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Soraya Sáenz de Santamaría pierde la batalla ideológica

El poder acumulado por la exvicepresidenta en sus años junto a Rajoy le granjeó una legión de adversarios dentro del partido

Soraya Sáenz de Santamaria, durante el congreso del PP, este sábado / En vídeo, Soraya Sáenz de Santamaria pierde la batalla contra Pablo Casado (ATLAS)

Hasta sus rivales, tanto dentro del PP como en otros partidos, admiten el amplio abanico de cualidades de Soraya Sáenz de Santamaría (Valladolid 1971): organizada, persistente, ambiciosa, preparada y trabajadora. Pero esos reconocimientos han pesado menos que la multitud de adversarios que se fue granjeando en el partido en los años en que acumuló un enorme poder bajo la sombra de Mariano Rajoy. Eran esos adversarios que le atribuían toda clase de maquinaciones para dar al traste con varias carreras políticas. O los que no la identificaban con más ideología que la necesaria para alcanzar sus particulares aspiraciones. A ella nunca le entusiasmó limitarse a una definición ideológica clásica. Durante años fue alérgica también a las rutinas y tribulaciones del aparato del partido, y jamás tuvo un territorio propio. Tampoco una especial conexión con la gente de la calle, algo que intentó corregir durante la reciente campaña interna. Todo eso parece haberse juntado al final para explicar la derrota en el Congreso del partido, tras haber sido la más votada en la primera vuelta de las primarias entre los militantes. 

En su primera reacción tras la derrota, Santamaría ha aprovechado para recordar que fue la más votada entre los militantes en la primera línea de las primarias. "Esas son las reglas y yo las respeto", ha dicho. "Siempre estaré muy orgullosa de ser la persona que eligieron los militantes".

Santamaría llegó tarde al PP. Mariano Rajoy la contrató cuando era vicepresidente del Gobierno para aprovechar su formación como abogada del Estado. Por esa razón, muchos nunca la vieron como una auténtica pata negra del partido, en el que debutó en 2004 en el puesto 17º de la lista electoral por Madrid. Fue en el congreso de Valencia, en 2008, con el PP ya en la oposición, cuando Rajoy la aupó como portavoz parlamentaria y número tres de la organización. Hasta entonces, se había centrado en preparar documentos que pretendían desideologizar a un líder aún muy atrapado en los estertores del aznarismo. Una década después, ha sido precisamente el sector que todavía añoraba a José María Aznar el que ha propiciado la derrota de Santamaría.

Tras el regreso al Gobierno y su nombramiento como vicepresidenta, la creciente influencia de Santamaría y sus seguidores en el Consejo de Ministros y en el Centro Nacional de Inteligencia levantaron más que suspicacias en un grupo amplio de amigos y colaboradores históricos de Rajoy. Ese grupo contrario a la ex vicepresidenta fue etiquetado primero como el G-8, y luego como el G-5, a medida que fue perdiendo miembros por la aparición de distintos escándalos. En los últimos meses pareció diluirse, en parte presionado por el propio Rajoy. Ese club de agraviados reprochaba a la entonces vicepresidenta su alejamiento del partido y la acusaba de desvincularse de las tramas de corrupción heredadas de la época de Aznar solo por su propio beneficio, y hasta ser demasiado joven y, en su opinión, excesivamente autoritaria.

De todas sus rivalidades internas, ninguna alcanzó el grado de su pugna con la secretaria general Dolores de Cospedal, alimentada a lo largo de los años y en la que Rajoy nunca quiso intervenir. Santamaría se cobró la revancha dejando a su rival fuera de combate en la primera vuelta de estas primarias. Pero Cospedal aún jugó sus bazas: se volcó en apoyar a Casado y ese respaldo acabó siendo decisivo. 

"Tengo ideología: la del PP"

La recriminación más seria de esos amigos veteranos de Rajoy, sin embargo, tenía que ver con la difusa ideología de Santamaría y con los frutos de su gestión de problemas tan serios como el desafío separatista en Cataluña y su diálogo con algunos nacionalistas. Durante su estancia en La Moncloa algunos compañeros de partido le recriminaban que podía llegar a sustentar teorías socialdemócratas, que favoreció el impulso de cadenas privadas de televisión muy críticas con el PP y favorables a Podemos para perjudicar —en teoría— al PSOE y que conectó demasiado bien con el exvicepresidente catalán Oriol Junqueras para atribuirse el mérito de un hipotético apaciguamiento del conflicto. 

La discusión sobre las verdaderas ideas de Santamaría es tal que en la campaña de las primarias, en una entrevista en Onda Cero, el periodista Carlos Alsina le llegó a preguntar si realmente tenía ideología. Ella replicó: "Por supuesto que la tengo, la del PP". Luego añadió que en el partido caben muchas formas de centro derecha pero que a todos les une la libertad, la defensa de España en un proyecto reformista, constitucional y con igualdad de oportunidades para los ciudadanos. Y finalmente se etiquetó un poco: “No soy socialdemócrata, lo digo con claridad. Liberal combinando con algunos principios de la tradición democristiana". El propio Casado utilizó esa carta durante la campaña, en la que deslizó en varias ocasiones que su rival estaba rehuyendo la discusión de ideas, sobre todo cuando ella rehusó celebrar un debate público entre ambos candidatos.

Sus opiniones moderadas sobre el sistema autonómico, el aborto, el matrimonio homosexual o la relación con Cataluña han enervado especialmente al votante popular más de derechas y a organizaciones ultraconservadoras como Hazte Oír. Su gestión de la crisis catalana la llevó a instalar un despacho en Barcelona, por orden de Rajoy, para recuperar la presencia del Estado en esa comunidad y escuchar más voces de la sociedad civil catalana sobre posibles soluciones. No logró grandes resultados. En 2006 había presentado junto a Federico Trillo un recurso de inconstitucionalidad contra el Estatuto de Cataluña. Diez años más tarde, acabó lamentando que el PP promoviera una campaña de recogida de firmas contra aquel texto, un cambio de criterio que soliviantó a Aznar.

En sus mítines y entrevistas, Santamaría usó los datos de las encuestas para remarcar que era la aspirante que mejor podría competir con el socialista Pedro Sánchez para ganar las próximas elecciones. Los datos del CIS siempre la situaron como la dirigente del Gobierno de Rajoy que obtenía mejor nota entre el conjunto de los ciudadanos. Pero al final se ha comprobado que una cosa es la imagen fuera del partido y otro el aprecio de los sectores de más raigambre en la derecha española, los mismos que este sábado han preferido a un joven de inequívoco perfil conservador que a la mujer que durante los últimos años fue la política más poderosa de España.

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