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En busca de respuestas a la extraña enfermedad de Celia

Un proyecto impulsado por familias de pacientes logra apoyo de la UE para estudiar las rasopatías, unos trastornos genéticos poco frecuentes que afectan al neurodesarrollo

Encarnación Postigo y su hija Celia, que nació con una mutación en el gen syngap1, en una imagen cedida.
Encarnación Postigo y su hija Celia, que nació con una mutación en el gen syngap1, en una imagen cedida.

Todo son sonrisas en casa de Encarnación Postigo. No queda otra. Su hija Celia, de 24 años, lo necesita. “No puede sentir tensión. Todo son sonrisas. Estamos condenados a ser felices en casa”, explica la madre, de 59 años. Celia nació con una mutación en el gen syngap1, un trastorno genético muy poco frecuente que afecta al neurodesarrollo y puede provocar retraso psicomotor, trastorno del espectro autista y epilepsia. No fue fácil llegar al diagnóstico ni tampoco digerirlo: hay pocos casos en el mundo, las preguntas aún superan a las respuestas y la incertidumbre se apelotona en las familias. Pasa en esta y en otras enfermedades raras y sin cura. “Al final de este camino, lo único que uno persigue es que no sufra”, admite Postigo, que ha hecho de la necesidad virtud y, junto a un grupo de familias afectadas por este y otros trastornos genéticos, han impulsado el proyecto EURAS para investigar rasopatías, un grupo de afecciones causadas por mutaciones genéticas que afectan a una vía de comunicación de las células: la vía de señalización RAS. La iniciativa científica ha logrado el apoyo de la Unión Europea para buscar terapias y respuestas para estas dolencias genéticas que afectan al neurodesarrollo, como el síndrome cardiofaciocutáneo, el síndrome de Costello o la encefalopatía relacionada con syngap1, entre otras.

Celia tardó 17 años en tener un diagnóstico. Desde los seis meses de vida, cuando su madre empezó a notar que “algo no iba bien”, visitó especialistas y hospitales hasta que, en la adolescencia, un estudio genético puso nombre a lo que le ocurría: tenía una mutación en el gen syngap1, que se encuentra en el cerebro y tiene una función clave para una correcta conexión neuronal. “Cuando hay un problema ahí, las neuronas están hiperexcitadas y eso predispone a la epilepsia. Y también acaba teniendo problemas en el desarrollo neuronal”, explica Juliana Ribeiro, investigadora y experta en syngap1 del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona.

El impacto real de la mutación en syngap1 da la cara poco a poco. “Nacen bien y, a los meses, se va notando un retraso al caminar, en el habla… Los síntomas se ven a lo largo del tiempo”, señala Ribeiro. Pueden sufrir trastornos en el movimiento o de la marcha, trastornos del espectro autista, de la conducta, del sueño o para alimentarse (disfagia). “Y más del 90% tiene discapacidad intelectual”, agrega la investigadora del Sant Joan de Déu, que no ha participado en este proyecto.

En su caso, Celia apenas vocaliza algunas palabras y sufre una grave epilepsia desde los 17: “Eso le mermó todas las habilidades motoras y tuvimos que sacarla del colegio. Desde los 18 años, está en casa con terapeutas y luchando contra una epilepsia terrorífica”, cuenta su madre. En cualquier momento, puede sufrir fuertes convulsiones que casi le hacen perder la conciencia. “Es alegre, cariñosa y se comunica con signos, como puede. Pero tiene problemas de deglución, motores… No es autónoma. Necesita ayuda 24 horas”, relata la madre.

Según las asociaciones de pacientes, en el mundo hay poco más de un millar de casos con esta mutación en el gen syngap1 y, de ellos, unos 38 están en España. Se están investigando alternativas terapéuticas con terapia génica, pero, por ahora, el único tratamiento disponible es sintomático, para tratar las convulsiones, los trastornos de la conducta o los cuadros que vayan apareciendo. Nada más.

Desesperación y urgencia

La falta de tratamientos y “la impotencia de las familias”, cuenta Postigo, propiciaron que se empezase a gestar la idea de un proyecto de investigación en busca de respuestas. Para su hija y para otros chavales con la misma enfermedad u otras rasopatías. “Nos movía la desesperación y la urgencia que tenemos para que ellos estén bien. No ya que se curen, sino que estén bien”, explica. Al final, se acabaron involucrando en el proyecto asociaciones de pacientes de una docena de países. “Los padres montamos la estructura y los científicos contaron con nosotros en todas las reuniones”, rememora Postigo.

La propuesta final, auspiciada por las familias y conducida por investigadores europeos de Alemania, Francia, Portugal, España y Austria, entre otros países, ganó una ayuda europea de más de ocho millones de euros. El proyecto, que tiene una duración de cuatro años, se focalizó en investigar a fondo estas complejas enfermedades que afectan al neurodesarrollo. “Estas afecciones, siendo la neurofibromatosis 1 y el síndrome de Noonan las más comunes, pueden manifestarse con una amplia gama de síntomas, que incluyen rasgos faciales específicos, defectos cardíacos, cambios en la piel y diversos grados de deterioro neurológico y neurocognitivo. Las formas más raras de rasopatías —el síndrome cardiofaciocutáneo, el síndrome de Costello y la encefalopatía relacionada con syngap1—, causan importantes deterioros neurológicos, como discapacidad intelectual, epilepsia, trastorno del espectro autista y de la conducta y trastorno del sueño. Si bien las manifestaciones físicas de las rasopatías pueden poner en peligro la vida, pueden ser razonablemente manejables mediante un tratamiento sintomático multidisciplinario. Sin embargo, actualmente no existe ninguna terapia específica para los síntomas neurocognitivos, lo que supone una carga permanentemente elevada para los pacientes, en su mayoría niños, y sus familias”, explicaba la organización en un comunicado.

Todos los expertos consultados inciden en lo intricadas que son estas enfermedades que afectan a una vía de señalización clave en el organismo. “Son enfermedades muy complejas. Nuestros genes hacen una red de conexiones entre ellos. Si en esa red cortas un nodo de la periferia, a lo mejor no se nota y no pasa nada. Pero si se rompe un elemento como RAS, que está metido en todo lo que tiene que ver con la proliferación celular, se nota en todas partes”, sintetiza Francisca Sánchez, que fue catedrática de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de Málaga y asesoró a los padres en esos inicios.

Probar fármacos

En la práctica, el proyecto prevé alumbrar un registro de pacientes y buscar biomarcadores moleculares para detectar posibles fármacos o validar terapias. Y ya han empezado. Hay grupos trabajando en distintas líneas de investigación, explica Juan Antonio García Ranea, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Málaga, que participa en este proyecto europeo: “Con una guía de expertos clínicos y médicos, las familias participan en la caracterización de los síntomas. Es importante agrupar bien a los pacientes, hacer una buena estratificación, porque luego esto puede ayudar a encontrar una terapia lo más personalizada posible”. García Ranea y su equipo están participando en esta caracterización de la sintomatología de los pacientes y en “buscar bases genéticas implicadas tanto en la patología como en la reversión”, puntualiza. A la vez, hay otros investigadores profundizando en otros abordajes, como probar el efecto de fármacos en modelos celulares.

La iniciativa prevé también desarrollar ensayos preclínicos con fármacos reutilizados y probar, en modelos animales, entrenamiento cognitivo motor para lograr la reversión de las convulsiones y los rasgos de comportamiento autista. “El punto más importante es el registro. Sin él, no se pueden hacer estudios clínicos. Hay que saber cómo ha evolucionado la enfermedad”, expone Marcos Mengual, de 51 años y padre de un niño de nueve con una mutación en syngap1.

Mengual es otro de los grandes impulsores de este proyecto. También a su familia le tocó un peregrinaje de cinco años por distintos especialistas hasta poner nombre y apellidos a lo que le pasaba a su hijo Lucas. “El diagnóstico nos sirvió para entender el retraso en el desarrollo cognitivo: con cinco años tenía un desarrollo cognitivo de un niño de 11 meses. Hoy, Lucas no habla, apenas dice tres o cuatro palabras, pero tiene la epilepsia bastante bien controlada”, explica su padre.

Sin nada más donde agarrarse, las familias fían todas sus cartas a la investigación. Pero son realistas. “La palabra cura es problemática porque el autismo, por ejemplo, no va a desaparecer. Si mejoramos los síntomas, ya sería un avance para los niños”, conviene Mengual. Por su parte, Postigo, que se vuelca en halagos y agradecimientos a este padre, a Sánchez, a García Ranea y a las asociaciones de pacientes por su implicación, simplemente aspira a que la vida de su hija “sea lo mejor posible”. El investigador de la Universidad de Málaga defiende, en cualquier caso, el potencial del proyecto y asegura que, aunque la iniciativa es ambiciosa y la tarea se antoja ardua, “no es un brindis al sol”: “Si hay algo que encontrar, tenemos el sonar adecuado porque barremos una gran cantidad de variables. Si se puede dar con la tecla para aminorar síntomas, sería un gran logro y algo valioso para las familias”.

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Sobre la firma

Jessica Mouzo
Jessica Mouzo es redactora de sanidad en EL PAÍS. Es licenciada en Periodismo por la Universidade de Santiago de Compostela y Máster de Periodismo BCN-NY de la Universitat de Barcelona.
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