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GOBIERNO DE JAVIER MILEI
Tribuna

Vengo de la Argentina de Milei, vengo del (posible) futuro

Milei dijo que era un topo que iba a “destruir el Estado desde adentro”. Lo cumple: lidera un Estado que deserta de sus funciones, abandona la salud, la educación y la seguridad social

Protesta contra la reforma laboral en Buenos Aires, el 11 de febrero.Tomas Cuesta (Getty Images)

En diciembre de 2019 asumí el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, responsabilidad para la que fui reelecto cuatro años después. Se trata de un territorio del tamaño de Italia, que concentra casi el 40% de la población argentina, produce más de un tercio del PIB nacional y constituye el corazón industrial y productivo del país. En otras palabras, me toca gobernar la provincia que más sufre el experimento distópico que Milei está aplicando en Argentina.

Viajé a Barcelona, a la Movilización Global Progresista, para contar cómo se vive en ese “futuro” que la extrema derecha europea presenta como un ejemplo a seguir. ¿Y cuáles son sus resultados? En dos años de Milei cerraron más de 24.000 empresas —unas 30 por día—, se destruyeron cerca de 300.000 empleos formales y la industria acumula una caída cercana al 10%, el segundo peor retroceso industrial del mundo en ese período, solo superado por Hungría.

El salario mínimo perdió 40% de su poder de compra y está en niveles de 2001. La inversión en ciencia y tecnología bajó al 0,17% del PIB, mínimo histórico desde que hay registros. A las familias el ingreso no les alcanza, muchas se endeudaron y hoy las tasas de incumplimiento en los créditos bancarios y no bancarios son las más altas de la serie. No hubo milagro argentino, lo que hubo fue una formidable estafa: el ajuste más grande de la historia, el que iba a pagar “la casta”, lo terminaron pagando los jubilados, la obra pública, los empleados estatales, los programas sociales, las universidades y las provincias. Entre todos explican más del 75% del recorte de la motosierra.

En síntesis: Milei puso en marcha un experimento de desintegración del Estado y de su capacidad de regular, proteger y corregir desigualdades. El presidente Milei sostuvo en su campaña electoral que era un topo que iba a “destruir el Estado desde adentro”. Es lo único que está cumpliendo: lidera un Estado que deserta de sus funciones esenciales, que abandona la salud, la educación y la seguridad social. Pero también hay una desintegración del federalismo, del tejido productivo, de la cultura democrática y, sobre todo, de la sociedad y de las comunidades que la componen, generando una sociedad cada vez más desigual y fracturada. Nada de desarrollo: solo más incertidumbre, más precariedad, más injusticia y más desprotección.

Asimismo, este modelo económico va acompañado por una constante agresión simbólica a una sociedad ya lastimada, intoxicando con mentiras destinadas a incubar odios y responsabilizando a las víctimas de esta estafa económica por sus presuntos “fracasos”. Exacerba un individualismo competitivo, una pelea de todos contra todos, completamente ajena a la solidaridad que distingue históricamente a la sociedad argentina.

En este marco, los gobiernos provinciales y locales nos hemos tenido que convertir en un escudo y en una red para atenuar el daño social y proteger los derechos que están en peligro. Con un esfuerzo gigantesco de los y las bonaerenses, estamos sosteniendo los comedores escolares y la entrega de medicamentos esenciales, terminando con recursos propios las obras de escuelas, hospitales y universidades que Milei abandonó a medio construir. También hemos puesto al Banco de la Provincia de Buenos Aires, hasta donde se puede, a sostener el consumo y el crédito productivo que el Gobierno nacional retiró a las pequeñas y medianas empresas. Pero todo esfuerzo resulta insuficiente: ninguna región crece en un país que se hunde.

Hay que ser claros: el experimento que lidera Javier Milei —con su modelo económico, sus negocios personales, su ataque a la justicia social y el maltrato a las minorías— no se sostiene sin una muy articulada red de apoyos externos y complicidades ideológicas y económicas que operan a escala transnacional. Me refiero a una internacional de la ultraderecha que actúa de forma coordinada y de la que Milei es una de sus expresiones más extremas: el capítulo argentino, posiblemente el más caricaturesco, pero no por eso menos peligroso.

Déjenme dar un ejemplo concreto y muy reciente: cuando en 2025 el programa económico de Milei estaba a punto de derrumbarse, Donald Trump, por primera vez en la historia, instruyó al Tesoro para que comprara pesos argentinos con dólares y le prometió un salvataje de 20.000 millones de dólares, justo dos semanas antes de las elecciones y atado explícitamente a su resultado. En otras palabras, el presidente de los Estados Unidos les “prometió” a los argentinos evitar el abismo —al que nos había llevado el gobierno de su protegido— si votaban por Javier Milei.

Dados estos desafíos, la respuesta no puede ser puramente nacional, ni mucho menos local. No podemos aspirar a construir islas progresistas en un mundo que se desintegra en guerras y promueve la desigualdad económica y la precariedad como normas de vida. Es necesario construir alianzas frente a esta tragedia común, con el objetivo de promover una visión más humana, justa y sostenible del desarrollo económico. Y también reunirse para romper el aislamiento, ya que, como repetía nuestro querido Papa Francisco: “Nadie se salva solo”.

Pero la tarea no es solo simbólica o retórica. En este Día Internacional de los Trabajadores, adquiere un sentido muy concreto: mejorar las condiciones de empleo, el poder adquisitivo y los derechos de millones de trabajadores, trabajadoras y familias. Eso nos exige actuar de manera coordinada en los organismos internacionales, en los Estados nacionales, en los gobiernos subnacionales y en cada territorio, porque los desafíos que enfrentamos ya no respetan fronteras administrativas ni escalas de gobierno.

Ningún Estado, por poderoso que sea, puede actuar por sí solo frente a corporaciones que producen en un país, facturan en otro y llevan sus ganancias donde menos tributan. Ninguna ciudad puede defender por sí sola el derecho a la vivienda frente a plataformas globales y fondos de inversión que operan simultáneamente sobre barrios y alquileres a escala internacional. Ningún sindicato ni trabajador de plataforma negocia en igualdad de condiciones con empresas que fijan desde lejos las reglas, los algoritmos y hasta los márgenes de su precariedad. Y ninguna democracia puede sostener la cohesión social cuando la desigualdad se globaliza, la riqueza se concentra sin freno y la deuda ahoga a países enteros, obligándolos a elegir entre pagar o desarrollarse.

Hace falta sumar fuerzas. Frente a ese escenario, la respuesta no puede limitarse a resistencias aisladas ni a la defensa de un mundo que no supo asegurar bienestar para las mayorías. Nuestra propuesta, nuestra aspiración, no puede limitarse a construir cordones sanitarios. Tenemos que disputar el presente y, sobre todo, el futuro. Cambiar la distopía por un proyecto colectivo, que movilice, que entusiasme. Para eso, resulta necesario dejar atrás la nostalgia, la intención de restaurar un mundo que ya no existe o que las mayorías ya no quieren defender. Y también dejar atrás la pura queja, la pura denuncia, la pura protesta.

Hace solo unas semanas, al recibir en Barcelona el Goya por Belén, la directora y actriz argentina Dolores Fonzi dijo: “Ustedes que tienen tiempo, que tienen tiempo aún, no caigan en la trampa. La ultraderecha vino a destruirlo todo. Eso es así. Yo vengo del futuro”. Barcelona, en estos días, nos dio un impulso para empezar a trabajar sobre otros futuros posibles: un futuro donde Milei sea pasado, donde la Argentina le ofrezca a su sociedad un horizonte de progreso colectivo y justo y que, en la arena internacional, se comprometa con un mundo en paz, donde se protejan los intereses de los pueblos y su derecho a una vida digna. Frente al futuro distópico que propone la ultraderecha, afirmamos: ¡Hay otro camino! Para construirlo son enormemente valiosos encuentros como el realizado en Barcelona y el compromiso que vienen desplegando líderes como Lula, Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro, Yamandú Orsi y Pedro Sánchez.

Por mi parte, he querido contarles sobre Milei porque, como venimos repitiendo desde hace años, los pueblos deben elegir entre dos opciones: la derecha o los derechos. Nosotros estamos con los derechos, principalmente con el derecho al futuro.

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