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Evelyn Waugh: tiemble después de haber reído

El estilo, rico y preciso, del autor británico se despliega como la alfombra sedosa en la que a todos nos gustaría retozar, aunque luego aparezca en la siguiente esquina con el machete bien afilado

El escritor británico Evelyn Waugh (1903-1966), en un retrato de juventud.
El escritor británico Evelyn Waugh (1903-1966), en un retrato de juventud.BETTMANN / CORBIS

Cada vez que vuelvo a Evelyn Waugh (Londres, 1903 – Somersetshire, 1966), me acuerdo de aquella sección de la revista satírica La Codorniz, Tiemble después de haber reído, firmada por Rafael Castellano. Vamos a ver. El humor no es algo que puede ponerse en las tibias manazas del primer gracioso que se te cruce en una barra; de hecho, es algo por completo ajeno a la diversión y al buen tono. Se trata, más bien, de lo contrario. Y es Waugh el primero que lo lleva a su extremo más inquietante en la literatura inglesa del siglo XX. Su estilo, rico y preciso, se despliega como la alfombra sedosa en la que a todos nos gustaría retozar, pero, ¡ay!, sin darte respiro, porque enseguida aparece en la siguiente esquina con el machete bien afilado.

Pondré un ejemplo. A pesar del destrozo emocional que supone presentarnos a una niña estrangulada y tirada en el cementerio de una próspera ciudad, un minuto después Waugh señala el verdadero horror: el asesino utilizó el cordón de hilo barato de sus botitas recién estrenadas. Ese espanto minucioso atestigua que él ya ha hecho su parte del trabajo y ahora le toca al lector completarlo. Waugh te arranca una sonrisa amarga y otra incrédula, pero desde el principio te deja a solas ante el lenguaje. Y no es una concesión, es un acto de justicia con sus lectores: las palabras, primero. Pierdes pie, y aun sin llegar al fondo, emerges en el centro de la historia, suya y nada más que suya, creías tú, tan avispado. Y se te cuaja la sangre al adivinar por qué, últimamente, esquivas las mercerías.

Aclarado este punto, podría decirse que Evelyn Waugh no era una dama, ni tan siquiera un caballero. Era y es el gran humorista del siglo XX, sin que se le haya podido jamás pillar en una carcajada; tampoco cuando un infarto se lo llevó de cuajo. Hay una foto del escritor, cuando aún era estudiante en Oxford. Allí planean, en lánguido desacuerdo, su rubia y repeinada cabecita adolescente, una pipa de fumar poco quemada, y por fin, esa mirada sonámbula, que te observa y te descarta al mismo tiempo. La absoluta innovación de su estilo, que no desea hacer reír a nadie y muchísimo menos entristecerte del todo, ya asoma en ese retrato. Pero, ¿por qué habría de desearlo un gordinflón misántropo y atento, viajero temerario; alguien decididamente entregado a recordarnos que somos sus cómplices o no somos nada? La vida queda siempre en ridículo ante la fuerza de su desesperación.

‘Retorno a Brideshead’, obra abigarrada y pálida, provocó una catástrofe: una serie televisiva incapaz de dar con el estilo único de un genio. Prefiero ‘Un puñado de polvo’

Desgraciadamente, a este magnético escritor se le conoce especialmente por una obra abigarrada y pálida, de tono elegíaco. Se trata de Retorno a Brideshead (1945), que encima provocó otra catástrofe: una serie televisiva incapaz, obviamente, de dar con el estilo único de un genio ya entonces glorificado y odiado. Prefiero Un puñado de polvo (1934) e invito a su lectura. Carlos Manzano de Frutos aceptó la peliaguda tarea de traducirlo y se editó por vez primera en España en 1995. A decir verdad, no debería leerse del tirón. Exige cierta templanza, porque, en medio de la frivolidad real y el drama insospechado, los certeros diálogos van levantando altos patíbulos para que Waugh desplume a las más radiantes aves de sociedad de los años veinte, mientras nos ofrece el decorado exacto. Se trataba, nada menos, que de la rancia vida en la campiña inglesa. Aparece de refilón el machismo de las sociedades de cazadores y el aturdimiento frívolo de los invitados. Nada te prepara, sin embargo, para un drama insoportable, escrito con admirable sequedad. Sólo de paso pone contra las cuerdas a la judicatura corrupta, pero sin organizar un mitin.

La calma chicha está cuajada de ocurrencias turbias y de ancianas coriáceas, de tazados sándwiches de carne fría. Y, de pronto, absolutamente a traición, todo se para en seco, en una página cualquiera, cuando el torrente de chismes baja de intensidad, para dar sitio a una de las frases más asombrosas que yo haya podido encontrarme en una novela. En cierto momento, desdibujado por charlas insípidas, aparece el profundo y valeroso Evelyn Waugh. Uno de los personajes centrales, ante el cadáver de su único hijo, reconoce: “He intentado consolarme. Ha sido muy penoso… Al fin y al cabo, la última cosa de la que desea uno hablar, en un momento así, es de religión”.

No me excusaré por el spoiler, porque Un puñado de polvo no es un relato policíaco. Más bien, es una historia de emociones que chocan a placer y con estrépito: una partida de billar sin premio. Aún faltaban unos años para que Evelyn Waugh abandonara el anglicanismo por la religión católica y consolidara así su desesperanza. Y así, casi como una premonición, y para que nadie se llamase a engaño, este libro admirable se abre con una cita que figura en La tierra baldía, de T. S. Eliot. Dice así:

… Te mostraré algo diferente de tu sombra

Por la mañana caminando detrás de ti

O alzándose por la noche a tu encuentro;

Te mostraré el miedo en un puñado de polvo.


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