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Echarse al monte o volver a la ciudad

El juicio también expresa el dilema del independentismo entre seguir con el pulso al Estado o acatar la Constitución

La fiscal Consuelo Madrigal y su compañero Jaime Moreno, el martes, durante la sesión del juicio. En vídeo, declaraciones del jefe de información de la Policía el 1-O durante el juicio.

Después de su actuación del jueves pasado, el abogado Jordi Pina decide hacer voto de silencio. Hasta cierto punto es un inconveniente, porque la jornada se prevé plomiza –sigue el desfile de guardias civiles y policías contando que no es tan pacífico el independentista como lo pintan– y sus salidas de tono suelen hacer las delicias de la afición, le dan oportunidad al juez Marchena para lucirse y la prensa consigue rascar algún titular para salir del paso. Pero, después de la pausa del mediodía, el abogado de Oriol Junqueras corre solícito a llenar el vacío.

 –Es su turno, don Andreu.

 La secuencia no tiene desperdicio. El presidente del tribunal, que también las ha tenido tiesas con el abogado de Junqueras por su forma, muchas veces despectiva, de interrogar a los testigos, se dirige a Van den Eynde por su nombre –tal vez para no tener que pronunciar de forma incorrecta su apellido– y lo invita a formular su tanda de preguntas. El testigo que tiene delante es un policía, pero no uno cualquiera, sino el comisario principal que coordinaba las entradas en los colegios electorales durante el 1 de octubre. Al igual que los agentes que le han precedido y que le seguirán, el policía relata a preguntas del fiscal que, aquella mañana lluviosa de domingo, el recibimiento en los colegios fue tremendamente hostil. Insultos, amenazas, patadas y una resistencia pasiva que se convertía en activa nada más verlos llegar. Los ya famosos "binomios" de los Mossos d'Esquadra fueron solo convidados de piedra. “No nos ofrecieron ayuda en ningún momento. Tenían una actitud contemplativa”, llega a decir el agente. El abogado Van den Eynde pregunta entonces al policía si los antidisturbios que él coordinaba tenían algún protocolo para intentar mediar con la gente antes de emprenderla a porrazos.

 –¿Qué tenía que hacer el agente que llegara? ¿Qué le tenía que decir a la gente? ¿Tareas de mediación?

 –Creo que lo he explicado. Además, permítame señor letrado, usted estuvo en el colegio Dolors Monserdà, sabe perfectamente cómo se producían las intervenciones en los colegios. De hecho usted hizo mediación con el responsable del colegio que fue allí, que vendrá y lo contará, porque él me ha dicho que era a usted al que le hizo entrega del auto...

La respuesta del policía deja helado a Van den Eynde, pero sobre todo sorprende a Javier Melero, el abogado de Joaquim Forn, que abre los ojos como platos, mira a su colega, traga saliva y, finalmente, llevándose la mano izquierda al cuello, decide coger el vaso y beber agua. Una vez más, la frontera entre los abogados que quieren sacar a sus clientes a toda costa y aquellos que llegaron al juicio siendo activistas y se irán por el mismo sendero se hace muy patente. En el ecuador del juicio, que parece que se alargará hasta mediados de junio, se están produciendo hechos significativos dentro y fuera del Salón de Plenos que hablan de esas dos actitudes. Una, como Van den Eynden, quiere seguir adelante, cueste lo que cueste, con el pulso al Estado de derecho, y otra, como Melero, prefiere utilizar las armas de la legalidad para minimizar daños y volver al sendero de la ley y la Constitución. Desde fuera, esas actitudes están representadas por Carles Puigdemont, de un lado, y por Josep Lluís Trapero, de otro. El expresident sigue presionando a su sucesor impuesto para que siga desafiando al Estado mientras el exjefe de los Mossos envía un escrito a la Audiencia Nacional en el que se desmarca del independentismo y reitera su “respeto” a la Constitución. Unos siguen echándose al monte y otros quieren volver a la ciudad.

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