La crisis del coronavirus

Los niños salen por fin de casa: “No me acuerdo de pedalear”

El desconfinamiento de los menores de 14 años tras más de 40 días en casa se salda sin incidentes, pero con alguna aglomeración, situaciones de picaresca y bastantes pataletas

Niños y niñas, en las calles de Madrid, el primer día que pueden salir durante la pandemia de coronavirus. En vídeo, Rubén y Adrián (Madrid), y Hugo y Clara (Ibiza), disfrutan de su paseo.@JAIME VILLANUEVA (VÍDEO: EUROPA PRESS / PADRES DE LOS NIÑOS)

Ya no todo va a ser hacer deberes en el balcón, magdalenas en la cocina, baile en el salón y barra libre de pantallas. Después de 42 días, los más de seis millones de niños españoles menores de 14 años que han permanecido encerrados en casa para evitar contagios del coronavirus han podido salir este domingo a la calle. Llegó el primer día de paseo permitido por el Gobierno (una hora, un kilómetro de distancia máxima desde su casa). Y se saldó sin incidentes destacables, aunque hubo algún momento de aglomeración que las policías municipales se encargaron de dispersar.

Hubo caras de alegría indescriptibles (y probablemente inversamente proporcionales al tamaño de los pisos), niños que de la tensión acumulada parecían enfadados, patinetes, bicicletas, visitas al balcón de los abuelos, reencuentros sin tocarse con amigos, mucha policía vigilando que se cumplieran los protocolos (tres niños, un adulto y respetar las distancias). Y en general, un ambiente que recordaba a un domingo de cuando desconocíamos la palabra covid-19 y podíamos hacer vida normal.

Desfile de mascarillas. Aunque la mascarilla es solo una recomendación (y las infantiles son difíciles de encontrar), muchas familias se las ingeniaron para que sus niños lucieran este preciado artículo. De farmacia, adaptadas, cosidas en casa… Otra cosa es lo que duraran puestas. La de Emma de Mora, de tres años, de tela y con su nombre estampado, dos minutos. “Me molestaba mucho”, comentaba la pequeña en el municipio valenciano de Torrent, con su carrito de juguete, su madre Rut Ortí y su hermana Leire, de 10 años. “Le he tenido que poner hidroalcohol al menos cinco veces porque lo tocaba todo”, aseguraba la madre, que evitó el centro y paseó entre chalés próximos al campo.

Mucha rueda. Ni el día de Reyes se ven tantas bicis, patinetes o monopatines. Tomás, de siete años, y su hermana, de cuatro, salieron con su padre. “Estoy bastante cansado”, decía tras una hora de skate por el barrio de La Latina, en Madrid. “La calle está un poco rara, he visto poca gente y muchas cacas de perro. El césped ha crecido en la plaza del mercado”. Llevaba razón, en 40 días no solo nos ha crecido el pelo, también las plantas están esplendorosas.

La pataleta. Las cosas no siempre salen como uno quisiera. Carlota, la hija de seis años de Cristóbal, no quería subir a la bici. Y eso que era pronto y la plaza a la que habían bajado, en Barcelona, es grande. “Es que no me acuerdo de pedalear”, decía enfadada. “Acuérdate de que solo tenemos una hora”, insistía su padre. “Yo lo que quiero son mis amigas”, respondía la niña enfurruñada.

Vecinos, no turistas. Los centros turísticos de las grandes capitales se han quedado desiertos. En algunos casos, como en la Sagrada Familia de Barcelona, fueron tomados por familias. En otros, barrios como el Gòtic o el Born, la expulsión de vecinos por la irrupción de pisos turísticos se constata con la ausencia de niños. Adrià y Arnau bajaron con sus padres y una pelota. Tenían el barrio casi para ellos solos: “En la calle donde vivimos somos solo tres familias cuando salimos a aplaudir”.

Playa y parques, un imán. En el litoral, las playas estuvieron abiertas o cerradas según la decisión de cada Ayuntamiento. En el norte, en ciudades como Gijón, llovió, pero las familias acudieron igual. En el Mediterráneo, Barcelona las cerró, pero Badalona, al lado, las abrió y estuvieron concurridas como cualquier domingo de primavera. Igual ocurrió en Cádiz o Málaga. También abrir o cerrar parques lo deciden los Ayuntamientos, casi todos optaron por lo segundo, para disgusto de los chavales. “Hemos jugado a la pelota, hemos corrido... Todo en la acera, el parque estaba cerrado, eso es un rollo”, lamentaba Dylan, seis años, en Madrid.

Amigos sin pantalla. Los amigos que molan son los de verdad, por muchas videollamadas de las que las familias hayan echado mano. “Me ha dado mucha alegría ver a mi amigo Nico, pero pena también porque no lo he podido abrazar para que no me pille el coronavirus”, resumía el madrileño Tomás tras volver a casa. Claudia, de ocho años, quiso acercarse con su padre a la puerta del cole: “Estaba cerrada y ha sido un poco triste porque tengo muchísimas ganas de ver a mis amigas”.

Abuelos desde el balcón. Si viven cerca, visitar a los abuelos de lejos fue otra de las actividades practicadas este domingo. Algunos con la emoción y la distancia no se enteraron de los lagrimones de los mayores. En Sevilla, la pequeña Inés, de tres años, hasta le bailó una sevillana a sus abuelos María Luisa y Manolo. “Por el bichito no voy a poder subir, ¿no?”, se conformó la niña.

La ciudad ha crecido. Que lo veían todo más grande. Fue un comentario repetido por niños de varias ciudades. Lo decía José David, en Sevilla: “Todo parece más grande, los árboles, las plazas”. Su madre, Laura, apuntaba que se movía con cautela cuando alguien se acercaba.

En los pueblos es distinto. Adriàn Garrido, de 10 años, y su hermana Aldara, de uno, salieron en Galicia con sus bicicletas para dar el primer paseo desde que la Xunta de Galicia cerró colegios y guarderías. Ellos han montado casi a diario, porque lo que sobra es tierra delante de la casa familiar. “Aquí el confinamiento es otra cosa. En la aldea tenemos suerte”, comentaba el tío de los niños, Toño Garrido.

Instagram, que no falte. En el siglo XXI ni confinamiento ni desconfinamiento tienen sentido sin postureo en redes como Instagram. De qué, si no, las familias se contoneaban ante un móvil. El resultado está en la Red, con innumerables fotos de saltos, carreras, mascarillas, poses, niños haciendo la señal de victoria, ruedas y sonrisas de oreja a oreja.

Acumulación de personas y de muchas familias enteras

La vuelta de los niños a la calle transcurrió sin incidentes, aunque en algunos puntos y momentos se produjeron concentraciones o aglomeraciones que llevaron a las autoridades a intervenir para dispersar a los vecinos y recordarles las condiciones de salida. Con imágenes de grandes grupos en las redes y preguntado por la cuestión, el Ministerio del Interior no negó su veracidad, pero respondió que no tenían constancia de “incumplimientos graves o generalizados”, informa Patricia Ortega Dolz.

Siendo domingo, abundaron las familias enteras: con padre y madre; no con un solo progenitor como era preceptivo. “No veo el problema si en casa estamos juntos, no interactuamos con nadie”, defendía Sandra, en Barcelona, junto a su marido y sus dos hijos.

En Valencia, la vicealcaldesa Sandra Gómez, pidió responsabilidad a los padres en las redes sociales y advirtió de que si la apertura de los jardines del Turia no funcionaba, se volverían a cerrar. Y en Alicante, la policía local apeló a la “responsabilidad” y recordó que no se puede ir más lejos de un kilómetro.

Las policías se desplegaron por las zonas más concurridas para evitar situaciones de indisciplina. “Son días de aplicar mucha mano izquierda, la gente está tensa y no te puedes poner a discutir con padres cuyos hijos te aplauden cada noche”, explicaba un mosso en Barcelona.

En Los Jardines de Hércules de Sevilla, el barrio con más niños de España y conocido como Villa Carrito, la policía tuvo que pedir por megafonía que se guardaran las distancias de seguridad. Y acabaron repartiendo mascarillas. La situación “de descontrol” hizo desistir de salir a la familia de Quico Sánchez y su mujer Olga, enfermera.


Con información de Cristina Vázquez, Eva Saiz, Beatriz Lucas y Silvia R. Pontevedra.

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