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Turquía enfrenta a los camellos

Los combates de estos rumiantes se extienden por el país tras haber sido casi erradicados

Un combate el pasado 19 de enero en el festival de Selcuk.
Un combate el pasado 19 de enero en el festival de Selcuk. Reuters

La pose de Samanyolu parece transmitir orgullo. El cuerpo estirado, la cabeza erguida, su ropaje rojo y brillante mientras le llueven los flases y una pequeña multitud de aficionados le aplaude. Samanyolu, cuyo nombre se traduce al español como Vía Láctea, acaba de ganar el Concurso de Belleza de Camellos de Selcuk, un pueblo cercano a la costa del mar Egeo, en el oeste de Turquía. Casi completamente cubierto por mantos, velos y pañuelos, de los que penden borlas y pequeñas campanas y en los que destacan la media luna y la estrella de la bandera turca, Samanyolu llama ciertamente la atención sobre los demás. “Ha ganado gracias a sus ropajes y gracias, luego, a su aspecto físico”, explica Ahmet Sarsilmaz, de 50 años, uno de los cuatro jueces del certamen. El ganador mantiene las patas traseras extendidas y separadas. “Con esa postura muestra su fortaleza, igual que cuando luchan”, explica.

El centro histórico de Selcuk, en el que aún se alzan ruinas de la época bizantina, está tomado por turistas y curiosos que se hacen fotos junto a estos rumiantes que posan llenos de adornos. Un olor penetrante a animal preside la escena, y al también contribuyen los puestos que venden y asan carne de camello en la plaza. Es el cuarto año en el que el concurso de belleza se incluye en el Festival de Lucha Libre de Camellos de Selcuk, que el pasado fin de semana celebró su 32ª edición y atrajo a unas 20.000 personas, según estimaciones de la organización. El día siguiente, la acción se traslada a las afueras, a una explanada rodeada de colinas, cerca del mar y de las ruinas de la antigua Éfeso. Un total de 130 camellos participan en 65 peleas por parejas, que tienen lugar en una especie de ruedo de arena cercado por vallas.

Pelea de camellos grabada en Selçuk (Turquía).

La expectación es máxima y los miles de espectadores rompen en vítores cuando finalmente dos camellos, con los hocicos rezumando espuma debido a la tensión y cubiertos con coloridos ropajes, se enzarzan en la primera pelea. Sus cuidadores los conducen frente a frente a hasta que uno de los camellos ataca al otro y normalmente lo embiste lateralmente, usando su cuello como arma. Los animales tratan de inclinar la cabeza del otro y mantenerla en el suelo empujando con el propio cuello, a veces incluso saltando y dejando caer su peso sobre la testa de su rival. En otras ocasiones, un camello intenta hacer tropezar al otro metiendo el cuello entre las piernas de su contrincante. Un camello pierde si cae al suelo, si sale huyendo o si los jueces lo declaran derrotado debido a sus gritos. Las peleas no suelen durar más de 5 minutos y ocurre que la mayoría acaban en empate, también porque hay veces que los jueces las detienen si se vuelven muy violentas.

El narrador las describe con emoción y el público, en su mayoría masculino, aplaude, silba y anima a los contendientes en sus arrebatos de violencia. De nuevo el olor de los camellos se mezcla con el de la carne asada. La música tradicional y puestos que venden casi de todo, desde comida hasta cacharros para el hogar, contribuyen al ambiente festivo.

El festival de Selcuk es el mayor y más importante de todos los que se organizan en la región cada año, entre diciembre y marzo. Nadie conoce con seguridad el origen de la lucha de camellos, y aunque las primeras referencias documentales son de la segunda mitad del siglo XIX, hay quien los data en hace más de 2.000 años. Se cree que fueron los pueblos nómadas del Asia Menor quienes, tras ver a camellos machos luchar ocasionalmente durante las paradas en sus caravanas, comenzaron a organizar estas peleas.

“Para nosotros, la lucha de camellos es importante porque se trata de un acontecimiento cultural”, explica Ferru Hazar, de 40 años. Hazar y su grupo de amigos, del cercano pueblo de Cine, están sentados en primera fila y tienen una mesa con carne, pan y bebida. “Cada temporada vamos a unos 13 o 14 festivales”, continúa. “Comemos, bebemos raki (un fuerte licor anisado) y luego volvemos a nuestras casas”.

A Mustafá Kemal Ataturk y a los demás fundadores de la actual República Turca en 1923 no les gustaban las peleas de camellos, que en su opinión daban una imagen retrógrada y anticuada de Turquía. Sin el apoyo del nuevo Estado, la tradición quedó relegada a mero localismo, hasta que en 1983 Selcuk organizó su primer festival, que en los últimos años ha ido ganando notoriedad y ha empezado a atraer también a turistas extranjeros. Hoy, un retrato de Ataturk y su mirada severa, omnipresente en Turquía, preside también la escena en el ruedo de Selcuk. “Hemos venido a ver cómo los camellos intentan rodear la cabeza del otro y cómo se empujan”, comenta Jordan Rhea, un estadounidense de 31 años que enseña inglés en Esmirna. “Es fascinante, no puedes ver esto en Virginia”.

'Samanyolu', el camello ganador del concurso de belleza.
'Samanyolu', el camello ganador del concurso de belleza.

La transformación en atracción turística supone al mismo tiempo un riesgo y una oportunidad. “El tiempo de lucha en sí ya es meramente simbólico, y casi todas acaban en empate, lo que no gusta a los fans”, analiza Vedat Caliskan, profesor de Geografía en la Universidad de Canakkale. Este académico, que ha publicado dos estudios sobre el fenómeno, asiste cada año y concluye que “el mayor peligro al que se enfrenta el festival es la pérdida de autenticidad de sus elementos materiales y morales”. La celebración corre a cargo de las arcas públicas locales. Por su participación, la organización paga al dueño del camello 500 liras turcas (unos 160 euros), que pueden ser más según la experiencia y fama del animal. El vencedor solo recibe una alfombra de poco valor.

Si la tradición sigue viva es también gracias al deseo de hombres adinerados de poseer un ejemplar. Los ingresos no cubren ni de lejos su coste, cuenta Serdar Sumer. Este hombre de negocios de 58 años asegura que pagó en 1996 unos 12.000 euros por dos ejemplares, y calcula que mantener a cada animal le costaba unos 7.500 euros al año. Sumer dice que, con suerte, podía llegar a recuperar la mitad de ese dinero participando en varios festivales cada año.

Esta raza de luchadores se consigue, sobre todo en Irán y Afganistán, cruzando un camello macho (dos jorobas) con un dromedario hembra (una joroba). El resultado es un animal de una sola joroba y de mayor tamaño y fuerza que sus progenitores. Pero no es fácil que dos camellos, generalmente pacíficos, se enzarcen en una contienda. Solo es posible durante los meses de invierno, cuando las hembras entran en celo y algunos machos se pelean por ellas. En el ruedo de Selcuk, muchos camellos necesitan, además, que los empujen o azucen con palos para iniciar o continuar las embestidas. En ocasiones, los propios cuidadores parecen más excitados que los rumiantes y hay varios amagos de peleas entre las personas.

Este espectáculo sigue dividiendo a la población turca. “Consideramos cruelcualquier clase de entretenimiento con animales”, dice Burak Ozguner, de la Asociación Libertad para la Tierra, que pide su “prohibición inmediata”. Los aficionados responden que se trata de una práctica profesionalizada y controlada para que los camellos no sufran daños. Miembros de la organización siguen cada enfrentamiento para separarlos si alguno de los animales actúa de forma demasiado violenta.

Cuando se celebran las últimas peleas, muchos espectadores ya se han marchado. Los que quedan siguen sentados alrededor de vasos de raki y botellas de cerveza. Cantan canciones tradicionales, se abrazan y prestan poca atención a los camellos, que son conducidos fuera del recinto por sus cuidadores ya con sus ropajes de colores cubiertos por lonas de plástico.