LA CRÓNICA

Brindis por el héroe, viajero y amante

El homenaje al escritor Patrick Leigh Fermor se animó con dos botellas de vino Tokay

Patrick Leigh Fermor con Spiro y Maria Lazaros en Lemonodassos, Grecia, en 1935.
Patrick Leigh Fermor con Spiro y Maria Lazaros en Lemonodassos, Grecia, en 1935.

Cuatro gatos justos, y de ellos dos llegados de Barcelona, nos juntamos la semana pasada en Madrid para recordar a Patrick Leigh Fermor (1915-2011), el gran escritor de viajes y héroe de guerra, protagonista de esa sensacional hazaña que fue el secuestro del general Kreipe en Creta en 1943, y autor de algunos de los libros más hermosos que pueda leerse. Lo que no tuvo de masiva la convocatoria —pese a que a mí me anunciaron como Jacinto Benavente, que es un punto— lo tuvo de emotiva, en especial gracias a las dos botella de vino húngaro que llevé muy previsor y que animaron de lo lindo a la concurrencia. Pillé las dos botellas de un Tokaj bastante aceptable en el colmado Quílez, camino del AVE. No eran de un Disznókö Szamorondni o un Tokaji Aszü —con esos precios, jo, no es raro que Catalina de Rusia, gran aficionada al Tokay, se hiciera escoltar el suministro a San Petersburgo por un destacamento de cosacos (presumiblemente abstemios, si es que existe tal cosa)—, pero me dije que la prosa de Leigh Fermor (para el que ese vino era su madalena de Proust) ya haría el milagro de transmutar el líquido ambarino de mis botellas en una calidad superior.

El homenaje a Paddy, que es como universalmente conocían al escritor y aventurero sus amigos (una categoría en la cual me colé hace años yo de manera similar a como él se colaba en las fiestas de la alta sociedad del Bucarest de entreguerras: por la cara), se desarrollaba en el auditorio de la Fnac de Callao gracias al entusiasmo de Eugenio de la Plaza, Jefe de Libros, que organizó un “Mihali's Day” el viernes 7, en puridad la víspera de la celebración ortodoxa del arcángel san Miguel (8 de noviembre), “el general del cielo”, como decía Leigh Fermor. Michael, Miguel, era el segundo nombre de Paddy y el que le dieron en la Resistencia cretense cuando combatió con gran arrojo en sus filas durante la II Guerra Mundial. Él lo consideraba su nombre griego y así, Mihalis, le llamaron siempre sus festivos, ruidosos, incondicionales y besucones (¡en la boca!) camaradas griegos, la mayoría de ellos —Tirakis, Papaleonidas, Akomianakis o Paterakis, que acabó paradójicamente (visto lo que había hecho) como guardia del cementerio alemán de Creta—, curtidos ex guerrilleros.

A todos nos hubiera gustado realizar un acto de tanto postín como los que Paddy describió en sus inolvidables libros sobre su viaje a pie a los 19 años por la bella y caduca Centroeuropa de doradas aristocracias (la trilogía que se abre con El tiempo de los regalos), o algo bizantino, una estética que también le perdía. No hubiera estado mal organizar un partido de polo en bicicletas del estilo de los que se jugaban en los salones de los palacios y kastély (castillos) de los nobles húngaros y que relata en Entre los bosques y el agua (el segundo tomo de su trilogía), pero nos faltaban unos cuantos Esterházys. Yo hubiera querido llevar un corneta de los Irish Guards —el regimiento original de Paddy— con casaca escarlata y gorro de piel de oso, como tuvo en su entierro en Dumbleton, pero si el Tokay va caro ni les digo los cornetas de los Irish Guards en uniforme de gala.

Así las cosas, la escenografía se redujo a una gran foto (muy guapo) y un vídeo de Paddy en el que aparecía el general Kreipe. El elenco de oficiantes quedó reducido a dos al fallar a causa de un viaje el tercero, Dolors Payás, traductora de Leigh Fermor, amiga y autora de un simpático librito sobre el personaje resultado de una visita a su casa de Kardamili (ya tan sola) y titulado muy oportunamente Drink time! Éramos pues solo la helenista, traductora y una de las más conspicuas y pioneras fans de Paddy, María Belmonte, venida también de Barcelona, y un servidor los que teníamos que rendir honores. Paddy, que sentía por las mujeres (que a su vez lo adoraban) el mismo entusiasmo que por secuestrar generales alemanes o recitar a Horacio en latín, hubiera preferido, sin duda, una más alta proporción de féminas.

No hubiera estado mal organizar un partido de polo en bicicletas del estilo de los que se jugaban en los salones de los castillos de los nobles húngaros y que Paddy relata en Entre los bosques y el agua

La falta de público no templó nuestro buen ánimo. Y eso que Eugenio me presentó diciendo que yo me parecía mucho a Leigh Fermor “excepto en lo de ser un héroe”. Solo le faltó decir que también éramos muy distintos en lo del éxito con las mujeres.

María hizo un recorrido por la vida y méritos de Paddy recalcando sus joyas literarias y su amor por Grecia, tan byroniano como él mismo. María, a la que pronto le va a publicar Acantilado Peregrinos de la belleza; Viajeros por Italia y Grecia, un libro que contiene un capítulo dedicado a Paddy, es, como lo era el escritor, de una helenofilia casi fanática. De ser por ella hubiéramos brindado con Retsina. Bien acoplados en la descripción de los éxitos militares del homenajeado, describimos las atrocidades de la guerra en Creta y las peripecias de Paddy y la Resistencia con un verismo que provocó un mar de escalofríos incluso en las sillas vacías. Yo hasta detallé la castración y crucifixión de un paracaidista alemán por los andartes, los guerrilleros (todo por la audiencia) y ella la destrucción del pueblo de Anogia. Lo que nos llevó a desmenuzar la acción del secuestro de Kreipe. María mostró una sorprendente simpatía por el general (“un buenazo”); eso me provocó ciertos celos, como si no tuviera bastante con Paddy, y me hizo remarcar que un general de la Wehrmacht no deja de ser un general de la Wehrmacht, ach so! Referimos por supuesto la anécdota de cuando Kreipe, conducido por sus secuestradores al monte Ida, comenzó a recitar en latín la oda Ad Thaliarchum (I, IX) de Horacio y Paddy la continuó para sorpresa del alemán. Un poema tan hermoso... “Huye de querer saber lo que el futuro guarda y los días que te sean concedidos considéralos un regalo”.

Apenas conseguimos arañar la superficie de la personalidad y la obra de Leigh Fermor. Recordamos a su bella mujer, Jon, hija del vizconde Monsell, y a su amada princesa Cantacuzeno, Balasha. Yo leí la lista completa de sus conquistas (tardé un buen rato), describí nuestro encuentro en Londres en 2001, la comida en que me hizo leer en latín y comer trucha, las conversaciones telefónicas y la correspondencia que siguieron; recordé pasajes de sus libros especialmente del reciente, póstumo, El último tramo. Es el final de su trilogía y está marcado por la obsesión por los voivodas, hospodares y grandes boyardos. Es un libro en el que no faltan las cigüeñas ni los húsares: inolvidable el despertar tras una francachela en el que Paddy describe, paso a paso, desde las botas al colbac, a un húsar desplomado ebrio en un diván.

Lo que nos lleva al brindis final que hicimos todos puestos de pie con los vasos (de papel, ay) llenos de ese luminoso Tokay que conservaba los recuerdos de juventud de Paddy como delicadas falenas atrapadas en ámbar. Brindamos, pues, y nos conjuramos para no olvidar jamás a Patrick Leigh Fermor, hombre de tantos regalos, y para volver a celebrar su memoria el año próximo, con el vino añejo de la jarra sabina, por supuesto. ¡A tu salud, Paddy! Perseveraremos en el valor, los amores y el latín. Ave atque vale.

Sobre la firma

Redactor de Cultura, colabora con la Cadena Ser y es autor de dos libros que reúnen sus crónicas. Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona y en Interpretación por el Institut del Teatre, trabajó en el Teatre Lliure. Primer Premio Nacional de Periodismo Cultural, protagonizó la serie de documentales de TVE 'El reportero de la historia'.

Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción