Santiago Lorenzo: “Muchos se mudan al campo y a los seis meses no saben dónde meterse”

Hace 10 años abandonó su carrera urbanita en el cine para retirarse a escribir. Lo apostó todo y ganó. Su anterior novela, ‘Los asquerosos’, se convirtió en un fenómeno. Ahora vuelve, sin pretensiones, con ‘Tostonazo’

Santiago Lorenzo, en el patio de su casa, sentado bajo una parra con las uvas a punto, como la que aparece en algunas escenas de su gran éxito comercial, la novela de 2018 'Los asquerosos'.
Santiago Lorenzo, en el patio de su casa, sentado bajo una parra con las uvas a punto, como la que aparece en algunas escenas de su gran éxito comercial, la novela de 2018 'Los asquerosos'.INMA FLORES

Está a punto de clavarse el mediodía, y un folio colgado a la entrada del recoleto bar que da la bienvenida al visitante nada más cruzar el cartel del pueblo avisa de que esta semana no se ofrecen comidas. En la terraza, resguardada por un muro, el dueño está colocando las mesas. Calienta el sol y el aire puro no encuentra obstáculos para entrar en tromba en los pulmones. Al fondo de la calle de robustas casas de piedra —prácticamente la única vía que podría recibir tal nombre en esta mota de polvo en el mapa de la provincia de Segovia— asoma una figura que luce camiseta negra y vaqueros. Saluda con la mano. No podría ser otro que el escritor Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964), afincado aquí desde hace una década. Tampoco hay muchas más alternativas en una pedanía con una población censada de 17 almas a fecha de 2020. ¿El nombre del lugar? No queremos acordarnos porque así lo solicita el autor, que se recoge el pelo largo en una coleta antes de empezar a charlar. A lo mejor, barrunta, la publicidad hace de reclamo para “la mochufa”. Una vez, sin previa divulgación de sus datos, ya se le presentó un ejemplar en la puerta.

La mochufa —lo sabrán los cerca de 200.000 lectores que lleva amasados Los asquerosos, la descacharrante novela sobre un chaval que se ve obligado a refugiarse en un pueblo abandonado porque le persigue la policía y acaba divorciándose felizmente de la sociedad, que Lorenzo publicó en 2018 y se convirtió en un fenómeno— se compone, entre otros nada intrigantes elementos, de esas personas que aterrizan en territorio rural como un rinoceronte que exige a base de pisotones que le hagan hueco en una madriguera. Gentes que necesitan “medicinachas para todo”, que “dan la luz hasta para buscar el interruptor” y cuyos hábitos de consumo televisivo, digamos, resultan escasamente “alentadores”. Algo que poco tiene que ver con él, austero convencido que jura que los días se le “hacen de noche” a base de ver películas, leer, más leer y poca más faena, aparte de construir maquetas de decorados. Esta afición, alardea, se le “da mejor” que escribir, una actividad a la que solo se dedica cada “tres o cuatro años”, cuando ha rumiado su historia hasta la saciedad y ha acumulado notas en una pila de al menos “8 o 10 centímetros de alto”. “Soy un lector de historia impenitente”, agrega el escritor, de voz suave y tranquila, paradójicamente instalado en el más estricto presente (imperfecto) en sus libros, una lista de cuatro novelas y un libro de relatos a la que se suma Tostonazo, que sale el 5 de octubre en Blackie Books con la tirada más alta de la historia de la editorial, que no concreta cifras. Unas perspectivas que pondrían de los nervios al más pintado, aunque él, en apariencia, ni pestañea: “Si Los asquerosos hubiera vendido 500 copias, yo seguiría como estaba”, zanja. “Ha habido momentos de verdadera pobreza, que uno guarda en ocasiones con recuerdos muy felices y educativos. Pero siempre he preferido la libertad a la pasta”.

“Ha habido momentos de verdadera pobreza. Pero siempre he preferido la libertad a la pasta”, asegura

Antes de salir a pasear por los alrededores del pueblo —desfilan por el camino robles y fresnos, zarzamoras bien surtidas y un total de dos paisanos en chándal en el espacio de unas dos horas—, Lorenzo se enciende un cigarrillo en el salón de su casa, un espacio recogido de suelos de cerámica donde se amontonan los libros junto a un mueble sobre el que asoma una maqueta ferroviaria de factura propia (las otras, luego las mostrará, las guarda bien cubiertas en el garaje). Este pitillo, justo cuando dan las doce de la mañana, es uno de los pocos vicios que se permite. “¿Te importa?”, pregunta antes de prender el mechero plateado, regalo de un fotógrafo de EL PAÍS que pasó por aquí a entrevistarle con una periodista hace años, y que aún conserva orgulloso. Ya en la calle, sobre el camino de grava, se percata de que no se ha cambiado las zapatillas de andar por casa, las clásicas pantuflas marrones de cuadros. Se ríe porque poco importa cuando apenas hay ojos para juzgar, aunque en esta ocasión tampoco se arredra ante el objetivo de la cámara que le dispara. Es, se intuye, la clase de imperturbabilidad que aporta haber abandonado con todas las consecuencias la ciudad por el campo, adonde llegó dispuesto a dejar atrás una carrera en el cine que empezó con todas las ganas y acabó un poco menos contento, con un saldo final en cuenta de varios cortos y dos largometrajes como director.

Lorenzo el mundillo del cine lo cató, pero terminó muy harto. “Hubo tres fases”, recuerda. Durante la primera, la de los cortometrajes, se sintió “muy feliz: fue un periodo fantástico”. La segunda, la de las películas independientes por vocación y necesidad (“no hubo nadie que quisiera sumarse a eso”), se liquidó con “un desastre comercial”. Y la última, la de “Telecinco y tal”, se le antoja directamente “asquerosa”. Si en la vida real “ni loco” volvería a probar suerte con el celuloide, en Tostonazo ha regresado a aquel imaginario para narrar el viaje Madrid-Ávila-Teruel de un crío a las puertas de la adultez que por casualidad encuentra su primer trabajo como meritorio en un rodaje y la experiencia le arrastra a conocer a alguna que otra personalidad excéntrica —de tremendos energúmenos a enormes vividores— que marcará su carácter y su trayectoria profesional. Todo contado con ramalazos de un humor entre delirante y corrosivo, lágrimas de pena y de risa, con un lenguaje florido que se ha establecido en marca de la casa. “Teniendo el idioma que tenemos, que es la puta madre de Dios…, pues lo usas un poco, ¿no?”, bromea. En las últimas páginas, Lorenzo ofrece de nuevo un final redondo, inesperado, que pasa de esbozar una crítica demoledora de los mangoneos de ciertos individuos infames a una sagaz radiografía del crudo panorama sociopolítico patrio. “A mí es que me parece muy entretenido este país”, dice como alabanza. “Siempre que me preguntan qué libro estoy leyendo, aparecen sobre todo aquellos que están interesados en este país”.

Entre chuflas y juegos de palabras, como aquel que no quiere la cosa, el costumbrismo de Lorenzo va diseccionando la sociedad actual como una cuchilla bien afilada. Sus personajes remiten a la valía de líderes y gestores, a la precariedad laboral y de vivienda o a esa vuelta al campo que de tanto mentarla se encuentra a un tris de transmutarse en eslogan. Miran a los ojos de la soledad, la sociedad poscapitalista y las relaciones afectivas, y proponen reflexiones sobre cuestiones como la ley mordaza y el cambio climático. “Cada vez hacemos más por nuestra debilitación con tanto necesitar maquinitas y productos y mejunjes y todo eso, y creo que nos va a venir otra pandemia que no sabemos ni cómo se va a llamar”, aventura. “Pero tampoco me preocupa demasiado porque, como dicen las series, eso no va a ocurrir mañana”.

El escritor Santiago Lorenzo posa ante un portón en el pueblo segoviano donde reside.
El escritor Santiago Lorenzo posa ante un portón en el pueblo segoviano donde reside. INMA FLORES (EL PAIS)

No hace falta rascar mucho en los libros de Lorenzo para que salten a la vista algunos paralelismos entre la persona y sus personajes. Como el protagonista de Los asquerosos, el autor se atrincheró del fuego del día a día en un pueblo perdido de Castilla. Igual que el de Tostonazo, padeció las penurias y degustó las alegrías del cine y, como ya reveló en su momento, dejó de lado una relación poco comedida con el alcohol. Sin embargo, subraya, lo suyo no tiene nada que ver con la autoficción. “Los huerfanitos [de 2012] trata de un gran problema de pasta y yo tuve un gran problema de pasta, pero ya está. O, por ejemplo, ha habido ocasiones en las que ha sido más prudente permanecer en casa como si fueras un militante del Grapo [alude a su primera novela, Los millones, de 2010, en la que uno gana la Primitiva, pero no puede cobrar porque carece de DNI]”, enumera. “Pero es que nunca me gustó la ciencia ficción ni la fantasía. Es que no me puedo identificar con los del anillo o su puta madre. No puedo entender que una situación se resuelva porque aparece un rayo mágico”.

El escritor, que prefiere no tocar el tema de su matrimonio [en su día contó a los reporteros de EL PAÍS que le dejaron aquel mechero plateado que se veía con su mujer cada dos semanas], aclara que no tiene hijos ni mascota, pero que, a pesar de su reticencia a sacarse el carné de conducir, no es que viva ni mucho menos desconectado. “Me apasiona la prensa y me apasiona internet. Ahora sabemos más de Waterloo que los que estuvieron en Waterloo. Pero no el de Puigdemont, ¿eh?”, plantea con guasa. Como en la Red cabe de todo, alguna que otra vez se topa, más bien intencionadamente, con algún comentario sobre su persona y su obra. “Todavía no ha salido el libro y ya hay uno que le ha puesto una puta estrella”, se mofa. “Aunque las críticas malas no duelen —no duelen demasiado—, sobre todo porque uno está seguro de lo que ha hecho. Cuando te dicen: ‘Eres un burro’ o ‘Eres un repipi escribiendo’, puede que digas: ‘Jo, la verdad es que sí’. Pero al cabo de un rato estás pensando: si te invitan a una boda, te pones guapo, ¿no? Pues si vas a publicar un libro, también”.

Nacido en el que allá por 1964 era el margen menos agraciado de la ría de Portugalete (ahora aquellas desigualdades están bastante limadas, según explica), Lorenzo se mudó a Valladolid con su familia a los 16 años. Allí cursó el bachillerato, y de aquella época, calcula, aún se debe de conservar algún carrete de 36 fotos a color, un par de carteles y un vídeo grabado sin sonido (por error) de las obras de teatro que montaba, “que no había quien las entendiera”. Poco sabía entonces que unos cuantos años más tarde, en 2021, subiría a las tablas, en versión de Jordi Galcerán y Jaume Buixó, su libro Los asquerosos. Él rehusó participar en la adaptación porque piensa que no habría estado a la altura. “Habría sido una torpeza por mi parte”, argumenta. “Me mandaban las versiones sucesivas del libreto y yo ni las leía. Estaba claro que ellos iban a hacerlo fenomenal, y así fue”. ¿Y lo de resarcirse llevando al cine sus propias novelas? Con el proyecto de una pelícu­la de Los asquerosos en el aire desde hace tres años, tampoco se animaría a hacerse cargo del guion. “Qué va, ¿te imaginas? ¡Sería un coñazo! Sería volver a hacer lo mismo y, además, no me da la cabeza para pensar en palabras y luego en imágenes. No soy tan bueno”.

A la altura de la autovía, el camino se tuerce de regreso a la aldea. Lorenzo, que invita a parar a probar las moras negras que se contonean en los arbustos, se lo conoce al dedillo, igual que los 18 kilómetros a la redonda que alcanza a recorrer a pie en un día (con sus 18 de vuelta), del mismo modo que en su día, de tanto patear y tanto vivir, acabó por aprenderse el callejero de Madrid. Allí estudió Imagen y Sonido y ejerció de cineasta autodidacta hasta que le dio por apostarlo todo a la escritura y el ascetismo de la meseta. “Yo no puedo sino ser ateo, pero una mística sin Dios la siento todo el tiempo”, señala. Pateada y vivida Madrid, certifica que no habrá segunda parte. Pero no niega que guarda grandes recuerdos y cariño por la ciudad, y desvela que lo “más bonito que me va a pasar en mi carrera literaria” ocurrió cuando este periódico publicó un artículo con una selección de novelas para entender Madrid en el que aparecía Los millones. “Es como decir: ‘Oye, tú estuviste en Madrid y te enteraste de algo”.

¿Haría el guion para las películas de sus libros? “Qué va, ¿te imaginas? ¡Sería un coñazo!”

De su querencia por Castilla, siendo él vasco, cree que puede encontrarse una explicación en la intuición de que a todos “nos seducen los contrarios”. “Había un bilbaíno que se llamaba Unamuno al que sedujo mucho Salamanca; y otro que era de Sevilla, se llamaba Machado y escribió Campos de Castilla”, repasa. Si él se siente o querría andar en la estela de estos u otros escritores, nombres de su generación, es algo en lo que no entra. “¿Sabes lo que me pasa? Que toda la gente con la que he coincidido en este oficio tiene 15 o 20 años menos. Además, si te digo: ‘Me siento afín a este’, igual va y manda una carta a la directora”.

Lorenzo no revela posibles parentescos literarios ni pone nombres a sus pasiones lectoras, pero ensalza que en España se están haciendo cosas “extraordinarias” tanto en el cine como en las letras. Puede que se sienta al margen de todo, pero es que, de verdad, está situado al margen de todo. En su burbuja segoviana no hay lugar para relacionarse con el gremio, y su contacto con el mundo editorial se limita casi exclusivamente a los profesionales ligados a Blackie Books. “No saco un libro si no se lo han leído ellos”.

Llegados a la puerta de su domicilio, el silencio apaciguador del paseo se estampa contra los chirridos del taladro que perfora las paredes de la casa de al lado. No es el primer día y parece que tampoco será el último. Queda el burdo consuelo de que nada es perfecto, incluso para aquellos que han conseguido dedicarse a lo que quieren, donde quieren y encima tienen éxito. “Cuando llegué aquí yo decía: ‘Pero, tío, es que aquí te puedes despeñar’. O sea, que podía haber salido mal”, concede. “Pero ahora sé dos cosas: que cada vez está habiendo más transferencia a las zonas rurales desde las urbes y que muchos cometen el error de hacerlo y a los seis meses no saben dónde meterse”.

Con Lorenzo de vuelta en su casa con sus torres de libros y sus maquetas, y antes de abandonar este pueblo de cuyo nombre no nos acordamos, se despiden el dueño del bar y un parroquiano que, a falta de comida, apura un vaso acodado en la barra. Pasado el cartel, se abre la carretera en dirección a la mochufa.

‘Tostonazo’. Santiago Lorenzo. Blackie Books, 2022. 192 páginas, 19,90 euros. Sale a la venta el 5 de octubre.

Obras

Literatura. Hoy en día, todas las novelas de Santiago Lorenzo están editadas en Blackie Books, aunque su primer título, Los millones, apareció originalmente con Mondo Brutto en 2010. Después han ido goteando Los huerfanitos (2012), Las ganas (2015), Los asquerosos (2018) y Tostonazo (2022). Entremedias, en 2016, sacó en Autsaider Cómics un libro de relatos, 9 chismes, ilustrado por Mireia Pérez. 

Cine. Cuenta el escritor que cuando le invitaron a dar una charla en la Universidad de Salamanca, él sacó a colación uno de sus cortos como ejemplo de lo que no hay que hacer. De sus largos se queda con Mamá es boba (1997), donde sigue por las calles de Palencia a una madre poco avispada a la que engañan para presentar en un canal de televisión local y a su hijo, que sufre bullying. Luego llegó Un buen día lo tiene cualquiera (2007), una revisión tragicómica del problema de la vivienda y una incursión en la industria que dio al traste con sus ganas de hacer cine, aunque ahora regresa a un rodaje en Tostonazo

Arte. Lorenzo montó en 2009 una exposición en Valladolid y San Se­bastián titulada Juguetería, donde exhibió maquetas, piezas de atrezo y enseres “mueblerinos” usados como trucos en sus cintas. La muestra también enseñó obra gráfica que, reza el folleto, habría desquiciado “al mismísimo Salvador Dalí”. 

Teatro. Durante su etapa en Valladolid en los ochenta, el escritor realizó varias obras de teatro. Adaptó La voz humana, de Cocteau, con un protagonista masculino y montó Sicario Petrushka, la historia del “secundario de Blancanieves”, o sea, el cazador al que la reina pide que mate a la joven. En Los huerfanitos recrea una obra improvisada por un grupo de hermanos. 

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Sobre la firma

Silvia Hernando

Redactora en BABELIA, especializada en temas culturales. Antes de llegar al suplemento pasó por la sección de Cultura y El País Semanal. Previamente trabajó en InfoLibre. Estudió Historia del Arte y Traducción e Interpretación en la Universidad de Salamanca y tiene dos másteres: uno en Mercado del Arte y el otro en Periodismo (UAM/EL PAÍS).

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