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Opinión
Columna

La herida iluminada: El 23-F ante el espejo de la televisión

El reestreno, ahora en abierto, de ‘Anatomía de un instante’ no es solo un evento televisivo; es una exhumación necesaria

Eduard Fernández como Carrillo, en 'Anatomía de un instante'.Movistar Plus+

Hay fechas que no son tiempo, sino costra. El 23 de febrero de 1981 es, para España, una cicatriz que todavía palpita cuando cambia el tercio político o se enfría la memoria. Por eso, este reestreno, ahora en abierto, de Anatomía de un instante no es solo un evento televisivo; es una exhumación necesaria. Adaptar la catedral literaria de Javier Cercas era un reto suicida —el de convertir un ensayo obsesivo en narrativa visual—, pero el resultado se ha alzado, por derecho propio, como una de las series del año pasado.

La sagacidad de José Manuel Lorenzo, el productor que ha sabido leer el mapa de nuestra historia reciente, reside en no haber buscado el panfleto ni la hagiografía. Lorenzo entendió que el “instante” de Cercas no era un solo segundo, sino un caleidoscopio de soledades: la de Suárez, la de Gutiérrez Mellado, la de Carrillo.

En estos días de confrontaciones líquidas y distancias que se pretenden insalvables, la serie actúa como un espejo de contraste. Nos devuelve el reflejo de una generación que, lejos de la pureza ideológica, eligió el territorio del acuerdo. Se aprecian aquí los esfuerzos y, sobre todo, las renuncias de quienes decidieron que el futuro valía más que sus diferencias y su propio rencor, permitiendo que España dejara atrás la sombra para caminar hacia sus mejores tiempos.

La serie recupera el espíritu de una prensa que fue trinchera de papel. Aquel país se pensó desde las páginas de Cuadernos para el Diálogo y se analizó con la profundidad de Triunfo. Como bien señaló Pedro Altares, una de las figuras clave de aquella resistencia intelectual: “La democracia no es un estado de gracia, sino un ejercicio cotidiano de tolerancia que exige, a veces, el sacrificio de las propias certezas”.

Sin embargo, era el afilado Sixto Cámara (seudónimo del gran Manuel Vázquez Montalbán) quien, desde las mismas páginas de Triunfo, ponía el dedo en la llaga de la fragilidad del sistema: “En este país donde la historia se escribe con goma de borrar, el 23-F fue el momento en que descubrimos que la libertad era un decorado que había que sujetar con las manos desnudas para que no se nos cayera encima”.

Las hemerotecas, que la serie recrea con mimo, aún guardan el eco de los titulares que definieron el día después: EL PAÍS, en una noche en la que siete ediciones consecutivas aguantaron el pulso informativo, titulaba: “El país, con la Constitución”, convirtiéndose en un escudo de papel para la libertad. Diario 16 lanzaba su histórico “¡Libertad!”, un grito que todavía resuena en la memoria de la Transición. ABC, con sobriedad institucional, abría con un contundente “El Rey, con la Constitución”, sellando el destino de los golpistas.

Como escribió Miguel Ángel Aguilar sobre aquellas horas de asfixia: “En el hemiciclo, el silencio no era ausencia de ruido, era la presencia física del miedo que se masticaba como arena”.

Tres vértices de un triángulo imposible

Bajo la dirección de Alberto Rodríguez, cuya solvencia tras la cámara es ya un patrimonio nacional, la serie adquiere una solidez de hierro. El director de La isla mínima maneja el raccord emocional con la precisión de un cirujano, apoyado en un trío actoral que es pura orfebrería: Manolo Solo, su interpretación del General Gutiérrez Mellado es una lección de corpulencia moral. Solo, encarna el honor de un militar que, ante los subfusiles, opuso la autoridad de quien sabe que la disciplina no es humillación, sino respeto a la ley. Eduard Fernández se mimetiza con un Santiago Carrillo que es pura inteligencia y supervivencia. Fernández captura esa mirada del zorro viejo que, tras décadas de exilio y clandestinidad, entiende que esa noche se juega algo más que una ideología: se juega la convivencia.

Pero es en la piel de Álvaro Morte donde la serie encuentra su centro de gravedad. Morte logra algo casi imposible: humanizar el mito de Adolfo Suárez sin caer en la imitación de bulto. Frente a la cámara de Rodríguez, el actor construye un personaje shakesperiano, un hombre que se consume entre el humo de los cigarrillos y la conciencia de su propio ocaso. Su Suárez no es un héroe de mármol, sino un animal político herido que, en el momento del ruido y las balas, decide que su única arma es permanecer sentado. Es la representación de la dignidad física frente a la barbarie.

El viaje de esta producción ha sido, en sí mismo, un mensaje. Tras su exitoso paso por el circuito de pago (Movistar Plus) el pasado 20 de noviembre, coincidiendo con el 50 aniversario de la muerte de Franco, la serie llega ahora a su estreno en abierto (La 1, el domingo a partir de las 10 de la noche) justo en la víspera del 45 aniversario de aquel intento de golpe de Estado. Este tránsito de lo privado a lo público, de la conmemoración del fin de la dictadura a la celebración de la resistencia democrática, constituye un auténtico triunfo civil. En un tiempo de fragmentación y burbujas algorítmicas, que el relato fundacional de nuestra libertad regrese al salón de todas las casas es un ejercicio que merece ponderación.

Anatomía de un instante nos recuerda que la democracia no fue un regalo, sino un equilibrio precario sobre un abismo de fusiles que supimos cerrar con la palabra.

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