa mayoría para la que Hitler no era lo bastante explícito (y mira que se esforzaba el tío). Su pasión siempre fue volar y empezó en las Juventudes Hitlerianas (cuyo himno nunca olvidó y cuyo carnet conservaba). En 1941, con 17 años, entró voluntario en la Luftwaffe. Vio una vez a Goering y la impresión que le causó "no fue favorable", lo que desde luego le honra.

Con 19 años lo enviaron, y esto es lo más excepcional de las experiencias bélicas que contaba, a un grupo especial para pilotar un bombardero Heinkel He-177 Greif. La misión a la que estaba destinado era ¡bombardear Nueva York! Pero el trasto no llegó a funcionar bien y la operación se canceló. Nunca les explicaron detalladamente en qué consistía el plan, pero Brill sospechaba que dada la falta de autonomía suficiente del He-177 (los alemanes nunca tuvieron un bombardero de largo alcance verdaderamente operativo capaz de ir a EE UU y volver) la misión era llegar, lanzar las bombas y luego sacrificar el avión y esperar a ser recogidos por un submarino en medio del Atlántico. Cuánto había de fantasía y de realidad en el relato de Brill es difícil de decir. En el interesantísimo Luftwaffe over America (2016), el especialista Manfred Griehl deja claro que los nazis en realidad jamás pudieron bombardear EE UU, más allá de algún ataque testimonial (como hicieron los japoneses), que podía haberse organizado con hidroaviones o repostando en vuelo. Ganas no les faltaban: Hitler se ponía como una moto imaginando Nueva York en un mar de fuego, los rascacielos como torres en llamas —¡lo que hubiera disfrutado con el 11-S!—. Ni ideas (incluida la cohetería y aviones tan extravagantes como las alas voladoras de los hermanos Horten).

Guardo un recuerdo ambivalente de Brill. Fue apasionante pasar la tarde con él, admirar sus bonitas maquetas de aviones y oírle hablar del He-177, de Johannes Steinhoff, uno de mis aviadores favoritos y que fue comandante en el Jagdgeschwader 77 (JG 77), la escuadrilla de caza en la que voló él; o de su participación en la casi suicida Operación Bodenplatte, el 1 de enero de 1945. Pero para mí que el viejo piloto guardaba demasiados buenos recuerdos de todo aquello. Además, ¿cómo sentir mucha afinidad por alguien que de haber podido llegar a Manhattan nos hubiera dejado sin el Metropolitan, los dinosaurios del Museo de Historia Natural, la librería Strand y las incomparables hamburgesas de The Spotted Pig?