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Doctor, quiero parecerme a mi selfi

Cada vez más demandantes de cirugía estética buscan transformar su aspecto físico para conseguir emular al máximo posible sus fotos retocadas con filtros de las aplicaciones

A la izquierda, Manu Tenorio el pasado diciembre; y a la derecha, este fin de semana.
A la izquierda, Manu Tenorio el pasado diciembre; y a la derecha, este fin de semana.

Nos hemos acostumbrado a vernos desde con unas orejas de perro sobre nuestra cabeza hasta con unos ojos totalmente desproporcionados. Los filtros de aplicaciones como Snapchat, Instagram y Facetune permiten que cambiemos la apariencia física a nuestro antojo. En muchas ocasiones será porque ese selfi ha quedado demasiado oscuro, pero en otras para resaltar los pómulos o blanquear la piel. Estas apps se han convertido en verdaderos laboratorios fotográficos digitales en búsqueda de la aprobación social del like y, para cada vez más personas, de ellas mismas. Los pacientes de cirugía estética que quieren parecerse a su yo del móvil no han dejado de crecer en el último año. Este fenómeno tiene nombre gracias a un artículo de la doctora Neelham Vashi en la revista de cirugía plástica JAMA: dismorfia de Snapchat.

Un estudio de la Academia Estadounidense de Cirugía Facial, Plástica y Reconstructiva asegura que el 55% de los cirujanos estéticos vio en 2017 a pacientes que querían operarse para verse mejor en los selfis –sobre todo adolescentes–. Como explica Vashi en la publicación, se trata de personas que intentan parecerse a una versión fantasiosa de ellas mismas. “La gente trae sus fotos desde determinados ángulos o con ciertos tipos de luz”, añade. El riesgo de querer convertirnos en una versión filtrada de nosotros mismos, de transformar el físico a golpe de aplicación y de obsesionarnos con eso que llamamos defectos es caer en un trastorno dismórfico corporal (TDC). “Las redes sociales se convierten en un acelerador para este tipo de personas, que se preocupan por cómo lucen ante los demás”, advierte la doctora.

El TDC, que afecta alrededor del 2% de la población mundial, tal y como concluyen Martha Giraldo, doctora en psicología, y Amparo Belloch, catedrática de psicopatología, continúa siendo un trastorno poco reconocido y poco diagnosticado por la ocultación de los síntomas por parte de los pacientes. “La identificación temprana es un punto clave en el desarrollo y el curso del trastorno, así como en la efectividad del tratamiento”, zanjan. La dismorfia de Snapchat ha unido a psicólogos y cirujanos estéticos, por alejados que parezcan sus mundos. La doctora Ainhoa Placer, especialista en cirugía plástica y reparadora, no ha tenido que atender todavía a nadie que se presentara en su clínica selfi en mano. Aun así, es consciente de cuál es la limitación ética en su profesión. “Si sospecho de que el paciente tiene un TDC, no lo operaría y lo derivaría a un especialista en trastornos mentales”, argumenta.

España es el cuarto país de Europa en número total de procedimientos estéticos, con una cifra cercana al medio millón de intervenciones al año según datos de 2016 de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética. La doctora Placer entiende que la intención de retocarse por verse mal en los autorretratos esté al alza, aunque sea por el momento infrecuente, por la cantidad de tiempo que pasamos delante del móvil. “Se ha convertido en la cámara de fotos de muchas personas. Los selfis, que no tienen el mejor enfoque, pueden maximizar determinados rasgos que no nos gustan y hasta verlos peores de lo que son”, sostiene. El problema comienza cuando la ayuda de los filtros para mejorar una imagen cambia de una simple edición a tumbarnos en un quirófano.

Confusión de realidades

La exposición pública no ha dejado de aumentar conforme las redes sociales se han asentado como una opción más de consumo tecnológico. Influencers, youtubers, instagramers… un sinfín de nuevas profesiones que comparten su exhibicionismo cotidiano. Pero el resto de usuarios también se ha sumado al escrutinio de los demás y ya hasta tiene problemas para discernir entre la vida real y la virtual. Un estudio de la Royal Society for Public Health publicado en mayo determinó que Snapchat, Facebook, Twitter y sobre todo Instagram afectaban mentalmente a los jóvenes. “Exageran las preocupaciones por el cuerpo; empeoran el acoso y el insomnio; y favorecen los sentimientos de ansiedad, depresión y soledad”, resumió la directora de la investigación, Shirley Cramer, como las principales conclusiones tras preguntar a unas 1.500 personas de entre 14 y 24 años.

En esta tendencia por convertirse en un selfi constante, como recuerda la doctora Placer, hay que poner un poco de cordura. “El paciente debe hablar con un cirujano antes de realizarse cualquier procedimiento, saber las posibilidades de tratamiento, conocer las expectativas realistas para cada caso y valorar los riesgos”, afirma. La voz de alarma ya la han comenzado a dar en Estados Unidos, al margen de todos los consejos que se pongan encima de la mesa para prevenir trastornos aún mayores. Snapchat ha conseguido dar nombre a un TDC con su facilidad para alargar pestañas, estrechar cinturas y remarcar mandíbulas. Una cosa es compartir en las redes sociales fotografías y otra querer dar nombre, literalmente, a un filtro mediante retoques en un quirófano.

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