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Cospedal, punto final a un camino de espinas

Recibió en 2008 la misión de enterrar una era, pero su rivalidad con Santamaría catapultó al heredero de Aznar al frente del PP

Pablo Casado y María Dolores de Cospedal el pasado 27 de octubre.
Pablo Casado y María Dolores de Cospedal el pasado 27 de octubre.

“Va a ser un camino de espinas y rosas”, anticipó María Dolores de Cospedal (Madrid, 1965), cuando, en 2008, se convirtió en la primera mujer en ocupar la secretaría general del PP. La portavoz popular en el Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría, presentó a la nueva número dos de la formación, al igual que ella, abogada del Estado, como “una mujer moderna, con una capacidad de trabajo inmensa”. “¿Quién nos iba a decir que íbamos a estar donde estamos ahora?”, declaró la que iba a ser, diez años después, su rival en la carrera para suceder a Mariano Rajoy. La exvicepresidenta se retiró el pasado septiembre y Cospedal lo ha hecho este lunes tras la difusión de sus conversaciones con el comisario encarcelado José Manuel Villarejo que revelan, entre otras cosas, cómo encargó un informe para investigar a su compañero de partido Javier Arenas. “Pero nada de lo que ha pasado en los últimos diez años en el PP se explica sin el enfrentamiento entre ambas. Si Cospedal se va, dejará un partido tranquilo por primera vez en mucho tiempo”, afirmaba la pasada semana un veterano cargo popular.

A diferencia de Santamaría, Cospedal sí tuvo, desde muy joven, vocación política. A los 17 años, ayudó a su padre, Ricardo de Cospedal, cuando se presentó por el Partido Reformista, liderado por Miquel Roca. El batacazo paterno no la desanimó. Preparó en dos años la oposición para ser abogada del Estado, empezó a trabajar en la Administración, y pronto dio el salto del técnico al político. Fue en 1996, y de la mano, precisamente, de Javier Arenas, a quien años después pidió investigar, como han revelado ahora las grabaciones de Villarejo. Pero aquella no fue la única carambola política de su carrera.

En 2005, Esperanza Aguirre la nombró consejera de Obras Públicas y Transportes de Madrid en sustitución de Francisco Granados —posteriormente encarcelado por el caso Púnica—, que acababa de ser ascendido a consejero de la presidencia. “Apoyo a Rajoy, pero no voy a apuñalar a Aguirre”, dijo Cospedal un mes antes de convertirse en secretaria general del PP tras el congreso de 2008 en Valencia, en el que la presidenta madrileña había intentado moverle la silla al líder del partido.

Cospedal y Santamaría despidieron a Ángel Acebes y Eduardo Zaplana y se entregaron a una misión compartida: enterrar el aznarismo. Pero su rivalidad fue creciendo, dividió primero al partido, y luego al Gobierno, en dos, y terminó entregando la presidencia del PP al heredero político de Aznar, Pablo Casado.

En 2011, Cospedal logró hacerse con el Gobierno de un viejo bastión socialista, Castilla-La Mancha, y lo compatibilizó con la secretaría general del PP. Esa acumulación de responsabilidades fue generando malestar en el partido y se recrudeció al ser nombrada, en 2016, ministra de Defensa. El congreso del PP de 2017 lo puso de manifiesto al presentar Francisco Risueño, miembro del PP de Castilla-La Mancha, la llamada “enmienda antiCospedal”, que pedía impedir la acumulación de cargos. Ella infravaloró la amenaza y ganó la votación por apenas 25 votos con algún grito de “pucherazo” entre el público, compuesto por compromisarios del partido.

El pasado julio, la secretaria general del PP, es decir, la dueña del aparato del partido, cayó eliminada en la primera vuelta de las primarias. Cospedal había iniciado su campaña criticando la aplicación del 155 en Cataluña y tratando de restar puntos a Casado sugiriendo que detrás de su candidatura estaba Aznar. Y la terminó reuniendo a los ministros del clan antisoraya en una comida para arropar al que iba a ser nuevo líder del PP, el mismo que extendería una alfombra roja para que el antiguo presidente de honor del partido volviera por todo lo alto a la sede de Génova 13. Esos últimos movimientos la distanciaron definitivamente de Rajoy. El viernes, Cospedal fue la ausencia más comentada en el funeral por su padre en Pontevedra, aunque sí estuvo en el tanatorio.

También durante las primarias, Cospedal reivindicó que ella sí había “dado la cara” en los momentos más duros del partido, aunque durante un tiempo cedió las comparecencias incómodas a Carlos Floriano. A su pesar, figurará en cada resumen de su carrera su retorcida explicación del famoso “despido en diferido”del tesorero Luis Bárcenas. Aquel año, 2013, Cospedal también había dicho: “En el PP, quien la hace, la paga. Que cada palo aguante su vela”. Varios cargos populares que ahora confían en que dimita para poder retomar su agenda política han recordado estos días aquella frase. Cospedal, no obstante, apoyó a José Manuel Soria, Rita Barberá y Cristina Cifuentes en sus respectivos escándalos hasta el final.

“Lo está pasando muy mal, pero es muy dura”, afirma un cargo popular que se pregunta por qué Cospedal, sabiendo que esas grabaciones de Villarejo existían, se ha arriesgado a llegar hasta aquí. “Tuvo mucha suerte de que esto no saliera antes. Ya estaba tocada por la fama de su marido, que se paseaba por Génova como Pedro por su casa”, añade. En el PP hay quien piensa que se arriesgó por culpa de esa rivalidad con Santamaría, pero pocos dudan de que también para ella ha llegado el final de su carrera política. La última grabación de difundida este lunes precipitó finalmente su dimisión.

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