La crisis del coronavirus

La nueva normalidad enmascarada

La necesidad de contrarrestar las emociones negativas asociadas a este elemento de protección lo convierten en un accesorio de moda, que también refleja brechas raciales, sociales y de género

Billie Eilish, en la gala de los Grammy en enero pasado, con una mascarilla ornamental de Gucci.
Billie Eilish, en la gala de los Grammy en enero pasado, con una mascarilla ornamental de Gucci.ETIENNE LAURENT / EFE

La mascarilla Louis Vuitton no existe. Ni de lona con el monograma de la firma, ni estampada con su reconocible damero. Más allá de las unidades médicamente homologadas que el grupo Louis Vuitton Moët Hennessy ha confeccionado desde marzo en sus instalaciones para aprovisionar a los sanitarios franceses y algunos centros hospitalarios estadounidenses, nunca se ha puesto a la venta como producto de consumo público. No hay rastro de ella en la tienda online oficial. Tampoco en su perfil de Instagram. Ni siquiera figura como accesorio ornamental en sus últimas colecciones, tanto de mujer como de hombre. Y, sin embargo, la mascarilla Louis Vuitton es la sensación de Internet. Ha estado hasta en Amazon. Algunos sitios de comercio electrónico la ofrecen incluso con su correspondiente caja color “azafrán imperial”, tono corporativo desde 2016. Todo falso.

La transformación de un artículo sanitario en el nuevo colmo del lujo aspiracional dice mucho, aunque quizá nada bueno, de la necesidad de la sociedad de recuperar su pulso mientras sigue inmersa en una situación que no es normal en absoluto. Obligatorias por imposición gubernamental en casi todo el planeta, las mascarillas se han convertido en nuestro recordatorio diario de que las cosas aún no van bien. De que vivimos inmersos en una crisis. Más aún que el distanciamiento social, son el genuino símbolo del miedo. Pero ahí está la moda para domesticar ese temor y desactivar las connotaciones negativas, su funesto significado. “Nos guste o no, esta es la realidad que hay que afrontar. El virus está en el aire. Si una mascarilla puede ser no solo funcional, sino también atractiva, entonces será algo bueno, porque impulsará a la gente a ponérsela de la forma correcta. Entiendo (y me consta) que haya voces que critican que las marcas de moda hagan dinero a costa de esta situación, pero si así se anima a la gente a llevarlas y, además, se consigue que se vean bien con ellas, me parece realmente positivo”, opina la psicóloga Carolyn Mair.

Profesora de psicología de la moda en el London College of Fashion, Mair incide en el componente sentimental que va a condicionar la percepción social de lo que ya se intuye como el último grito en accesorios. “Solemos asociar objetos a las emociones. Y las emociones influyen en nuestras decisiones, creencias, acciones y comportamientos. Cuanto más veamos algo en un contexto determinado, más fácil será asociarlo profundamente en nuestra mente. Es lo que se conoce como neuroplasticidad”, explica la autora de The Psychology of Fashion (Routledge, 2018). “Cuando algo nos produce un impacto poderoso, la conexión emocional que hacemos es instantánea. El vínculo entre memoria y emoción es muy estrecho en el cerebro. Ver una mascarilla, o un equipo de protección personal, va a ser algo que asociemos para siempre a este momento, incluso mucho tiempo después de que ya no sea necesario su uso, y sobre todo para quienes hayan vivido una experiencia traumática relacionada con la covid-19”, continúa.

Como ya sucediera con las infames cajas de cartón para guardar las máscaras de gas que debían acarrear los británicos durante los bombardeos alemanes en la II Guerra Mundial, las actuales mascarillas pueden observarse como contenedores de las emociones viscerales de la población. Un ejemplo es el uso de la mascarilla patriótica con la bandera de España en un momento de mucha polarización y crispación política. En ese sentido, la posibilidad de ser objeto de manipulación no se les escapa a los expertos. “Está claro que pueden surgir complicaciones, especialmente en términos de discriminación racial: llevar la cara cubierta tiene connotaciones negativas, porque siempre se ha asociado a actividades delictivas. No hay más que ver lo que sucede en Estados Unidos con la población de color. Desafortunadamente, creo que su uso no va a ser igual para todo el mundo”, esgrime Mair, que también advierte de posibles brechas de clase y género. “Quizá al convertirse en un objeto particular de moda, algunas personas puedan sentirse excluidas. He leído que algunos hombres se sienten emasculados por tener que llevar mascarilla, como si no fueran lo suficientemente masculinos por usarla. Si no resultara tan ridículo sería hasta gracioso”, opina la psicóloga.

Extendida entre las sociedades asiáticas no solo como protección ante el alto nivel de contaminación, sino también como muestra de responsabilidad civil y respeto hacia los demás (la cuestión del civismo y la higiene tiene largo recorrido en Japón, Corea del Sur, Tailandia y Singapur), la mascarilla es un elemento extraño en Occidente, aunque su uso como complemento de moda goce de cierto predicamento en las subculturas urbanas juveniles. Marcas de streetwear (ropa casual) como la muy popular Supreme las incluyen para complementar sudaderas, cazadoras bomber y parkas. Un reflejo de la permeabilidad de las tendencias callejeras que proliferan en Tokio, Shanghái o Seúl, amplificadas por estrellas del pop y el hip hop que las utilizan como ornamento. La última, Billie Eilish en la gala de los Grammy el pasado enero, que lucía mascarilla a juego con el conjunto chandalero firmado por Gucci para ella. Estos trabajos en exclusiva para ciertos artistas hacen que quien quiera exhibir un logo como símbolo de estatus se lance a replicarlas de manera casera, bien para uso personal, o para comercializar ilegalmente. Cadenas más populares, como Mango, han incluido las mascarillas en sus colecciones tras la pandemia.

En Grailed.com, la principal comunidad de mercadeo de streetwear y prendas vintage (sobre todo de hombre), las búsquedas de mascarillas de diseño —cuya única función es la estética o, como mucho, antipolución— han doblado su número desde el 12 de marzo. En su competidora directa, StockX, no dan abasto despachando cientos por día. “En términos de moda urbana, la mascarilla se ha convertido en un meme, la forma habitual de reírse de los chavales que la llevan combinada en plan total look”, confiesa Lawrence Schlossman, director de marca de Grailed. Aunque algunas supertiendas electrónicas como Farfetch las han retirado de circulación en cuanto sus precios se dispararon hasta casi 200 euros.

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