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Tanto Bolonia para esto

El sueño del espacio europeo de universidades para competir con EE UU y Asia se atasca

En países como España, los recortes presupuestarios hacen el cambio inviable

Protesta estudiantil contra el proceso de Bolonia en febrero de 2009 en la Universidad de Barcelona.
Protesta estudiantil contra el proceso de Bolonia en febrero de 2009 en la Universidad de Barcelona.

¿Se acuerdan de Bolonia? La ciudad italiana no, sino la reforma de las universidades europeas que debía traer consigo todo tipo de parabienes, aumentando la movilidad de estudiantes y profesores, mejorando la formación de los titulados y sus posibilidades de encontrar trabajo. La misma que hizo tambalear los campus de varios países del continente (incluidos los españoles) por las protestas estudiantiles entre los años 2008 y 2009: se quejaban porque iba a “mercantilizar” las universidades. ¿Se acuerdan? ¿Tienen idea de qué fue de todo aquello?

Según los especialistas del continente consultados al respecto, el balance es que, en la parte formal, los objetivos están conseguidos o muy cerca de alcanzarse (los sistemas ahora se parecen bastante, divididos como en los campus anglosajones en grados de tres o cuatro años, másteres de uno o dos y doctorados), pero con el resto aún se está muy lejos. En países como España, además, los recortes presupuestarios convierten en papel mojado ideas como la de modernizar la forma de dar clase.

“En cuanto a los objetivos más cualitativos, como los procesos de garantía de la calidad, la empleabilidad o la movilidad (la meta es que el 20% de los alumnos estudien en algún momento fuera de su país y estamos por debajo del 10%) todavía los progresos son muy pequeños”, dice el profesor de la Universidad de Ámsterdam Hans de Wit. El especialista es, no obstante, optimista: “Se ha creado una nueva mentalidad y un nuevo marco general común que es muy importante, aunque ahora hay que pasar de un enfoque más cuantitativo a uno más cualitativo, mirando los resultados y el impacto para la siguiente fase”.

Los progresos en cuanto a movilidad de estudiantes son muy escasos

Pero no todos los especialistas son tan positivos, pues para algunos el verdadero problema es el propio cambio formal: “El problema más importante es la obligación de que las universidades introduzcan el crédito ECTS [todas las titulaciones europeas deben utilizar esta medida que tiene en cuenta el tiempo de clase, de seminarios e incluso el trabajo del alumnos por su cuenta], el sueño de calcular por adelantado cada hora que va a dedicar el alumno que está provocando una auténtica pesadilla burocrática”, señala por correo electrónico el académico alemán Stefan Kühl.

De hecho, en la encuesta realizada hace un año por este periódico a los responsables de 28 campus públicos españoles, la sensación general era la del ahogo burocrático. “La excesiva burocratización del proceso nos ha hecho perder mucho tiempo y ha desgastado inútilmente al sector más comprometido de la universidad”, señalaba Encarnación Sarriá, vicerrectora de la UNED.

Mas la burocratización era el segundo gran obstáculo señalado por las universidades, pues el primero eran los recortes presupuestarios. Unos tijeretazos que no han hecho más que crecer a medida que se agravaba una crisis económica que parece no tener fin. Así, el objetivo de mejorar la forma de dar clases en la universidad parece hoy imposible. La idea central era la de dejar atrás las clases magistrales a muchos alumnos para sustituirlas por una enseñanza más activa para el alumno, más tutorías, seminarios o trabajos en grupo, lo cual requiere, claro está, grupos más reducidos y una buena cantidad de docentes.

Algunos expertos se quejan de la “burocratización” de los campus

Muy al contrario, entre los recortes educativos decretados por el Gobierno central el pasado mes de abril está la reducción de docentes (aumentando las horas de clase de los profesores que no acrediten cierto grado de investigación) y la reorganización de las titulaciones para eliminar las que no tengan suficiente demanda. Esto cerrará las carreras con pocos alumnos, pero también puede acabar con las iniciativas de algunas universidades de ofrecer pocas plazas en algunas titulaciones, precisamente, para poder hacer el cambio metodológico que impulsa Bolonia. Por ejemplo, el curso pasado la Universidad Politécnica ofreció 35 plazas para la doble titulación de Matemáticas e Informática, o el grado de Ciencia y Tecnología de los Alimentos en la universidad de Vigo ofertó 30 plazas. El Gobierno ha planteado eliminar las carreras con menos de 50 alumnos nuevos al año.

“El avance hacia un aprendizaje centrado en el alumno cuesta dinero (clases más pequeñas, desarrollo de los resultados de aprendizaje, apoyo al estudiante, etcétera). Si esta financiación no está disponible, es ciertamente cuestionable que las reformas de Bolonia salgan adelante”, explica la secretaria general de la Asociación Europea de Universidades (EUA, en sus siglas inglesas), Lesley Wilson. El especialista defiende los importantes avances del proceso de Bolonia (controles de calidad, mejora de los contenidos...), pero admite que aún es necesario apretar el paso. Y recuerda que no todos los países han reducido los presupuestos para universidades en los últimos años. De hecho, Francia y Alemania los han aumentado.

“El Espacio Europeo de Educación Superior es en la actualidad como un boxeador que ha apoyado una rodilla en tierra, se halla en un mal momento, pero no está todavía KO. Los que creemos y soñamos en los valores educativos aún debemos seguir confiando en los beneficios de la revitalización del proceso Bolonia”, dice el profesor de la Politécnica de Madrid y responsable de la Cátedra UNESCO de Políticas Universitarias, Francisco Michavila, con un atisbo de esperanza a pesar del panorama: “Parece que ha sido una eternidad el lapso de los cuatro años transcurridos desde el fiasco de Lehman Brothers. A veces, tengo la sensación de que hablar ahora de Bolonia es hablar de algo ya obsoleto. Y esto no es así, no puede ser así. El proceso de Bolonia contenía muy buenas ideas, cuya puesta en práctica apenas se ha iniciado”. Y continúa: “Bolonia no era un punto de llegada. Era mucho más. Quedan por hacer reformas estructurales, que superen la tradicional organización de departamentos, facultades y escuelas, con la incorporación de centros específicos de posgrado de tipo interdisciplinario y vinculados a investigación puntera, por ejemplo. Queda reformar los sistemas de gobierno, con mayor agilidad en la toma de decisiones y menos amateurismo en los dirigentes. Quedan por establecer mecanismos que faciliten las alianzas. Los programas de puesta en funcionamiento de los campus de excelencia en España son buenos ejemplos de cómo dar pasos hacia un tiempo mejor...”.

“Hay muy buenas ideas que aún no han arrancado”, dice un especialista

En la última década, en el nombre de Bolonia, muchos Gobiernos europeos han ido encajando sus propias agendas políticas, que en muchos casos incluían aumentar el precio de las matrículas; esa fue una de espitas que activó las protestas estudiantiles. Ahora, en el actual contexto de crisis, esa tendencia no ha hecho más que aumentar. En Inglaterra, el precio de las matrículas ha subido en poco tiempo de las 6.000 a 9.000 libras anuales (de unos 7.600 a 11.450 euros), que adelanta el Gobierno y se convierte en deudas futuras para los alumnos. En Irlanda, que en 2007 costaba 825 euros, ahora cuesta 2.000. Y en España, aunque algunas comunidades se han resistido, en otras ha subido la matricula del curso que viene hasta 600 euros sobre una media de 1.000.

Mientras, en la última reunión de ministros sobre el proceso de Bolonia, celebrada en abril en Bucarest, se seguía insistiendo, no solo en la movilidad, la calidad, la empleabilidad y una enseñanza centrada en el alumno, sino también en la necesidad de seguir “aumentando el acceso” a la educación superior y de cuidar su “dimensión social”, es decir, que nadie se quede fuera de la Universidad por motivos económicos.

Títulos todavía no homologables

En 1999 se firmó la Declaración de Bolonia, un compromiso firmado por los responsables educativos de 47 Gobiernos; no es una directiva de la UE, de obligado cumplimiento. Pero, a pesar de las distintas velocidades de cambio, los detalles o universidades que se bajan del tren, como las grandes écoles francesas, los acuerdos se han ido haciendo realidad.

El primero, para hacer homologables los títulos en todos los países, es el esquema común basado en el modelo anglosajón, dividido en grados de tres o cuatro años (en España, son de cuatro y han sustituido a licenciaturas y diplomaturas), másteres de uno o dos años y doctorados. Ese era un primer paso, entre otras cosas, para el reconocimiento automático de los títulos, algo que no ha ocurrido ni parece que vaya a ocurrir en breve ni en el medio plazo.

De hecho, no ha sido hasta el pasado mes de abril, en la última reunión de ministros sobre el proceso de Bolonia, cuando se ha incluido explícitamente entre los objetivos. “Siempre ha estado implícito, pero, como el reconocimiento sigue siendo de hecho uno de los grandes obstáculos a la movilidad, es una gran noticia que se haya incluido entre las metas”, dice por correo electronico el estonio Allan Päll, responsable de la Asociación Europea de Estudiantes (ESU, en inglés). Pero advierte: “Aún queda mucho camino por recorrer, porque hoy Bolonia se ve aún como 47 piezas separadas de un puzle en vez de una imagen completa”.