sillón de orejas
Columna
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Homenaje y silencio culposo

¡Qué estruendoso y mezquino silencio en la muerte de Almudena Grandes el de los líderes y funcionarios de la derecha política, bastantes de ellos lectores suyos, cuya vergonzosa unanimidad parece impuesta desde una oficina!

'Auto de fe en la plaza mayor de Madrid' (1683), de Francisco Rizi.
'Auto de fe en la plaza mayor de Madrid' (1683), de Francisco Rizi.

1. Grande(s)

De Almudena Grandes se ha dicho estos días todo lo que podía decirse desde el lado de sus lectores, de sus amigos y admiradores y, en general, desde el lado menos resentido de nuestra cultura literaria. Y no se ha dicho lo que uno, incurablemente ingenuo, habría deseado escucharles a los que no pertenecen a esas categorías: ¡qué estruendoso y mezquino silencio el de los líderes y funcionarios de la derecha política, bastantes de ellos lectores suyos, cuya vergonzosa unanimidad parece impuesta desde una oficina! Negarle a A. G. el pan y la sal de su relevancia en el campo literario, siquiera a cuenta del gran número de lectores que leen y seguirán leyendo sus obras, define el talante y moldea el rencor de quienes quisieran ignorarla. Inquisidores sin poder ejecutivo (quiero decir que ya no podían juzgarla y condenarla, ataviada con coroza y sambenito, en la plaza Mayor de Madrid, como en el célebre Auto de fe de Francisco Rizi que se conserva en el Prado), ni siquiera han podido separar, por un momento, sus méritos literarios de sus más o menos discutibles intervenciones en el espacio público. Estos días, cuando la noticia de su muerte me llegaba casi al mismo tiempo que la de su meteórica y cruel enfermedad, he recordado las últimas conversaciones que tuvimos con motivo de su participación en el ciclo de la Fundación Mapfre Una novela en tu vida, en el que intenté confrontar a importantes escritores en activo con una novela para ellos fundamental. Almudena eligió como “novela de su vida” Tormento (1884), de Benito Pérez Galdós, en la que, por cierto, Amparo, su protagonista, es como la antítesis de esas mujeres fuertes y decididas que pueblan la obra de la novelista. Fue en aquellas conversaciones (ella acababa de publicar Las tres bodas de Manolita en Tusquets, el sello al que, más allá de los avatares editoriales, siempre profesó una envidiable fidelidad) cuando me sorprendió su profundo conocimiento de la obra del novelista canario, fundamental —entonces lo vi muy claramente— en el giro “hacia afuera” —es decir, hacia la historia— de su mirada, una vez agotada la mirada “hacia adentro” que había caracterizado la primera etapa de su obra. Galdós y su mundo —casi resulta un truismo afirmarlo— impulsaron a Almudena a emprender la que sería su obra más ambiciosa, la saga Episodios de una guerra interminable, cuya última entrega está pendiente de publicación. Un título general al que, por cierto, la actitud de la derecha con motivo de su fallecimiento parece conferir una ominosa continuidad.

2. Regalazos (II)

La Navidad editorial tiene sus liturgias y sus sacramentos. No se conciben ni escaparates ni mesas de novedades sin algunos de ellos. Los libros de cocina, por ejemplo. O, en los últimos años —y al amparo de programas gastronómicos televisivos de gran audiencia que, por cierto, a mí me provocan a menudo reacciones eméticas—, libros de “autor”, es decir, de chefs más o menos oportunistas. Lo cierto es que, al contrario de los masterchefs y los cantamañanas de fogones y placas de inducción, esos libros bellamente ilustrados me hacen salivar a menudo. Incluso los hojeo de vez en cuando, cuando estoy a régimen, para consolarme, aunque no creo que una de esas imágenes valga más que una tortilla de patatas (y cebolla) bien cuajada. Los libros de cocina son alimento de la mirada y regalo perfectamente inútil (da pena mancharlo en la cocina), pero eficaz para quedar bien y para suscitar ulteriores invitaciones a cenar por parte de los/las que lo reciben. Por lo demás, todos ellos aportan buenas dosis de teoría de la alimentación, lo que falta nos hace. Incluso enseñan visiones flexitarianas (sic) de la gastronomía, un concepto muy útil para conversar durante los almuerzos de empresa. Y, créanme, siempre acabo degustando una receta (elijo las más fáciles) de los libros que recomiendo. Del lujoso y bellamente ilustrado Sabores (Salamandra), del chef británico-israelí Yotam Ottolenghi (que antes de hacerse cocinero había servido en la inteligencia militar israelí, vaya por Dios) e Ixta Belfrage, durante mucho tiempo mano derecha de Ottolenghi, elegí prepararme una crema de alubias (de bote) con alioli con la que, en lugar de provocarme una “explosión de sabor” que me llevara a “cimas insospechadas”, estuve regoldando toda la tarde, mientras se rechazaban mis besos; pero seguramente la culpa es mía: debí de comprender que los 10 dientes de ajo prescritos eran demasiados y, además, me fue imposible adquirir pimienta de Alepo en copos, una pena. Con los pies más en el suelo (aunque sin pasarse) está Pan comido: más recetas sin vergüenza, con el que repite (para Debate) la pareja televisiva high quality David de Jorge y Martín Berasategui; de su libro “sin patochadas ni postureo” elijo prepararme un tartar de carne de vaca que hubiera estado delicioso si no me hubiese pasado con la salsa Worcestershire, de la que mi amigo Chirbes decía que no había que abusar nunca. En fin. Dos libros para chuparse los dedos: “It’s Finger Lickin’ Good”, como decía el coronel Sanders de su Kentucky Fried Chicken, que siempre me da satisfacciones.

3. Animalia

Compruebo que también la prestigiosa editorial argentina Adriana Hidalgo (AH) se decanta por el nature writing, en esta ocasión en su aspecto faunístico (el adjetivo no suena bien, pero lo tienen en el DLE, de modo que no se reboten). La colección Naturalezas, compuesta por libros breves, compactos y bien ilustrados, está constituida por “retratos” totalizadores (biología, etología, historia, mitos, literatura) de animales concretos realizados por autores de renombre. Hasta la fecha han aparecido ­Búhos, del zoólogo Desmond Harris, que aún no he leído, y el estupendo y bien documentado Cerdos, del filósofo vienés Thomas Macho, todo un homenaje a mi artiodáctilo favorito (y no solo por el jamón).

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