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OPINIÓN

Las urnas no se equivocan

El mensaje de los resultados electorales es que la gobernanza en España ha dejado de ser lo que fue en la Transición

Después del vergonzoso debate televisivo entre los candidatos al Parlamento Europeo Arias Cañete, del PP, y la representante del PSOE, Elena Valenciano, era de prever que sus resultados fueran los que fueron. Solo las casposas declaraciones del candidato popular al día siguiente del mismo pudieron disimular la extrema pobreza argumental de ambos contendientes. Los medios insistieron hasta el hartazgo, junto a la candidata socialista, en la metedura de pata (con inconsciente incluido) de Arias Cañete, obviando su insultante incompetencia expositiva.

Así colaboraron a dejar en segundo plano la discusión de patio de colegio en que se convirtió ese deplorable debate, sin enfatizar de cara a la ciudadanía su vaciamiento de contenidos políticos e ideológicos. Los electores se repartieron el castigo. Tanto a un lado como al otro del bipartidismo. Estaba escrito que estas elecciones en España no iban a ser en clave europea. Los dos partidos mayoritarios necesitaban oxígeno para autoalimentarse y pusieron en su campaña toda la verborrea a su alcance con el único propósito de neutralizar al otro sin más argumentos que a ver quién lo hacía más expeditivamente. Así era muy difícil discernir quién ofrecía un argumentario a la altura de las graves circunstancias políticas, sociales y económicas por las que atraviesa la UE. Y ya no digamos por la que atraviesa nuestra piel de toro.

En el citado debate no se tocaron temas cruciales de la coyuntura doméstica. Hacían como que hablaban de Europa y decidieron (o acordaron) pasar de puntillas sobre la corrupción, la desigualdad y la estructura del Estado. Así se entiende que dos millones de votantes del PP no los votaran. Y también se entiende el porrazo electoral de los socialistas. El casi 50% del electorado que votó, no tuvo otra alternativa que buscarse la vida por otros parajes más hospitalarios, más próximos a su indignación, rabia e impotencia, dadas las pocas señales de empatía política que mostraron los cabezas de serie de los grandes partidos estatales.

El PP y el PSOE perdieron entre los dos, respecto a las elecciones europeas del 2009, 17 escaños. Eso significa la friolera de unos cinco millones de votos perdidos (o traspasados). La competencia hizo su agosto electoral en los caladeros populares y socialistas. Una competencia que dañó a uno y a otro. Podemos e Izquierda Unida se cebaron en la poca credibilidad de una izquierda representada por el PSOE. Y Ciudadanos y UPyD arañando votos a diestra y siniestra (mucho más a diestra) y alimentándose de una nueva clase de votantes gustosos del humo populista, que les parece de mal gusto votar al PP, y de antiguos votar al PSOE.

En Cataluña los resultados dieron el triunfo al bloque que pide negociar con el Gobierno central un referéndum para decidir si Cataluña quiere ser un Estado independiente

No sé si el PP y el PSOE han entendido que el mensaje que dejan estos resultados es que las cosas de la gobernanza en España comienzan a dejar de ser lo que fueron desde la Transición. El fin del bipartidismo y una fuerte pulsión hacia una operación de regeneración política desde las bases. Dice Mariano Rajoy de estos resultados que no son extrapolables a unas elecciones generales (con lo cual reconoce la sangría de votos que experimentó su partido).

Lo que sí será extrapolable en las próximas citas electorales será la fragmentación de los electores en busca de un encaje más democrático, más proporcional a su eclecticismo (cuestión que no debería pasar inadvertida) y, sobre todo, más útil para solventar el presente con la mayor dignidad y felicidad posibles y mirar, aunque sea con un mínimo optimismo, el futuro.

En Cataluña los resultados dieron el triunfo al bloque que pide negociar con el Gobierno central un referéndum para decidir si Cataluña quiere ser un Estado independiente. Además, con el refuerzo de los resultados estatales de los partidos que incluyeron en su programa el derecho a decidir. El PSC corrió la misma suerte que el PSOE. Pero mientras en Madrid, a las pocas horas del escrutinio, el proyecto de Rubalcaba saltó por los aires, junto con su difusa reforma de la Constitución y su dimisión, en Cataluña su epígono Pere Navarro sigue empecinado en vender motos y en asistir al haraquiri de su partido. (Por cierto que Navarro tuvo un lapsus digno de estudio, cuando en lugar de felicitar a Esquerra Republicana, la “facilitó”).

Creo que los que quieren un Estado federal (no los sucedáneos federalistas de Susana Díaz), ahora más que nunca necesitan que los partidos que apoyan el derecho a decidir (y han sabido también absorber el naufragio del PSC) se pronuncien inequívocamente por un Estado federal donde Cataluña tenga blindadas sus competencias en lengua, cultura y finanzas y una relación bilateral con el Estado. Necesitan eso y no agrupaciones o lobbies quejosos que, erre que erre, invierten tiempo y espacio en los medios de comunicación de Cataluña en criticar lo obvio (el nacionalismo de CiU), en lugar de hacer propuestas serias de encaje de Cataluña en España y defender el Estado de bienestar.

J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario