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Barras con pantalla grande

La oferta de bares y locales de ocio se enriquece con espacios fijos o intermitentes para el cine. Son el escenario ideal para dar visibilidad a cortometrajes y nuevos directores

Proyección en Kino, local de la calle del Olivar.
Proyección en Kino, local de la calle del Olivar.Samuel Sánchez

Toda la vida pensando que irse de cortos a los bares significaba tomarse unas cañas, y resulta que hay más acepciones de esta expresión por descubrir. Unos desde hace lustros, otros desde tiempos muy recientes, varios locales de la capital han abierto sus puertas a la homonimia en lo que respecta a la expresión. Para ellos, además de beber, la frase también conlleva otro verbo: ver. Bien como medio para atraer más clientes o como propuesta cultural alternativa, estos establecimientos hacen lo que la gran mayoría de salas de cine ignoran: muestran cortometrajes. Así que la expresión adquiere un sentido aún más rico y nutritivo, y no solo a nivel estomacal: a los bares se puede ir a tragar unos cortos y, además, a disfrutarlos con la cabeza.

Las diferentes propuestas permiten trazar una línea divisoria entre dos grandes categorías: los locales que han institucionalizado las proyecciones organizando festivales o ciclos y los que realizan sus actividades de manera más informal, en ocasiones sin periodicidad fija. Entre los primeros destaca La Boca del Lobo, uno de los pioneros en la fórmula de copas más arte igual a diversión constructiva. Este clásico de Malasaña acoge con su nombre un prestigioso festival internacional de cortometrajes que se prolonga durante dos semanas en el mes de octubre, con 300 proyecciones, además de conciertos, charlas, encuentros y exposiciones. “Cuando empezamos, hace casi 16 años, no había casi salas alternativas en Madrid”, explica Asier Muñiz, el director. “Así que empezamos a generar ciclos de cine, y enseguida nos dimos cuenta de que el corto estaba vilipendiado”.

En la carta, cortos

La Boca del Lobo. Echegaray, 11. En octubre acoge un festival de cortos. Entrada a todas las sesiones, 20 euros.

La Escalera de Jacob. Lavapiés, 9. Festival Cortos con Ñ. Los martes. Entrada, de 3 a 3,5 euros.

Atomium. Covarrubias, 21. Cortos los viernes a las 21.00. Entrada gratuita.

Versión Original. Sánchez Pacheco, 64. Sin periodicidad fija. Gratis.

El Chambao. Manuela Malasaña, 16. Proyecciones gratis los domingos; 20.30.

El Gallinero. San Carlos, 6. Proyecciones una vez al mes. Entrada gratuita.

Kino. Olivar, 17. Largos todos los días. Entrada, 2 euros; sesión golfa, 8.

Lolita Lounge & Bar. Manuel de Falla, 3. Gratis, sin periodicidad fija.

Más allá de su sede, desde 2011 se han expandido a otros centros como su Espacio Cultural La Boca, en Lavapiés, o el Matadero de Legazpi. “Por la calidad de las piezas, queríamos que se pudieran ver también con calidad”. Y no exagera en la loa: el ganador de su premio Lobo Internacional de 2012, Curfew, de Shawn Christensen, es el mismo que se hizo nada menos que con el Oscar de Hollywood en esta pasada edición.

La Escalera de Jacob, otro bar con clara intención artística, acoge desde hace cinco años en su sede de Lavapiés (la otra está en La Latina) el festival semanal Cortos con Ñ. Todos los martes hay unas cinco proyecciones seguidas de un cinefórum con los autores y, tras las votaciones populares, al final del año se otorga un premio con jurado. “Es una experiencia que propicia sinergias entre los grupos de actores, directores... para dar lugar a un espacio en el que se generan dinámicas de trabajo”, señala Jorge de las Heras. “El objetivo es tener un criterio abierto, por eso entre los perfiles hay de todo: desde figuras potentes y actores muy conocidos, como Carmen Maura, hasta otros noveles”.

En colaboración con la productora Cine Propio, a través de su filial Corto Propio, el Atomium, en Alonso Martínez, se embarcó en enero en un viaje con parecido destino, solo que sin premios de por medio. Los viernes convocan a la parroquia para reunirse, ver unos cortos, tomar algo y charlar con los artistas. En su caso, la vocación principal es impulsar a directores cuyos trabajos no encuentran salida en los circuitos comerciales. Y, a diferencia de las otras iniciativas institucionalizadas, ellos lo hacen siempre gratis. “Al estar en un bar, hemos descubierto que se crea un ambiente más cercano”, explica Sergio de Vega, director de Cine Propio. Puntualmente, también acogen proyectos de mayor prestigio, como la reciente proyección de un corto de la nominada a Goya Natalia Mateo, o la presentación de 10videoclips conmemorativos del 10º aniversario de la banda Canteca de Macao a partir de mayo.

Coloquio posterior

Clientes de El Gallinero, en la calle de San Carlos, asisten a una sesión de cine.
Clientes de El Gallinero, en la calle de San Carlos, asisten a una sesión de cine.Samuel Sánchez.

La presencia de los artistas durante las proyecciones y su posterior diálogo con los espectadores es uno de los puntos en común entre los diferentes proyectos. La experiencia se convierte así en un coloquio enriquecido, en caldo de cultivo para las ideas con sabor a cerveza y vino con el que todos pueden aprender de todos, además de servir de conducto respiratorio para un género mal entendido como el hermano pequeño del largo. “Hay verdaderos profesionales volcados exclusivamente en el corto. Es un cine de calidad que queremos aupar”, apunta Muñiz, de La Boca del Lobo.

Antes que este último local, y dentro de la vertiente no institucionalizada, el Versión Original ya abrió camino desde el barrio de Prosperidad, donde comenzó su andadura a finales de los ochenta. Amén del nombre, sus paredes forradas de fotos de iconos fílmicos sirven de aviso al despistado: aquí se venera el cine. Aunque antes reservaban un día a la semana para el visionado de cortos, ahora lo hacen sin un calendario preestablecido. “Trabajamos con gente que está estudiando o que son profesionales noveles, para ofrecerles una oportunidad”, señala David, el encargado. “Esto nos sirve para atraer a más clientela y también para dar un poco más de servicio a la gente que viene”.

Otras cantinas tiran de agenda para hacer de su local patio de butacas. Es el caso de El Chambao, en Malasaña, que se inauguró hace un año, y que desde sus orígenes se dedica a las muestras semanales de cortos. “Empezamos a hacerlo por mover un poco el bar y porque teníamos amigos que se dedican al cine”, cuenta Beatriz Velasco, la gerente. En El Gallinero de Lavapiés aún lo tenían más fácil, dado que su dueña, Virgina Llera, es cortometrajista: “Empezamos con obras mías, y luego fuimos añadiendo otras que me han gustado, para darlas a conocer”. A solo unos metros de su bar, el recientemente abierto Kino alarga y ensancha la iniciativa proyectando películas (comerciales) en ciclos temáticos todos los días en una acogedora salita con sofás para una docena de espectadores.

Panel luminoso del local Kino.
Panel luminoso del local Kino.

Gestión de licencias

Para divulgar estas actividades, cuyas licencias de reproducción se suelen gestionar informalmente entre los dueños y los autores, estos espacios echan mano de los clásicos flyers y carteles, que distribuyen por sus respectivos barrios, además de las redes sociales. Aunque como siempre, el boca a boca sigue siendo una tremenda arma publicitaria. En la mayoría de los casos, aunque no en todos, se habilitan salas separadas de la barra para el visionado: no se fuerza a nadie a mirar los cortos si lo que quiere, en realidad, es tomarse un corto. “La gente flipa con el ambiente que se crea”, añade Muñiz, “porque el club se convierte en una auténtica sala de cine, con todo el mundo en silencio y una energía muy positiva”.

Si uno se para a contar, solo esta decena de bares es capaz de exhibir anualmente miles de cortometrajes. ¿A qué se dedican pues las distribuidoras? “Desde el DVD al móvil, a la televisión y el circuito de festivales, hay muchísimas maneras de mostrarlos”, aclara Millán Vázquez, director de la agencia Freak, una de las pioneras en España en el campo de las películas cortas. “No creo que los bares sean uno de los últimos reductos para el corto. Es una ventana, pero, por la capacidad de atraer a audiencias, probablemente no tiene mayor trascendencia que para el bar, que tiene un detalle estupendo con su clientela”.

Como creadora, Virginia Llera, la dueña de El Gallinero, reconoce las limitaciones de exhibir en un bar frente a templos como el cine Capitol, el centro de difusión de cortos por excelencia en Madrid, con capacidad para 1.500 asistentes, y donde ella misma ha presentado piezas. Pero también sabe encontrarle las ventajas: “Cuando estrenas en el Capitol te sientes como si fueras a los Oscar, pero hacerlo en un bar es una oportunidad fenomenal para acercarse a un público que a lo mejor no está tan en contacto con el mundo de los cortos, que es un poco endogámico. Además, el ambiente es mucho más distendido, tipo cine club, que es algo que casi se ha perdido. Mientras que en una proyección más formal todo es más distante, aquí puedes preguntar al director tomándote una cerveza. Es otro mundo”.

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