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OPINIÓN

El ‘caso Pujol’, precisamente ahora

La sensación general es que solo sabemos, y muy confusamente, lo que está en la cresta de la ola, falta llegar hasta el fondo

Uno de los misterios que envuelven el caso Pujol es determinar la causa por la cuál el expresidente ha escogido este preciso momento para inmolarse. La más probable es la que la mayoría pensamos: acosado por los jueces decidió confesar una parte de su culpa para intentar ocultar la verdad entera. Así lo hizo también Millet en el caso Palau, por cierto sin que le sirviera de nada. Se trata de una argucia procesal que los abogados aconsejan con frecuencia.

Sin embargo, en el caso Pujol, el supuesto es mucho más complejo. Las investigaciones judiciales no estaban dirigidas contra él sino contra alguno de sus hijos y en amplios círculos catalanes se conocía, a veces por experiencia propia, la mala fama de estos. En efecto, desde los años noventa corría el rumor de que algunos hijos del líder nacionalista abusaban de su condición para cobrar comisiones por la gestión de asuntos que eran competencia de la Generalitat. Ciertos empresarios y profesionales explicaban incluso en qué circunstancias — cuándo, cómo y dónde— se hicieron efectivas algunas de estas comisiones. Y hasta las cantidades.

Además, todo resultaba muy verosímil porque la avidez de dinero por parte de los Pujol venía de lejos. Se recuerda estos días que a mediados de los años setenta —es decir, antes de dedicarse a la política profesional—, la Banca Catalana, de la que Pujol era vicepresidente ejecutivo y factótum máximo, construyó en la parte alta de la Diagonal de Barcelona un moderno edificio para ubicar su flamante nueva sede central, el edificio que hoy ocupa Editorial Planeta. Pues bien, lo que caracterizaba aquel nuevo edificio era la abundante vegetación de la espectacular cristalera de su fachada. Aún hoy, no hay otro en Barcelona que esté adornado por tal cantidad de plantas y flores.

Esto viene a cuento porque la señora Marta Ferrusola, esposa de Jordi Pujol, se dedicaba por aquel entonces al negocio de la floristería y, junto a otra socia, era la propietaria de la empresa Hidroplant, que estaba al cuidado de la exuberante vegetación del edificio de Banca Catalana. Con aquel contrato, por lo menos los gastos de funcionamiento de Hidroplant ya estaban pagados. O sea que el ávida dollars, como llamaban a Salvador y Gala Dalí, les viene de lejos a los Pujol. Después, Banca Catalana acabó como acabó, algo que, por cierto, todavía no está suficientemente aclarado.

Pero el presente caso Pujol no es similar, en este punto, al caso Millet. Éste se autoinculpó de una parte de lo defraudado tras ser descubierto, después se averiguaron otros muchos de sus chanchullos. Ahora, tras una denuncia hecha pública por el diario El Mundo, que implicaba a Marta Ferrusola y a varios hijos, Jordi Pujol se adelantó a las acciones judiciales y asumió unas responsabilidades que no se le imputaban, por hechos iniciados justo después de acceder hace 34 años a la presidencia de la Generalitat.

¿Por qué ahora, precisamente ahora, hace público Jordi Pujol un fraude fiscal que mancha gravemente todo su larguísimo mandato, pone en la picota a su partido cuando está en la peor encrucijada de su historia y devalúa claramente el llamado “proceso”? ¿Por qué Pujol, en el fondo, ha traicionado a los suyos? ¿Hacía falta su autoinculpación en ese momento decisivo para culminar la obra de toda una vida?

Por lo visto sí, hacía falta, en otro caso se habría ahorrado estas revelaciones, como ha hecho durante tantos años. Y las razones de su confesión, sobre las que tenemos sospechas pero no certezas, deben ser muy poderosas porque, aún en el caso de que lo dicho fuera verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, cosa que significativamente nadie cree, su catadura moral ha salido seriamente tocada no sólo por razones públicas evidentes sino también por razones privadas, familiares.

En efecto, de esta tan dudosa herencia paterna no se había enterado, según ha confesado ella misma, su única hermana. Hoy las herencias suelen repartirse entre los hijos de forma equitativa y no deja de ser muy raro que el padre Pujol dejara una muy considerable cantidad de dinero a su nuera y a los hijos de ésta, y nada a su propia hija. Peor todavía es que hasta hoy, Jordi Pujol se lo ocultara a su hermana.

Por si la política catalana no estuviera suficientemente embrollada solo faltaba el caso Pujol. El líder y principal ideólogo del nacionalismo catalán involucrado de lleno en un oscuro affaire de corrupción, su mujer y sus hijos bajo sospecha, la lealtad entre hermanos traicionada. El asunto es devastador para el partido (CDC), para la federación (CiU) e, indudablemente, afectará al soporte popular del denominado “proceso”. La sensación general, además, es que solo sabemos, y muy confusamente, lo que está en la cresta de la ola y nos falta llegar hasta el fondo. ¿Con qué ánimo saldrán este año a la calle los manifestantes del 11 de septiembre? ¿Profiriendo gritos contra Jordi Pujol?

Francesc de Carreras es profesor de Derecho Constitucional.