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“Los pingüinos son muy igualitarios”

La primera directora de una base antártica regresa para el documental 'Los recuerdos del hielo'

Josefina Castellví, con un pingüino recién incorporado a su colección, retratada en su domicilio en Barcelona.
Josefina Castellví, con un pingüino recién incorporado a su colección, retratada en su domicilio en Barcelona.

Pregunta.Colecciona pingüinos

 Respuesta. Figuritas. En esa vitrina. Habrá dos centenares. Empezaron como regalos. Los de verdad me gustan mucho. Cerca de nuestra base en la Antártida estaba la pingüinera de la Caleta. Los domingos iba a verlos, me sentaba cerca de sus nidos. Solo con mirarlos te diviertes. Se roban las piedras que usan como base para preservar los huevos de la humedad. Tienen calles de dirección única, y guarderías. Componen una sociedad muy igualitaria. Machos y hembras empollan.

P. ¿Es usted de Shackleton o de Scott?

R. Más de Shackleton.

P. Lo hubiera jurado.

R. La suya es una historia increíble. Se fue para dos meses a la Antártida y estuvo dos años, afrontando adversidades terribles. Nunca permitió que decayera el ánimo en su expedición. Lo hizo maravillosamente bien. Su tenacidad frente a todo… No descansó hasta salvar hasta al último de sus hombres. ¡Es que volvieron todos! Scott… es diferente.

Perfil

Josefina Castellví (Barcelona, 1935) fue la primera mujer directora de una base antártica, la de España en isla Livingston, de 1989 a 1993. Veinte años después regresó para el documental Los recuerdos del hielo, de Albert Solé. ¿Qué rememora de allí cuando cierra los ojos? “El sonido. Y el compañerismo, la Navidad, Reyes…”. ¿Llegan los Reyes a la Antártida? “Llegan, aunque es difícil que traigan grandes cosas”.

P. ¿Influyeron sus lecturas en que fuera a la Antártida?

R. No, no tuvo nada que ver. Ni lecturas ni aficiones. La persona inspiradora de nuestra presencia allí, Antoni Ballester, enfermó y me llamaron a mí; me dejé arrastrar. Entonces me metí en alma y cuerpo a gestionar nuestro equipo.

P. La Antártida era un continente de hombres, rudos y épicos.

R. Hay mujeres, pero no muchas. Entonces éramos 11 hombres y yo. Siempre me preguntan si eso supuso problemas: ni uno.

P. ¿Aporta algo la mirada de la mujer a la Antártida?

R. Creo que suma algo diferente. Que la casa sea una casa. En general las bases están regidas por hombres y a menudo por el ejército. Las bases parecen naves industriales, no tienen ninguna calidez. Una mujer tiene más en cuenta eso. Lo importante son los proyectos, claro, pero hay que vivir allí y si estás cómodo trabajas mejor.

P. ¿A qué huele la Antártida?

R. Hay olores característicos, en las pingüineras, por ejemplo. Huelen como gallineros. Pero para mí la Antártida tiene sobre todo sonido. Es el sonido del hielo. Al resquebrajarse. No estamos acostumbrados a escucharlo, excepto el de los cubitos de la nevera. Pero allí es un estruendo. Se confunde con un trueno. También está el de los pequeños trozos flotantes que entrechocan. Un sonido especial. Si navegas en zodiac y paras el motor, como solía hacer, lo percibes. Es también el del reventar de las burbujas de aire que hay dentro del hielo, pequeños petardeos. En conjunto, una música inolvidable.

P. ¿Habría cambiado algo de las exploraciones clásicas, las de Scott, Amundsen, de haber incluido alguna mujer?

R. Algo habrían aportado. No sé si soluciones a los problemas. Esencialmente habrían sido una persona más.

P. ¿Le sugieren algo las fotos de Nansen desnudo?

R. No las he visto.

P. Pues no sabe lo que se pierde.

R. Para mí Nansen es otra cosa. Usamos botellas Nansen, ideadas por él, para muestras. Fue un gran científico además de un enorme explorador polar. Lo valoro muchísimo.

P. ¿Cuánto frío podemos aguantar?

R. No lo sé. Hay límites ligados a la forma de ir vestido. No me gusta que me llamen pionera precisamente por eso: yo ya he ido a la Antártida vestida de goretex y con botas buenas. He pasado frío, claro, pero cuando ves la indumentaria de los verdaderos pioneros, de piel de foca girada… Pasaban un frío de campeonato. Y tenían que matar animales. Yo no he comido foca y pingüino como ellos. Ellos son los que sufrieron la entrada del hombre en la Antártida. Todos padecieron congelaciones, les faltaban dedos o tenían la nariz necrosada. Eso yo no lo he pasado. Volvemos con todo.

P. El frío…

R. El límite es relativo y está ligado al viento. Yo he llegado a estar a 40 grados bajo cero, con anticiclón, sol y sin viento. No diré que no hiciera frío pero no es lo mismo que estar a -2 con 60 nudos de viento. La temperatura de supervivencia está ligada al viento.

P. ¿Influye el factor psicológico en la Antártida?

R. ¡Y tanto! En todo. Hay compañeros que no han querido volver. Impresionados por la soledad, el silencio, la incomunicación. En cambio, hay otros, entre los que me cuento, locos por la Antártida. Para mí regresar a la Antártida ha sido como volver a casa. Es como mi casa.