CORONAVIRUS DE WUHAN

Ni almas en el campo ni cobijo para los peregrinos

El cierre de los albergues sorprende a muchos caminantes a Santiago ajenos a las malas noticias

Peregrinos deambulan este domingo por Santiago tras el cierre de todos los albergues.
Peregrinos deambulan este domingo por Santiago tras el cierre de todos los albergues.OSCAR CORRAL / EL PAÍS

El temporal de lluvia helada ayuda al confinamiento en el disperso pueblo de Luou, a 10 kilómetros de Santiago. El campanario de la parroquia de Santa María sigue dando las horas, y las medias, porque está mecanizado, siempre con sus rigurosos dos minutos de retraso, pero la iglesia ayer está cerrada. Los 15 niños no han tenido catequesis y a su alrededor todo parece muerto. Los dos bares, antes repletos a la salida de misa, han bajado la reja hasta nueva orden y aquí ni tan siquiera el estanco y la farmacia, que hace 15 días agotó sus mascarillas y solo abre en domingo si le toca guardia, están abiertos. Por poder, en Luou hoy no se puede gastar dinero más que en la máquina expendedora de preservativos Durex, que sigue despachando cajas a tres euros en el exterior de la botica, y en A Despensa, la pequeña tienda de comestibles, que sí abrió.

Un poco más allá, el motel Venus, antes muy frecuentado en fin de semana, permanece abierto y con el letrero de “libre” encendido en la entrada de vehículos; sin embargo sus habitaciones están todas vacías. “Esta noche hubo clientes, pero ahora ya no hay nadie”, comenta una empleada del negocio hostelero, “la gente sigue llamando, preguntando si puede venir, y yo les digo a todos que esto sigue abierto... no se sabe hasta cuando. Pero por responsabilidad les pido que no vengan, que la cuarentena no es salir de casa para irse a un motel”. El Venus, que se anuncia en la carretera nacional con un lema bastante sonado en la zona, “el amor no existe, se hace”, llevaba ya días, “de orden del jefe”, desinfectándolo “todo”. “Aquí eso siempre lo llevamos a rajatabla, las manillas, los pasamanos y todas las cosas. Desinfección a tope porque nunca se sabe lo que puede tocar la gente. Pero ahora lo hacemos hasta con el dinero, y el personal se ducha aquí antes de marchar a su casa”, describe la trabajadora.

La orden de cierre de establecimientos no afecta a los moteles, pero sí a los albergues de peregrinos, que en Galicia, solo entre los pertenecientes a la red pública, ya suman 70 instalaciones y 3.000 plazas para pernoctar. El decreto ha cogido por sorpresa a los caminantes a Compostela, menos pendientes de las noticias que el resto, y ha dejado tirados a numerosos peregrinos en todas las rutas jacobeas. Un británico llamaba ayer a la puerta de la catedral de Tui (Pontevedra, en la frontera portuguesa) pidiendo ayuda porque no sabía que en el país que acababa de dejar, Portugal, y en el que acababa de entrar, España, había sido decretada la alarma. Mientras la Federación de Asociaciones de Amigos del Camino se ha volcado el fin de semana en recoger peregrinos para que vuelvan a casa, la capital de Galicia amanecía el domingo con muchos extranjeros que no sabían adónde acudir. Un peregrino belga y otro francés —que no quieren aparecer citados con sus nombres— cuentan que tuvieron que dormir en la calle porque no tienen dinero para un hotel. Pero estos jóvenes no quieren marcharse a sus países: “Tenemos que acabar nuestro Camino. Vamos a llegar a Fisterra aunque nadie nos dé techo”.

El sábado hacía sol y los vecinos de Luou aún aprovecharon para segar sus cunetas con las desbrozadoras, con la idea de quemar los rastrojos más adelante. En Galicia, desde el viernes, ya estaban cerrados todos los negocios salvo los de primera necesidad y había tiempo para estas tareas. Pero el sábado por la noche, la Xunta anunciaba que las quemas de rastrojos quedaban vetadas, para evitar el riesgo de un incendio forestal durante el confinamiento, y minutos antes el presidente Pedro Sánchez confirmaba la prohibición de salir a la calle salvo por causa mayor. Xerardo Porto, vecino de Luou, no sabe si a partir de ahora<NO>le costará “una multa de 100 euros” cruzar la cancilla para cortar la maleza que en primavera se desmanda y “ahoga las cunetas” cuando llueve.

A unos 200 metros de la casa de Xerardo, Rebeca Román había empezado en enero a impartir clases de equitación en su nuevo centro ecuestre. Desde que se suspendieron las actividades deportivas, ya no pueden ir sus alumnos, y desde que hay orden de quedarse en casa, los dueños de los caballos que cuida no pueden visitarlos. El sábado, se despidieron. “Les mandaré fotos a diario”, cuenta, “pero los caballos se deprimen. Echan de menos a su gente, y además son atletas: necesitan hacer ejercicio, galopar y saltar”.

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