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NO DEL TODO BLANCO
Opinión

Los oficios de los otros

“Casi todos los tenderos modernos parecen saber poco de lo que venden”

Plató S Moda

Lo que más pena me daría de abandonar mi barrio sería dejar de encontrarme con quienes regentan las tiendas de las que me abastezco. Que Alberto deje de ser mi carnicero, o Manolo mi frutero. Sentí que pertenecía a una comunidad que me sostenía cuando los dueños de estos locales empezaron a tratarme con familiaridad, a llamarme por mi nombre. Sucedió no mucho antes de que naciese mi hija. La llegada de una nueva generación terminó por consolidar estos vínculos.

Yo nací en los noventa. Crecí con un modelo de consumo que le confiaba al supermercado la mayor parte de las compras habituales. Para los que andamos en la treintena, no es tan obvia la decisión de visitar una frutería, o una carnicería: crecimos sabiendo que se podía comprar de todo sin necesidad de pasar por varias cajas registradoras y sin mediar palabra. Entrar a comprar en un comercio tradicional supone un esfuerzo: implica una interacción de la que cada vez huimos más. Nos sentimos más cómodos sin tener que justificar nuestras elecciones, recurrir a frases hechas, o recibir un consejo no solicitado. La tienda tradicional exige estar presente y responder: abandonarse a uno mismo durante un rato para sostener una conversación, aunque sea breve… y para muchos, eso ya es demasiado. En los últimos años, el retorno de ciertos modelos de negocio tradicionales —estéticamente reinventados, adaptados a la nueva sensibilidad urbana— han vuelto a poner el foco en el consumo de barrio. Otro modelo de tienda tradicional ha emergido con un envoltorio distinto: bonito, instagrameable, más consciente de sí mismo. Al lado de mi casa hay una tienda multiproducto, con frutas y verduras de huerta (todas con sello bio) que se ofertan junto a conservas, especias, latas de kombucha, chips de verduras, etc. Todos los packagings parecen diseñados para que, sin que nadie te lo intente vender, quieras comprarlo todo. Podría parecer una propuesta revisada —y más cara— de la frutería tradicional. Sin embargo, hay algo que se queda por el camino, cuya ausencia marca la diferencia sustancial entre este modelo con respecto al otro: el oficio. El conocimiento profundo del producto, la habilidad para orientar, la capacidad de interaccionar con el cliente. El oficio se ha esfumado. ¿Dónde está? Casi todos los tenderos modernos parecen saber poco sobre los productos que venden. Pero claro, hay un problema estructural. Muy pocos quieren ser carniceros, queseros o pescaderos. Queremos que existan, porque visitarlos de vez en cuando nos hace sentir mejor; más arraigados, alineados con valores que deseamos que nos representen. Pero seguimos analizando su papel desde la otredad, algo de lo que otros se encargan para que nosotros podamos seguir consumiendo con buena conciencia. “La confianza en una calle se hace con el tiempo, a partir de muchos y muy ligeros contactos en las aceras (…) de las personas que se paran en un bar para beber una cerveza, a quienes el tendero aconseja y que a su vez aconsejan al quiosquero de la esquina, confrontan opiniones con los otros clientes de la panadería y saludan a los dos chavales que beben limonada en el portal”, decía la urbanista Jane Jacobs. El intercambio de conocimiento es uno de los pilares que conforman la arquitectura social. Cuando el carnicero te llama por tu nombre, no solo te está vendiendo carne: te está diciendo que perteneces a un sitio. Y si algo anhelamos hoy, es pertenecer.

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