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Atrapados en el trabajo

Uno de cada diez españoles realiza jornadas laborales excesivas

Los enganchados al puesto ponen su salud en juego

Javier Ramírez Llach estaba despachando a mediodía del pasado 26 de enero en su oficina cuando sufrió una angina de pecho. No tardó mucho en saber lo que le pasaba. Dos infartos a sus espaldas le habían otorgado experiencia suficiente para vislumbrar que su maltrecho corazón estaba a punto de darle otro disgusto. Salió pitando hacia el hospital Clínico San Carlos de Madrid, en cuya sala de urgencias padeció otra angina de pecho, y aceptó pasar el resto del día conectado a varias máquinas. Pero a las once de la noche consideró que aquello no daba más de sí. “¡Me largo!”, dijo en voz alta mientras arrancaba los tubos y cables que agujereaban su cuerpo. “¡Quédese quieto o llamamos a un juez!”, respondieron los médicos ante el arrebato. Su esposa y sus hijas gritaron: “¡Estás loco! ¡Piensa en nosotras!”. Apabullado ante el corrillo amenazante, Javier contraatacó: “¡Dejadme todos en paz! Exijo el alta voluntaria. Mañana tengo que hacer el cierre contable del mes”.

Nadie daba crédito en la sala. Javier atravesaba un momento crítico y para él era más importante una maldita tarea anotada en la agenda que su propia vida. Los cardiólogos accedieron a dejarle marchar bajo su propia responsabilidad y con la promesa de que volvería al día siguiente una vez finiquitado el dichoso cierre contable. También le repitieron lo que decenas de médicos, familiares y amigos llevan años aconsejándole: “¿Por qué no levantas el pie del acelerador?”.

“¿Parar? ¿para qué?”. Una estruendosa carcajada de Javier retumba en las paredes del restaurante italiano donde está a punto de calzarse una pizza de proporciones pantagruélicas tras una revisión en el Clínico San Carlos. Este madrileño de 57 años, voz de actor de doblaje, barba blanca y ojos azules como el océano tiene el aspecto de un titánico Hemingway castigado por la vida. Varios parches de nitroglicerina recetados por el cardiólogo asoman por el cuello de la camisa abierto. Afiladas arrugas surcan su rostro, cincelado a base de vivir mucho y dormir poco. Sobre todo, a base de currar sin tregua.

“Soy un adicto a mi trabajo. ¿parar? imposible. no miro el reloj, hago las cosas porque tengo que hacerlas”

–Confieso que soy un adicto a la actividad laboral. ¿Parar? Imposible. Yo no miro el reloj, hago las cosas porque tengo que hacerlas. Soy un puto vendedor de seguros. Pero me apasiona. No siendo el fin de mi vida el trabajo, estoy enganchado a él.

Aunque pocos se atrevan a reconocerlo, la confesión de Javier no constituye un caso aislado. Ni mucho menos. El psicólogo Wayne E. Oates ya acuñó el término workaholism en 1971 para referirse a su propia “adicción al trabajo”. Desde entonces hasta nuestros días han proliferado tratados y estudios sobre uno de los males más difíciles de detectar. Quienes lo padecen están encantados de conocerse y jamás admitirían tener una relación patológica con el oficio que desempeñan. Nos adentramos en un tenebroso mundo de despachos encendidos a media noche y currantes dejándose la piel. Tienen obsesión por el perfeccionismo. Son propensos a la inseguridad. A la excesiva exigencia. No benefician a sus empresas. Ni aumentan la productividad. Viven por y para el trabajo, un derecho constitucional en España que convierten en su propia prisión. Llegan los primeros. Se marchan los últimos. Se quedarían en la oficina para siempre. Fácilmente irritables, algunos acaban incapacitados para disfrutar de las relaciones personales y el tiempo libre. Más que padecer estrés, acaban presos del mismo. Hay perfiles más cercanos a la ultraexigencia y otros rayando el narcisismo más exacerbado. Se diferencian de un mero currante impenitente en el placer que obtienen con su laboriosidad compulsiva y en la incapacidad para desconectar.

“El dinero nunca duerme”, proclamaba el tiburón de las finanzas Gordon Gekko, elevado a paradigma del yuppy en las dos entregas de Wall Street dirigidas por el cineasta Oliver Stone. En la vida real podría decirse que el portugués Antonio Horta-Osório, conocido como el Mourinho de las finanzas, siguió esta consigna hasta sucumbir a la fatiga extrema. Lloyds Bank anunció en noviembre que su máximo ejecutivo debía parar por prescripción médica. “Agotamiento por exceso de trabajo”, decía el parte. Cercano a la cincuentena, Horta-Osório es un veterano del sector bancario. Sobre su perfil de tiburón contaban que era aficionado a las jornadas interminables e incluso dominicales. Llegó a padecer “graves problemas para poder dormir”, según reconoció en su primera entrevista tras confirmar su regreso a la City de Londres a principios de este año. “Desde el verano pasado, no podía dormir más de dos o tres horas diarias. Llegaba exhausto a la cama, pero era incapaz de desconectar”. También admitió que uno de sus grandes errores fue “querer estar en todo y no saber delegar”, hasta el punto de robar sistemáticamente sábados y domingos a la familia para cumplir con el banco. Una extenuante espiral que le llevó al borde del colapso.

Antes de seguir por esta fatigosa senda deberíamos resaltar el privilegio de los 17 millones de ocupados en España (de un total de más de 23 millones en edad y disposición de trabajar) ante el vendaval económico que nos sacude. El drama del paro ha alcanzado a cinco millones de personas, con una tasa de desempleo juvenil rayando el 50%. Pero, desde el otro extremo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha estimado en su informe El tiempo de trabajo en el siglo XXI, con fecha de octubre del año pasado, que uno de cada diez trabajadores españoles mantiene “horarios prolongados” por encima de las 48 horas semanales. A partir de esta cifra, determinante para la catalogación de jornadas “excesivas” que afronta un 22% de la fuerza del trabajo mundial (600 millones de personas), la OIT advierte sobre una serie de “riesgos para la seguridad y la salud, así como un mayor conflicto en la vida laboral y la familiar”, con un coste total de accidentes profesionales en la UE-15 por valor de 55.000 millones de euros al año. Entre esos riesgos, a partir del umbral de las 50 horas semanales empieza a gestarse la posibilidad de acabar enganchado a la silla de oficina. La insistencia de los médicos es clara: la relación patológica con el trabajo puede derivar en males psicológicos y físicos, como las enfermedades cardiacas. A pesar de todas estas advertencias, cada vez que alguien recomienda a Javier Ramírez Llach que levante el pie de su acelerada vida laboral, siempre responde lo mismo: “¿Parar? ¿Para qué?”. Y una atronadora carcajada vuelve a rubricar su negativa.

“Quienes podrían prevenir estas actitudes en las empresas son muchas veces adictos al trabajo”

El caso de Javier es cuando menos llamativo. Borja Ruiz Mateos, de 33 años y cardiólogo de la unidad coronaria del hospital Clínico San Carlos, lleva tratándole desde hace más de un lustro. También es el artífice de las dos operaciones en las que colocó sendos stents en sus venas coronaria y circunfleja. No teme por su vida, pero admite incredulidad ante su insólita actitud. “Lo de Javier es algo fuera de lo común. Mantiene una relación patológica de responsabilidad”. Durante muchos años, Javier tuvo una máxima: “Cuanto más grande sean el cargo de la tarjeta de visita y el coche de empresa, mejor”. Tercero de cinco hermanos de una familia bien de Madrid y educado en las elitistas aulas de los jesuitas y en el ICADE, encontró su primer empleo en un banco, donde arrancó un vertiginoso ascenso profesional. Conquistó la dirección de la segunda oficina de Bankinter en Madrid mientras veía nacer a sus hijas María y Belén. En 1990 también nació Francisco Javier, pero falleció pocos días después al no superar una crisis cardiaca. El padre vio agonizar al bebé sin poder hacer nada por salvarlo. Y toda su vida de triunfador se hizo añicos.

Encontró una vía de escape a la tristeza en la delegación de una empresa al norte de España a la que se dedicó en cuerpo y alma. Encadenó viajes y jornadas extenuantes durante varios años en los que también vio nacer a su tercera hija. Sufrió su primer infarto en 2001 mientras viajaba en coche desde Zaragoza hasta Madrid. Las dolencias cardiacas que había heredado de su padre comenzaron a dar la cara después de mucho tensar la cuerda. Pasó cinco días en la UVI y acto seguido volvió a la carretera. Pero un jefe de personal ya había decidido que Javier era un enfermo y tenía demasiada responsabilidad. No tardó mucho en encontrar otro puesto directivo en una empresa de seguros. A pesar de las numerosas vicisitudes médicas que padeció a partir de entonces, se jacta de no haber estado de baja ni un solo día de su vida. Jamás ha llegado a la oficina más tarde de las ocho de la mañana y normalmente regresa del trabajo a casa a las once o doce de la noche. Hace unos años cambió de empresa aseguradora para ejercer como director territorial en las dos Castillas, Madrid y Canarias. Siempre entre jornadas inacabables plagadas de viajes y comidas de empresa. Con tal de dormir junto a su esposa, María del Carmen, de quien se considera “enamorado hasta lo hortera”, sigue siendo capaz de levantarse a las dos de la mañana, recorrer en coche más de 600 kilómetros, pasar el día entre visitas y reuniones, y recorrer la misma distancia de vuelta hasta llegar al domicilio familiar en Villanueva del Pardillo (Madrid) a última hora de la noche. A la mañana siguiente, otra vez a las 6.25 en planta. No puede ni quiere parar.

Otro susto en la carretera le obligó a cambiar el trasiego de director territorial por una oficina en Tarragona de agente de seguros puro y duro que luego trasladó a Illescas (Toledo). Hoy cotiza como autónomo y asegura vivir de las comisiones. Se embolsa unos 60.000 euros al año, de los que descuenta ingentes gastos de viaje y facturas. Está permanentemente “de servicio”. El teléfono móvil y el netbook son una mera prolongación de sus manos. Se conecta incluso comiendo con la familia los fines de semana. Lo suyo, admite, más que una pasión, es obsesión. Sufrió un segundo infarto en 2006 y se sometió a otra intervención quirúrgica para estabilizar una obstrucción arterial. Cada vez que vuelve a ingresar en un hospital, pide sistemáticamente el alta voluntaria con tal de regresar cuanto antes a la oficina. Ni siquiera las dos anginas de pecho que padeció el pasado 26 de enero le han hecho replantearse su vida.

–Tengo aficiones, sí: dar por culo, cabrear a la gente para sacar lo mejor que llevan dentro, viajar, cocinar, navegar y escribir. Pero no puedo estar en casa sin hacer nada. Si hago balance, creo que he tenido una buena vida. Alégrate si la casco dentro de 10 minutos. Dejaré un bonito epitafio.

Ya lo advierte al otro lado del teléfono Francisco Alonso Fernández, catedrático emérito de Psiquiatría en la Universidad Complutense de Madrid: “Los adictos al trabajo son principalmente adictos al estrés”. Alonso Fernández ha teorizado al respecto en varias obras como Psicopatología del trabajo (Edikamed), ¿Por qué trabajamos? (Ediciones Díaz de Santos) y Las nuevas adicciones (Tea Ediciones), libro este último donde puede leerse: “Aunque la mayor parte de los estresados no son adictos al trabajo, en cambio sí ocurre al revés: todos los adictos al trabajo están estresados, hasta el punto de que el estrés ocupacional es como su objeto adictivo”. Pero el coqueteo con el estrés laboral no solo tiene consecuencias psicológicas. Sobre sus peligros concretos ha vuelto a alertar recientemente la Fundación Española del Corazón: por un lado, caer bajo sus garras aumenta el riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular; por otra parte, “los tiempos actuales de crisis económica” favorecen la aparición de dicho riesgo.

Consciente de estos peligros, el secretario general de la Sociedad Española de Cardiología, Julián Pérez-Villacastín, considera sin embargo relevante sentar una premisa: “El estrés es cofactor de riesgo cardiaco, pero no un factor en sí mismo. Otro asunto es el tipo de estrés que se tenga. ¿Nace de la ira, de la depresión, de la ansiedad…? Puedes ser un workaholic, pero si esta condición no va unida a fuertes cargas de adrenalina, depresión o ansiedad, no tiene por qué ser negativa. El peligro comienza cuando un jefe presiona en exceso y el trabajador padece ansiedad, piensa que no va a llegar, que no sirve… Pero ser workaholic no es malo por sí solo”. En este sentido, el catedrático de Psicología Clínica Enrique Echeburúa incide desde la Universidad del País Vasco recalcando la importancia de ser cauteloso con el término adicción “para no patologizar la vida cotidiana”. Autor del libro ¿Adicciones sin drogas? (editorial Desclée de Brouwer), Echeburúa prefiere no establecer un número de horas a partir de las cuales se corre el riesgo de mantener una relación patológica con el trabajo. “Hay quienes pueden echar muchas horas y no por ello están incapacitados para colgar la bata o abandonar la silla de la oficina. Pero preparar proyectos durante el tiempo libre después de jornadas extenuantes denota una relación anómala con la profesión. Cuando se desequilibra la balanza, puede ser o porque se está más solo que la una o porque esa dedicación obsesiva te ha aislado y no te realizas sin mantener ese rol”.

“No es una cuestión de genes. Todos corremos el riesgo si no tenemos factores protectores psicosociales"

No todos los que trabajan en exceso son, por tanto, adictos. A esta conclusión también llegó Mario del Líbano cuando defendió su tesis sobre la materia el año pasado en la Universidad Jaume I de Castellón. Durante su investigación, Del Líbano colaboró en un estudio con la Universidad de Utrecht (Holanda) para delimitar el perfil del workaholic a partir de datos obtenidos de 2.714 trabajadores (2.164 holandeses y 550 españoles). Los investigadores arrojaron diversos factores de influencia: presiones económicas, familiares o sociales; el miedo a perder el puesto; la competitividad; la necesidad de tener éxito; el miedo a jefes prepotentes y amenazantes; la carencia de afectos personales que se intentan suplir en la oficina… Para Del Líbano no cabe diferenciar perfiles entre hombres y mujeres. Ni por tramos de edad. También ha concluido que los afectados por este mal son perjudiciales para las empresas: “Aunque a corto plazo pueden producir por encima de la media, a medio-largo plazo, y debido al exceso de trabajo asumido, su rendimiento llega a estar muy por debajo de lo esperado”. Y precisamente en el ámbito corporativo, Del Líbano extrae una apreciación llamativa: “¿El problema para prevenir esta adicción en determinadas organizaciones? Quienes tienen el poder de liderar ese cambio son muchas veces adictos al trabajo”.

Nadie criticará abiertamente su actitud. Muchos aplaudirán su entrega. Son considerados como adictos respetables. “Están convencidos de que la vida sería mejor si todos actuaran como ellos”, insiste Rosa Sender desde su consulta en Barcelona. La doctora Sender escribió a finales de los noventa el libro El trabajo como adicción (Ediciones en Neurociencias), donde analizaba esta patología en torno a la figura del patrón A de conducta, visible en personas “con alto grado de impaciencia, hostilidad y actividad”. Para Sender, “no es concebible hablar de adicción al trabajo sin tener presente el concepto de patrón A de conducta”, y asegura que “los conceptos de urgencia y competitividad hostil sin duda no son nuevos para el hombre, pero sí lo son su glorificación y difusión en los últimos decenios de nuestra historia”.

Más contemporáneos aún han sido términos como conciliación familiar o racionalización de horarios, visibles en las agendas políticas de sociedades desarrolladas hasta el estallido de la Gran Recesión. Lejos de esas pretensiones, ahora cabe preguntarse si en un país como España, con una de las cotas más bajas de productividad de la UE según la OCDE e inmerso en la reforma laboral “extremadamente agresiva” aprobada por el Gobierno del Partido Popular que abre la puerta a despidos más fáciles y baratos, podrían proliferar estas actitudes laborales tóxicas ante el miedo a perder el puesto. El catedrático de Psicología Clínica Enrique Echeburúa cree más bien que esta época puede ser en todo caso caldo de cultivo de depresiones o ansiedades, más que de dependencia. “Para que esta opere, tiene que haber gratificación, algo más habitual entre empresarios, ejecutivos, políticos o artistas que entre albañiles. El reconocimiento aquí es muy importante”.

La mayor gratificación que Félix L. siempre pudo recibir fue ejercer como maître de restaurante en un hotel de Mallorca. Allí creía tenerlo todo. Un buen empleo. Un buen sueldo. El respeto de sus compañeros. La satisfacción de sus clientes. Con su esposa y con sus hijos, en cambio, no le iba nada bien. La causa de esos males estaba precisamente en su obsesión laboral. Pero Félix se miraba al espejo por las mañanas y veía reflejada la imagen del rey del mambo. Todo se desvaneció hace tres años. Despedido a los 54, inició una espantosa odisea que acabó llevándole hasta la clínica Capistrano de Mallorca, especializada en el tratamiento de adicciones. Cómo ingresó aquí es una historia que se remonta a mediados del siglo pasado en un pueblo de la provincia de León llamado Palanquinos.

El trabajo se convirtió pronto para Félix en el puntal de su vida. Tercero de cuatro hermanos nacidos de un modesto labrador y un ama de casa, se plantó en León con 16 años y dispuesto a deslomarse en lo que fuera. Aprendió varios oficios, hasta que tomó la decisión de desembarcar en Mallorca en 1973 para conquistar las temporadas turísticas de verano. Pronto encontró puesto de camarero en uno de los hoteles de la pujante zona de Magaluf y descubrió los encantos nocturnos de la isla balear. Las copas y las chavalas se le daban de vicio, pero le largaron por sus reiterados retrasos en la hora de entrada. Todo cambió al cruzar de acera y encontrar plaza en un hotel de cuatro estrellas por entonces muy rutilante.

Félix aprendió a lucir esmoquin y a lustrar los zapatos para su nuevo empleo como ayudante de camarero. A los dos meses le hicieron fijo. Las propinas que le dejaban los clientes bajo el plato de postre le incitaban a esmerarse. Lo tenía todo a los 20 años. Dinero fresco, buena planta, éxito con las mujeres –muchas de sus conquistas eran clientas del hotel– y un futuro prometedor. Finalmente alcanzó el puesto de maître del restaurante. Se convirtió en el amo de aquella sala espaciosa, rodeada de amplios ventanales con vistas al mar, donde acudían caballeros que debían respetar la etiqueta y damas casi siempre vestidas con tiros largos. Una de aquellas damas acabó convirtiéndose en su esposa. Pero la vida de casado no cambió sus hábitos. Estaba enganchado al hotel. Pasaba allí desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche, entre desayunos, almuerzos y cenas. Nunca llegaba antes de las once a casa. Todas sus energías estaban puestas en ser el maître ideal.

Apenas 30 kilómetros separaban el monótono domicilio conyugal de un pequeño mundo de glamour hecho a su medida. Su sueldo base rondaba las 100.000 pesetas y sacaba casi lo mismo en propinas. Cada semana tenía un día y medio libre. Casi no vio crecer a sus hijos. Sus días festivos casi nunca coincidían con los de la familia. La esposa de Félix acabó separándose de él. Sus problemas se agravaron a mediados de los noventa, cuando la dirección del hotel decidió cambiar el pomposo restaurante por un bufé libre. La empresa comenzó a considerarle como a un número. Al perder contacto con los clientes, las propinas menguaron. También desapareció el esmoquin. Y finalmente desapareció Félix. El 3 de marzo de 2009, el departamento de personal le comunicó que prescindía de sus servicios.

Durante varios días después de ser despedido, hizo algunas incursiones furtivas al que durante 36 años fue hotel de sus sueños. En la oscuridad de la noche, pegaba su prominente nariz a los ventanales del comedor y recordaba los días de vino y rosas. “Aquel lugar era mi joya. Me quitaron un tesoro: hacer algo que te gusta. Y mi sueldo era muy importante. Me invadió la tristeza. Busqué trabajo desesperadamente, pero no necesitaban a nadie. Mucho menos a nadie de mi edad. A finales de 2009 entré en depresión”.

Su mirada es hoy grisácea y triste como una tormenta de verano. Balbucea bajo una fuerte medicación antidepresiva. Una estampa que dista mucho de aquellas ínfulas de galán ataviado con esmoquin, zapatos y cabello lustrosos que conquistaba con ardor a las turistas de los años dorados de Mallorca. Félix es un hombre abatido que accede a conversar mal afeitado y con el cabello revuelto, vestido con pantalón de chándal, pulóver de color blanco y zapatillas de andar por casa. Camina desorientado por los pasillos de la clínica Capistrano. Llegó hasta aquí tras un penoso peregrinaje que comenzó al salir de un primer ingreso psiquiátrico por depresión. Buscó cobijo en su tierra natal, pero la depresión le persiguió. En abril del año pasado, regresó a Mallorca dispuesto a reconquistar la isla. Se alojó en la habitación 431 de un hotel de tres estrellas muy diferente a su paraíso perdido.

–Reservé habitación por tres días pensando que encontraría trabajo, pero no había nada. Me encajoné allí dentro. Cada vez comía menos. Llamé varias veces al 061. Estaba en las últimas. Pasé 15 días sin comer. Bajaba al bar por las mañanas y me subía dos botellas de agua. El resto del día lo pasaba en la cama. No quería descorrer las cortinas. Una vez abrí la ventana y estuve a punto de tirarme. Uno de mis hermanos me localizó y avisó a mi esposa de que estaba hecho polvo. Ella habló con el director del hotel y se presentó con uno de mis hijos para sacarme de allí.

El maître volvió a ver la luz el 11 de noviembre del año pasado. Ese día le rescataron de la habitación 431 y lo ingresaron en la clínica Capistrano. La mayoría de los clientes de este centro están aquí por problemas con el alcohol y otras drogas, pero también se tratan trastornos alimentarios y psiquiátricos, así como las llamadas “adicciones sin drogas”, basadas en relaciones patológicas con el sexo, el juego o el trabajo. “Félix ha sido un dependiente de su empleo sin ser consciente de ello, hasta que dejó de tenerlo y desarrolló un síndrome de abstinencia brutal”, argumenta el doctor José María Vázquez Roel, responsable de la clínica Capistrano y del seguimiento médico de Félix. “Padece una grave depresión a causa del síndrome de abstinencia por haber perdido su trabajo idealizado. La adicción es igual a dependencia más mentira. Implica llevar una doble vida. En su caso, la doble vida se repartía entre su relación patológica con el trabajo y su escasa o nula vida familiar”. Al salir del despacho del doctor Vázquez Roel sobrevuela una inquietante cuestión: ¿podría haberse evitado el desenlace de Félix? ¿El adicto nace o se hace?

Los factores psicobiológicos que influyen en este comportamiento constituyen el objeto de estudio del catedrático de Psicobiología Emilio Ambrosio en los laboratorios de la UNED. Para Ambrosio, el adicto más bien se hace: “En el fondo de la imposibilidad de controlar una actividad gratificante subyacen rasgos de la personalidad que determinan impulsividad. Pero no hay genes que promuevan la personalidad adictiva. Todos corremos el riesgo de desarrollarla si no tenemos factores protectores psicosociales”. Ambrosio esboza a partir del aterrador caso de Félix las consecuencias de la pérdida del objeto adictivo: “Una adicción activa el sistema de recompensa cerebral. Si falta dicha activación cerebral, hay un sentimiento de pérdida afectiva. Mucha gente ama su oficio, pero son capaces de parar, al contrario que un adicto. Cuando por razones que se le escapan la actividad cesa, se producen estados psicológicos ante la ausencia de actividad gratificante. La dependencia del trabajo activa los mismos procesos neuronales que los de cualquier otra, ya sea al juego, a las drogas o al sexo. Perderlo puede ser para él como si le quitaran la novia de la que está perdidamente enamorado. Todo lo demás deja de tener importancia”.

Lo que hoy tiene en ascuas a Félix es lo que le espera fuera de la clínica. “No sé qué hacer. Ni dónde ir. Igual no estoy en condiciones de trabajar. Pero lo echo de menos. Quiero volver a intentarlo”. El maître se despide tras varias horas de conversación. Todo está en calma. Salvo su mente. “Fíjate, hace solo tres años era el rey. Lo tenía todo. Pero ahora…”.

A una hora de vuelo desde Mallorca, el despertador de Javier Ramírez Llach volverá a sonar mañana a las 6.25 en el dormitorio de su vivienda en Villanueva del Pardillo. Javier se levantará como un resorte sin hacer caso a su maltrecho corazón. Seguirá hasta el final con su agitada vida de “puto vendedor de seguros”. Es inútil recomendarle que no se lo tome tan a pecho. No parará salvo caso de muerte.

Al borde del colapso

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha recabado estudios según los cuales “se descubrió una relación ligeramente positiva entre los horarios laborales prolongados (más de 48 horas semanales) y las tasas de mortalidad, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes no insulinodependiente, el riesgo de jubilación por incapacidad…”. Por no hablar del ‘burn-out’ (síndrome del quemado) y del karoshi’ o muerte por exceso de trabajo que arrasó a finales del siglo pasado con miles de japoneses.

Encantados de conocerse

Los expertos en adicciones coinciden en que uno de los principales problemas para detectar la relación patológica con el trabajo se debe a que quienes la padecen están encantados de conocerse y jamás admitirían tener un problema. No suelen pedir ayuda por sí mismos. Se diferencian de un mero currante impenitente en el placer que obtienen con su laboriosidad compulsiva y la absoluta incapacidad para desconectar.

Ilustres ‘adictos’ al trabajo

Tim Teeman descubrió en The Times a un George Clooney “workaholic y aterrorizado ante la posibilidad de ser irrelevante cuando se apague la fama”. Entre otros muchos, también fueron ilustres workaholics el expresidente de EE UU Richard Nixon, según el psiquiatra Francisco Alonso-Fernández, y el primer director del FBI, J. Edgar Hoover, como aprecia la doctora Rosa Sender tras ver su biopic en el cine.