Vieja, amortizada y en casa
Columna
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El lenguado nocturno

Finalmente, anoche, tuve un sueño que espero me descifréis. Salía por fin a la calle, llena de aprensión y angustia

Luis Grañena

Al principio del estado de alarma dejé de soñar.

Soy una persona dada a hacerlo, y a recordar una parte importante, y a divertirme con lo que he soñado. Mis cuentos oníricos tienen planteamiento, nudo y desenlace. A menudo los encadeno, tras haber despertado brevemente, para encontrar la solución.

Desde que empecé esta sección, nada de soñar. O nada de recordar las correrías nocturnas. Hasta que la cosa se puso dura, y las situaciones de peligro alcanzaban cada vez a más gente, incluidas personas muy cercanas.

Desde entonces, he tenido tres sueños. Uno de muerte en quirófano, y no era yo la víctima, pero dolía mucho. Otra en que sí sufría la pandemia y estaba en un pasillo lleno de pacientes afiebrados (me temo que influyó el vigoroso relato de un Tristán Ulloa, por fortuna, restablecido). Y finalmente, anoche, tuve un sueño que espero me descifréis.

Salía por fin a la calle, llena de aprensión y angustia; y había olvidado en casa mi bastón. Iba al mercado cercano, adquiría un lenguado del tamaño de un niño de dos años; y no había pedido que lo cortaran en filetes. Por el camino encontraba a Edu Galán (el vecino que cuida de mí); y le agarraba del brazo, saltándome las prohibiciones. Luego tenía una cita en este periódico, que era un edificio rectangular lleno de ventanas, con un piso para cada asunto, y al pescadero de las oficinas de administración, en la planta baja, le pedía que descuartizara el lenguado. Con los filetes en brazos, desperté.

Ayuda, doctor Freud.

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