Cuando la noche se vuelve silenciosa
La muerte de los ecosistemas está apagando los sonidos de la tierra. En el pasado, solo los huracanes o tsunamis lograban callar fugazmente las huellas auditivas de la naturaleza. Hoy, el silencio se extiende por el mundo

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En tiempos turbulentos, el miedo viaja y la urgencia por construir futuros seguros se contagia; las soluciones rápidas aparecen como flores tentadoras en la oscuridad. Corine Pelluchon les llama profetas del engaño que buscan aliviar la ansiedad e intercambian la libertad por una ilusión de protección. En esa misma línea, Donna Haraway tituló uno de sus libros: seguir con el problema. Sostiene que la crisis ambiental está tan enraizada en nuestros sistemas que las soluciones reactivas no hacen más que imposibilitar el futuro. Haraway aboga por enfocarse en ese presente denso donde aún podemos generar cascadas de preguntas –y alguna que otra respuesta- que activen nuevas sensibilidades para poder ir al fondo del problema. Porque por más que haya urgencia, la prisa nunca ha sido una gran aliada.
En las últimas semanas, en Latinoamérica, nos han llegado noticias de catástrofes ambientales, contaminaciones masivas, retrocesos legislativos que amenazan (aún más) la permanencia de valiosos ecosistemas en la región. No busco relatarlos a detalle, ni siquiera enumerarlos: mis colegas de América Futura ya lo han hecho muy bien. Pero me interesa rescatar algunos sucesos porque nos dan indicios sobre el valor que le ponemos a la vida. Hablan de esa superioridad que parece otorgarnos el derecho a decidir qué seres y ecosistemas estamos dispuestos a sacrificar.
El 8 de abril se logró la suspensión de un megaproyecto de inversión de gas licuado en el Golfo de California, que busca transformar las aguas fértiles del área natural protegida más importante del norte de México en un corredor industrial marítimo para transporte de hidrocarburos. Este proyecto, que podría apagar la vida marina en la región, se frena temporalmente en espera de un juicio definitivo. En su momento, el gobernador de Sonora dio luz verde al proyecto justificando que no había ballenas en su estado, que estaban “en otro lado”. Esa simplificación brutal evidencia cómo funciona la conservación: hay que ver para proteger. Si son especies carismáticas, es decir, que generan en nosotros algún tipo de emoción, las probabilidades de salvarse son mayores. Un estudio reciente mostró que el 83% del financiamiento para protección de especies se va a vertebrados, como los rinocerontes y elefantes; tan solo el 0,2% se destina a algas y hongos. Los fondos terminan por no llegar a donde se necesitan: el 94% de las especies más amenazadas nunca recibirán protección.
Esa concepción desde la utilidad y el control, el mirar al mundo como un objeto a nuestra disposición, es lo que sigue justificando su destrucción. No deberíamos de conocer, ni siquiera entender, aún menos ver para poder cuidar. Y a veces, cuidar es no intervenir. Es simplemente dejar existir.
Sobre todo cuando la vida se sostiene desde lo diminuto: las simbiosis bacterianas en nuestros cuerpos, los microorganismos que guían a las tortugas en los océanos, las algas que sostienen corales, los hongos que crean bosque. Abandonarse a la superficialidad de nuestra mirada nos lleva a ignorar las cadenas de dependencias que hacen posible que la vida surja.
Lucrecia Martel se pregunta cómo esa obsesión por ver ha hecho que se nos atrofien los otros sentidos. ¿Qué pasa cuando a nuestra vida se le van yendo los sonidos?, ¿cómo impacta eso en las historias que contamos?, ¿qué riesgo hay en simplificar tanto nuestras maneras de habitarnos en este mundo? El mirar impone y domina, abrirse a otros sentidos más pasivos permite que el mundo se infiltre en su diversidad. Nos obliga a moverse con más cautela, a dudar desde nuestra vulnerabilidad y a observar la sutileza de lo que nos rodea. Porque lo extraordinario de la vida está en los detalles. Martel apunta: mientras que la mirada es fugaz, el sonido obliga al tiempo.
Nos empuja a explorar también una manera más animal de estar en la tierra: en la naturaleza, la vista es rara vez la mejor estrategia para sobrevivir. Ursula K. Le Guin habla de esa revolución que no será escandalosa, será más bien húmeda, oscura, silenciosa, insidiosa y participativa. Surgirá de esas grietas de la vida donde se deshecha todo lo que parece no servir. Surgirá de atreverse a imaginar distintas maneras de vivir, en donde el poder no se utilice para humillar.
El 9 de abril, Argentina reformó la Ley de Glaciares que deja a estos ecosistemas sin la protección automática por ley. En su lugar, se delega a las provincias el decidir si se protege o no los glaciares en función de “su función hídrica efectiva”. Si se juzga que el ecosistema es inútil, el glaciar se abrirá a actividades extractivistas como la minería a cielo abierto.
Nunca me he adentrado en un glaciar, pero fui a una exposición que narraba su colapso sonoro por el calentamiento global. Los arcos metálicos por los que tenía que pasar me contaban su muerte: los crujidos de esas inmensas masas de hielo que se comprimen por la presión, el goteo insistente que adopta los ritmos temporales de deshielo y acumulación de nieve, los gemidos del viento que se cuela entre los intersticios del glaciar, los ruidos secos de los bloques de hielo que se desprenden y se estrellan contra el mar, las masas que se fracasan, el susurro de ese hielo que se rasga. Y de pronto, la cascada que no parece agotarse nunca. Y de pronto, el goteo arrítmico. Y de pronto, nada. Silencio.
La muerte de los ecosistemas está apagando los sonidos de la tierra. En el pasado, solo los huracanes, tsunamis o incendios profundos lograban callar fugazmente las huellas auditivas de la naturaleza. Hoy, el silencio se extiende por el mundo y el eco de esa sinfonía animal pérdida se difumina entre ruinas.
Más allá de la utilidad de los glaciares, la desaparición de esos cuerpos también está borrando las memorias del origen de la tierra: los núcleos de hielo nos cuentan historias sobre qué fue de la vida hace millones de años.
Pero entre las ruinas, escuchamos la vida resistir y el futuro del mundo revelarse a quien no ha perdido la capacidad de sentir.







































