La crisis del coronavirusOpinión
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Vacunas para los países en desarrollo: mientras no estemos todos seguros nadie lo estará

Es inaceptable el desequilibrio entre regiones ricas y pobres. En 2021 hay que inmunizar, por lo menos, a todos sus sanitarios y poblaciones vulnerables

Mayores de 55 años reciben la vacuna de AstraZeneca en un centro sanitario de Addis Abeba (Etiopía), el pasado 14 de abril.
Mayores de 55 años reciben la vacuna de AstraZeneca en un centro sanitario de Addis Abeba (Etiopía), el pasado 14 de abril.Minasse Wondimu Hailu / GEtty

El director de la OMS acaba de calificar como inaceptable el desequilibrio en la distribución global de vacunas entre países ricos y pobres, siendo así que para superar la covid-19 es necesario vacunar a todos los países y en 2021, por lo menos, a todos sus sanitarios y poblaciones vulnerables. Incluso antes de vacunar en el Norte a los poco vulnerables. Mientras no estemos todos seguros nadie estará seguro. Por justicia y solidaridad, pero también por egoísmo.

Para conseguirlo, lo más práctico es desarrollar el programa Covax de la OMS en tres formas:

- Que los países ricos —incluida España— donen aún más fondos, todo lo que la OMS pide.

- Que donen a Covax las vacunas que pronto les sobrarán. Los acuerdos anticipados de compra de la UE, EE UU y el Reino Unido permitieron desarrollarlas, pero ahora tienen que repartirlas para beneficiar a todo el mundo. El plan del Gobierno de donar 7,5 millones de dosis a países latinoamericanos cuando lleguemos al 50% de población vacunada es muy buena noticia.

- Estimular con energía los acuerdos entre empresas para aumentar la fabricación global. Algunos entre grandes productores han sido ya decisivamente impulsados por los gobiernos norteamericano y europeos. El consorcio de acceso a la tecnología de la OMS (C-TAP) debería revitalizarse.

En este muy corto plazo alterar las patentes puede no ser práctico, no aumentar la capacidad global de fabricación, generar rechazo del sector privado y desanimar inversiones en innovaciones futuras. Las vacunas tienen que llegar a los países pobres ya, en las próximas semanas. No podemos esperar a reformas legales, aunque sea cierto que las patentes tienen muchos defectos y se deben transformar en el medio plazo.

Además, las patentes no son el obstáculo principal para ampliar la producción. La barrera es el conocimiento no patentable (“know how”), complejo y no improvisable, necesario para saber fabricar. Es mejor y más rápido que este se trasmita por acuerdos voluntarios, impulsados con energía, si es necesario, por los gobiernos, capaces de convencer a cualquier empresa, por muy multinacional que sea. Esta tercera vía, defendida por la directora de la Organización Mundial del Comercio, es imprescindible.

Para el medio y largo plazo, en cambio, el G20, la Unión Europea y EE UU deben liderar proyectos globales, audaces y ambiciosos que den respuesta a las necesidades de prevención, investigación y fabricación de toda la Humanidad.

Es necesario reafirmar el multilateralismo, la cooperación internacional y el liderazgo de la OMS, contra el nacionalismo de las vacunas y hacerlas llegar a todo el planeta utilizando las cooperaciones público-privadas. Pero el modelo anterior no sirve. La industria de vacunas estaba plagada ya antes de la pandemia de fallos del mercado y desabastecimientos.

El desarrollo de las vacunas ha sido un éxito, apoyado en el sector público, adecuada financiación y certidumbre y la colaboración entre científicos y empresas y se debe perseverar en estas líneas.

Incrementar y repartir rápida y globalmente la capacidad de fabricación y distribución exige avanzar más allá del actual sistema de patentes y los acuerdos inter-empresas. Para que la tecnología se transmita eficientemente habrá que potenciar instrumentos cooperativos (como C-TAP) y diseñar mecanismos imaginativos, con todas las innovaciones institucionales que sean necesarias. Podríamos asignar entre fabricantes el conocimiento y metodología, generados por los sectores público y privado, con mecanismos competitivos y transparentes, como se hace con el espacio radioeléctrico o con el crédito por los bancos centrales. También hay que ajustar los riesgos regulatorios y de responsabilidad civil. Para todo ello son necesarias agencias públicas muy capaces. Hoy no hay mejor inversión de los fondos públicos que las vacunas.

El mercado es insuficiente, pero no podemos prescindir de sus potencialidades. Hemos de mantener los incentivos a la inversión privada. Las vacunas tienen que ser buen negocio. Bueno porque genere beneficios sustanciales, pero no parasitarios de los fondos públicos ni depredadores; bueno por innovador y porque mantenga exquisitos controles de calidad y seguridad; bueno por socialmente responsable a escala global.

No queda tiempo que perder. Apoyemos a la OMS, démosle la financiación que necesita, cedamos las vacunas que nos van a sobrar pronto y transformemos el sistema productivo global. Acabemos con esta pandemia y preparémonos también para la próxima. Tenemos tecnología, un mercado de 7.000 millones de personas, capacidad de financiación, altísimos retornos a la inversión y los conocimientos económicos para diseñar los nuevos mecanismos necesarios.

Félix Lobo es catedrático emérito de la Universidad Carlos III de Madrid, director de Economía y Políticas de Salud de Funcas.

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