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La crisis de 2008 redujo la mortalidad en Europa

La menor actividad económica supone menos tráfico, contaminación y consumo de tabaco y alcohol

crisis 2008
El puerto de Algeciras sin actividad durante una huelga en 2017.

Los efectos a corto y medio plazo de la crisis en la salud pueden parecer contradictorios, sobre todo si solo se mide la mortalidad. Por ejemplo, un último estudio de la recesión que empezó en 2008 la relaciona con un descenso de la tasa de defunciones en Europa. El trabajo, que se publica hoy en Nature Communications, lo ha dirigido Joan Ballester, de ISGlobal, centro impulsado por La Caixa, y analiza los datos de mortalidad entre 2000 y 2010, un periodo en que de forma generalizada la tasa en Europa bajó.

Aunque hay unanimidad en que unas peores condiciones económicas se asocian con unos peores datos de salud, Joan Ramon Villalbí, de la Agencia de Salud Pública de Barcelona, advierte de que eso es a medio y largo plazo. Con la reciente crisis "no sabemos qué pasará en 10 años”, dice. Pero sí que confirma que en otras situaciones de empeoramiento económico se ha visto que la recesión tiene un primer efecto de reducir la mortalidad. La causa, explica Villalbí, es que se reducen los desplazamientos y hay más paro juvenil, por lo que los jóvenes no tienen dinero para comprarse motos o coches y hay menos accidentes de tráfico. También, al haber menos dinero, se reduce el consumo de alcohol y tabaco. Y el desempleo se centra en la construcción, que es el sector laboral que sufre más siniestros, y en general hay menos accidentes laborales.

A estos factores, Ballester añade el descenso de la contaminación al caer la actividad industrial y el transporte de mercancías. Y también que, al aumentar el desempleo, disminuyen la obesidad y el sedentarismo. "Si tienes un trabajo muy absorbente, no tienes tiempo para hacer ejercicio y comes cualquier cosa", pone como ejemplo. Si se está desocupado, hay más probabilidades de ir al gimnasio y de preparase la comida en casa, por ejemplo.

Laura Vallejo-Torres, presidenta de la Asociación de Economía de la Salud (AES), coincide en la valoración de los resultados del trabajo. "No es un hallazgo aislado observar que la mortalidad disminuye en épocas de recesión económica", dice, y también comparte los motivos de este comportamiento: "El descenso en la mortalidad por accidentes de tráfico y por enfermedades cardiovasculares" y que "en periodos con altas tasas de desempleo las personas mejoran sus hábitos de vida –reducen el consumo de tabaco y el exceso de peso y realizan más ejercicio físico– y también reducen el uso del transporte privado".

El primer firmante del trabajo destaca que la relación entre un descenso del PIB (el indicador que mide la extensión de la recesión) y la caída de la mortalidad ajustada al envejecimiento es tan claro que en los países en que la recesión se sintió con más intensidad, los fallecimientos también disminuyeron más. En España, por ejemplo, esa tasa estaba bajando al 2% interanual, pero pasó al 3% a partir de 2008, recoge el trabajo. "El efecto es prácticamente inmediato", afirma Ballester. "Esto es general a toda Europa, aunque algún país refleje peor esa relación, como Reino Unido y Holanda", dice. De hecho, incluso en los datos españoles tomados en bruto (número de fallecidos y tasa por 100.000 habitantes), la tendencia es la misma: baja hasta 2010. 

Aunque el trabajo solo llega hasta ese año, el investigador ha hecho un rápido cálculo sobre los datos de los años posteriores, en los que la crisis empezó a superarse. Y la relación se confirma, pero al revés. Según empieza a subir el PIB, el descenso de la mortalidad se frena e incluso se producen algunos aumentos, de acuerdo con esta somera proyección.

Respecto a las posibles secuelas de la crisis, la presidenta de la AES dice que "pese a que la mortalidad puede haber disminuido en el corto plazo, los resultados en el largo plazo los desconocemos". "Muchos estudios anteriores y los relativos a esta crisis económica no abarcan el periodo de tiempo necesario para poder observar los efectos que se derivarán de las repercusiones sociales de la crisis, tales como el aumento de las tasas de pobreza y de riesgo de exclusión social. Además, una reducción en mortalidad puede ir acompañada de un aumento en desigualdades socioeconómicas, y no es, por supuesto, incompatible con un empeoramiento para determinados sectores más vulnerables de la población. Un ejemplo de esto último es la población inmigrante en situación irregular, que sufrió un aumento en su tasa de mortalidad de un 15% debido a las medidas implantadas durante la recesión económica, que incluían la retirada de la tarjeta sanitaria de este colectivo".

Esa última medida se decidió en 2012, fuera ya del periodo que abarca el trabajo, pero su principal autor opina que en la mortalidad general tuvo muy poco impacto porque "los inmigrantes no son tantos y son, en su mayoría, jóvenes".

La excepción a esta relación entre las variaciones del PIB y la mortalidad parecen ser las defunciones por suicidio. "Las personas con una depresión o que no están bien pueden reaccionar peor" ante la crisis, expone Ballester, aunque su equipo no ha entrado en detalle en este capítulo y habla por referencia a lo que se ha publicado sobre otras situaciones similares. En España, por ejemplo, representan el 0,1% de los fallecimientos anuales, una proporción que apenas varía desde hace una década.

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