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AUGUSTO LÓPEZ-CLAROS | ECONOMISTA

“El presupuesto es el mejor instrumento de los países para conseguir la igualdad”

El exdirector del Grupo de Indicadores Globales del Banco Mundial habla sobre cómo la desigualdad de género empeora la economía, contribuye a la inestabilidad política y ralentiza la lucha contra la pobreza

El economista Augusto López-Claros en Madrid en mayo de 2019.
El economista Augusto López-Claros en Madrid en mayo de 2019.

Augusto López-Claros (La Paz, Bolivia, 1955), ahora asesor en la Escuela de Servicios Exteriores de la Universidad de Georgetown, ha ocupado a lo largo de su extensa trayectoria cargos que le han permitido escrudiñar decenas de economías y Gobiernos. Ha sido director del Grupo de Indicadores Globales del Banco Mundial, economista jefe y director del programa de competitividad global en el Foro Económico Mundial en Ginebra y también representante del Fondo Monetario Internacional en Moscú. De su experiencia concluye que la desigualdad de género empeora la economía, contribuye a la inestabilidad política y ralentiza la lucha contra la pobreza. La posibilidad de cambio, sostiene, está en la voluntad política de los Gobiernos. López-Claros ha estado recientemente en Madrid para presentar Igualdad para las Mujeres = Prosperidad para Todos (St. Martin’s Press, 2018), en un encuentro organizado por la comunidad bahá'í de Madrid. "Lo escribí junto a la novelista iraní Bahiyyih Nakhjavani", dice.

Pregunta. En el libro se establece un nexo entre igualdad y pobreza y lo relaciona con el ámbito legislativo, ¿cómo convergen?

Respuesta. Una de las inspiraciones para este libro fue el Portal de datos de género que el Banco Mundial ha hecho en los últimos diez años. Es un listado de todas las restricciones y discriminaciones contra la mujer contenidas de forma específica en las legislaciones de 189 países, que engloba alrededor del 99% de la economía global, y demuestra de forma clara que las desigualdades tienen efectos adversos en la economía. Son muchas más de las que jamás imaginamos y están en multitud de instrumentos legales, como las Constituciones, las leyes laborales o los Códigos Civiles.

P. ¿También en España?

R. España es uno de los 18 países en los que no identificamos una discriminación en la ley, es parte de un grupo privilegiado que mayoritariamente está en la Unión Europea, con los índices de desigualdad económica más bajos del mundo.

P. En el resto, ¿puede decirse que esta inequidad está regulada por ley?

R. Sí, por eso es tan importante mencionarlo de forma explícita e intentar contribuir a empoderar a la sociedad civil para que haya presión sobre los políticos y eso vaya eliminándose, o al menos, si no, que se genere debate.

P. ¿Cuáles son estas restricciones y qué consecuencias tienen?

R. Hay todavía países en los que las mujeres son catalogadas como ciudadanas de segunda, necesitan permisos para abrir cuentas bancarias o negocios, viajar o simplemente salir a la calle, se quedan cuidando a la familia… Esto lleva a tasas más bajas de escolarización, lo que deprime la calidad futura del capital humano, se reduce la tasa de participación de la mujer en el mercado laboral y desincentiva el emprendimiento. Todo eso suma y acrecienta la desigualdad económica. En Naciones Unidas, por ejemplo, solo hay nueve jefas de Gobierno [de 193 países]. Los directores de bancos y organizaciones mundiales son hombres. Cuando hay que tomar decisiones, la voz de las mujeres no está, por lo general.

P. ¿Y en el ámbito privado?

R. Toda la evidencia va también en ese sentido. Cuando la mujer se educa, trabaja y contribuye al ingreso de la familia, hay una nueva distribución de poder dentro de la famiia y un cambio en el reparto del gasto: hay más en educación y salud, más ahorro y un mayor fortalecimiento del capital humano. Si hay más eficiencia en los hogares, la hay también en el entorno, en la sociedad.

P. Por cómo lo ha explicado, la educación es el punto inicial en este desequilibrio.

R. Hay 800 millones de personas viviendo con menos de 1,7 euros al día y 760 millones sin alfabetizar, de las que alrededor de dos tercios son mujeres. Ellas se enfrentan a mayores dificultades para salir de ahí y la educación es la herramienta básica para desarrollarse en esta globalización. Una buena educación conlleva también un descenso en las tasas de fertilidad, porque se tiene más conocimiento sobre salud reproductiva y planificación familiar. Esto reduce la mortalidad infantil en los países en vías de desarrollo, abre el camino a las futuras generaciones y crecen las oportunidades laborales para las mujeres. Eso repercute de forma positiva en la economía de los países y en la renta per cápita.

P. Para esto hacen falta políticas públicas.

R. Los países tienen que repensar mucho cómo gastan sus recursos y cuáles son sus prioridades. Según datos del FMI, se gastan 5,2 billones de dólares anuales en subsidios a la energía [4.642 millones de euros]. Esto no solo contribuye a acelerar el cambio climático, empeora la desigualdad: resta recursos para políticas sociales y el 60% de los beneficios de estas subvenciones van a parar al 20% más rico de la población.

P. También apunta en el libro al gasto público en defensa.

R. Al dispendio anterior podemos añadir el gasto en defensa de los 193 países miembros de la ONU, sí. Presupuestos militares sobredimensionados que el FMI, diplomáticamente, llama gastos no productivos. Una pérdida total de recursos.

P. Una previsión de conflicto que, dice, sucede con más frecuencia en aquellos países con más desequilibrio.

R. Las democracias con más desigualdad económica son mas inestables, hay más probabilidad de que se rompa esa democracia, por ejemplo con golpes militares. Ha quedado ampliamente demostrado que la discriminación contra la mujer también tiene implicaciones para la seguridad, su ausencia ha hecho que paguemos un alto precio en términos de guerras y conflictos.

P. ¿El presupuesto es entonces una herramienta política clave?

R. Es el mejor instrumento de los países para redistribuir la riqueza y conseguir la igualdad y ahí también faltan mujeres, en la toma de decisiones sobre el gasto público. La gestión de la desigualdad está generando muchos ciudadanos descontentos, sienten que sus gobiernos los están dejando atrás. Así surge el populismo y la extrema derecha. Si seguimos ignorando a toda esa población que cree que sus representantes no defienden sus intereses, el problema de la ultraderecha empeorará. Si tuviésemos un sistema equitativo, con políticas públicas e igualitarias que empoderaran a la mujer, tal vez no habría resentimiento en todos esos segmentos de la población que se ven desprotegidos por el sistema y no serían tan vulnerables a la demagogia.

La misma tarde de aquella entrevista, López-Claros envía un email con una frase: "Mientras se impida a las mujeres alcanzar sus mas elevadas posibilidades, los hombres serán incapaces de lograr la grandeza que podría ser suya". Apunta que fue pronunciada en París, en 1912, por Abdu'l Baha, el hijo mayor del fundador del bahaísmo. "Esta frase fue la otra parte de la inspiración para el libro", dice. "Me gustaría que quedara claro que la igualdad no es solo positiva para las mujeres, para la economía de los países o para las finanzas mundiales. Lo es también para los hombres, porque la discriminación afecta a aquellas que la sufren, pero también a los que la ejercen". 

Por qué las cuotas sí funcionan

El debate sobre las cuotas de género sigue despertando intermitentemente tanto en el ámbito público como en el privado, sin embargo, el economista Augusto López-Claros alega que la discusión debería estar más que cerrada. "Y no solo porque produce modelos de referencia para las generaciones más jóvenes, sino por la evidencia empírica sobre un mejor rendimiento económico". Explica que aquellos países que han empoderado a la mujer a través de cuotas tanto en la política como en la economía, en lugar de esperar 200 años a que esto suceda de forma natural, tienen las tasas de igualdad más altas. Se refiere a los países escandinavos y, de forma específica, a la historia de Noruega, que lideró la introducción de cuotas en las direcciones de las empresas. Fue en 2003, cuando se aprobó una ley de cuotas que imponía (e impone) sanciones a las compañías que no alcanzaran un porcentaje del 40% en los órganos de decisión.

Cuenta que al principio, más allá del revuelo y la crítica, no existía una gran bolsa de profesionales femeninas en los ámbitos en los que quiso imponerse esta medida. "Pero no por eso dejaron de lado la idea, esto provocó que surgiera un instituto de capacitación que se dedicara a educar a esas profesionales. En un corto periodo de tiempo pudo llevarse a cabo". Una vez que se analizaron resultados, se percibió más rentabilidad y menos corrupción, fraude y conflictos. "Esto ocurre en cualquier sitio que ha incorporado las cuotas". Y hace referencia a un estudio publicado en 2015 en Reino Unido: "Demostró que las empresas que tenían más mujeres en altos cargos, tendían a tener menos escándalos por corrupción y fraude".

Puedes leer aquí el reportaje Noruega lija su techo de cristal, sobre cómo el país impuso la ley de cuotas y qué sucedió en los siguientes años.

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