La escritora Montserrat Arre Marfull desmonta el mito de un Chile blanco
El libro ‘No teníamos negros’ repasa la historia y los prejuicios de un país que intentó borrar su pasado afrodescendiente

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Una noche de 2006, mientras Montserrat Arre Marfull (42 años, Santiago de Chile) miraba la telenovela brasileña Esas Mujeres, algo llamó su atención: la historia centrada en la vida de tres mujeres del siglo XIX abordaba la esclavitud y el rol social de la población negra en Brasil. Frente a la pantalla tomó conciencia de lo poco que sabía sobre estos temas y sobre el colonialismo en el continente americano, pese a vivir en Chile y compartir vecindario con ese país.
“Ya veremos que blanquedad no quiere decir solamente un color de piel claro”, dice de entrada en su libro No teníamos negros, publicado a finales de 2025 por el sello Crítica de Editorial Planeta. Es un trabajo en el que la investigadora “constata que esa idea de blanquedad no es más que un mito y reivindica la huella africana que marca la historia de Chile en diversos aspectos como la música, la cultura, la literatura y la vida cotidiana”.
Cuenta que “es una historia que llegó a mí, y me vi en la urgencia de llenar un vacío que tenía la academia” cuando se le pregunta sobre escribir e indagar por la historia afro sin serlo. “El hecho de estar hace ya más de 18 años investigando sobre nuestra historia afrodescendiente y no sentirme una persona afrodescendiente ni por mi memoria, aspecto físico o tradiciones, ha implicado desarrollar otras preguntas que me interpelan a mí igualmente como ser humana e investigadora”. Y agrega: “Estudiar nuestra afrodescendencia y luchar contra el racismo no es un tema de estudio, es una opción de vida y un deber moral cuando hemos descubierto algo que se nos ha vedado”.
Arre Marfull invita a viajar en el tiempo y pensar en una calle de Santiago, de Concepción o de La Serena en 1810. La escena que veríamos, dice, seguramente sería algo que no nos hemos imaginado nunca: una población cosmopolita de variopinto aspecto, personas hablando con muchos acentos y diversos idiomas; mapuches hablando mapudungun, aimaras o quechuas del norte con sus lenguas, españoles con su acento peninsular y otros europeos, como franceses o ingleses. Pero sobre todo, un buen porcentaje de africanos del Congo, Angola, Mozambique, hablando sus lenguas o un español con acento.

Según un estudio del Instituto Nacional de Derechos Humanos publicado en 2017, en el que se abordan las percepciones de la población chilena acerca de inmigrantes y pueblos indígenas, la mayoría de los ciudadanos se considera “más blanco que otras personas de países latinoamericanos”. Además, más de un tercio de la población piensa que la mayoría o gran parte de los chilenos se creen “más desarrollados que otros pueblos de la región”.
Arre Marfull cuenta que, mientras avanzaba en sus hallazgos, más se remecía su conciencia. “¿Podremos decir que no hayamos visto algo tan importante? Me pareció un tema esencial de investigar por novedoso, por original e importante”. La autora profundiza en cómo Chile se constituyó como un país esclavista, al igual que otros países americanos, pero, al investigar, se topó con un vacío historiográfico. En el Archivo Nacional, sin embargo, se encontró con documentos judiciales y registros en los que aparecían peticiones de libertad, cambio de amo o reclamaciones que hacían los esclavos. Cartas de venta y archivos notariales que dan cuenta de los nombres, edades, género y nacionalidades: todo un mundo por explorar sobre quiénes componían la sociedad chilena en el siglo XIX.
En su libro arma un recorrido que recopila y explica cómo el país fue “blanqueando” su narrativa. Analizó el trabajo de Amanda Labarca, escritora y política chilena, y se encontró con una obra que, tanto en su novela En tierras extrañas de 1915 como en el ensayo Bases para una política educacional, publicado en 1944, expone de manera clara y explícita que Chile es un país blanco y “que los pocos indios que quedan en el sur están en proceso de blanqueamiento”. La autora repasa cómo esta política de negación absoluta es parte fundamental de una mirada que se impone en la época en la que se intenta hacer desaparecer a los negros chilenos bajo el pretexto de que, al blanquear a la población, se podrá mejorar la educación “y que para eso se debe traer a una buena cantidad de emigrantes europeos”, señala la académica y doctora en Ciencias Humanas.
“Uno empieza a ver que, en realidad, las clases altas, por ejemplo, de la élite, siempre supieron que teníamos una mezcla y para ellos no fue tan problemática esta presencia”, agrega. “Pero cuando las clases medias, que tenían mucho africano en sus ancestros, empiezan a emerger y profesionalizarse, necesitan blanquearse porque la negritud tiene que ver con una incivilización y poco desarrollo”, explica.

Dentro de esa legitimación, según la autora, la misma Labarca se habría operado la nariz para borrar de su rostro las facciones heredadas de sus ancestros. “Uno ve también el maquillaje y empieza a darse cuenta de que hay ciertas cosas que hace ella para no mostrar quizás esa afrodescendencia porque tenía cierto trauma, como muchos, por no tener un aspecto que corresponde supuestamente al aspecto civilizado”.
Aunque existen investigaciones que sostienen que la herencia africana está presente en expresiones culturales y artísticas tan esenciales como la cueca, esa danza tradicional chilena en la que dos bailarines llevan un pañuelo e interpretan una coreografía que incluye giros y zapateos, no fue hasta las últimas dos décadas que comenzó una reivindicación afrodescendiente de manera más coordinada y activa. La Conferencia Regional de las Américas contra el Racismo, celebrada en Santiago en diciembre de 2000, fue un hito clave que visibilizó y ayudó en la organización del pueblo afrodescendiente en Chile.
Casi de manera casual, este país que aseguraba no tener negros se convirtió en anfitrión de un encuentro que sirvió como antesala a la Conferencia Mundial contra el Racismo de Naciones Unidas que se celebró un año después y abordó discriminaciones múltiples. Surgieron agrupaciones como la ONG Oro Negro de Arica, dedicada a reconocer al pueblo tribal afrodescendiente. Fue el comienzo de un trabajo que avanzó hacia distintas regiones del país, con un interés particular en recuperar esta memoria, algo que vino de la mano de las políticas de reconocimiento de los pueblos indígenas que comenzó a mediados de los años 90.
”Es nuestra propia historia como mestizos y mestizas. Es una casualidad que uno sea más claro y el otro más oscuro. Tiene que ver con los procesos de mestizaje que hemos vivido desde hace 500 años. Las mismas jerarquías raciales que se ven en el mundo y en el continente están en nuestras propias familias. Los rasgos afrodescendientes están en todos lados, incluso en el mundo mapuche”, dice Arre Marfull, que en 230 páginas registra testimonios y recupera la historia no contada para que, ahora sí, se estudie y difunda en los planes educacionales de las próximas generaciones.







































