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Nunca Máis, el grito de rabia que cambió la percepción de un pueblo

La plataforma que canalizó las movilizaciones del 'Prestige' se centra ya solo, desde 2014, en el proceso judicial

Manifestación de Nunca Máis en Madrid, en febrero de 2003.
Manifestación de Nunca Máis en Madrid, en febrero de 2003.

Si la catástrofe del Prestige dejó una huella profunda esa ha sido la de Nunca Máis. La imagen de la Galicia paciente, abonada a la resignación, habituada a echarse a la espalda agravios sin inmutarse, quebró al mismo tiempo que el petrolero. Y para sorpresa del mundo, era otra: reivindicativa y organizada.

El 21 de noviembre de 2002, dos días después del hundimiento del barco frente a la Costa da Morte, con el litoral gallego agonizando, tomado por el chapapote, un grupo de intelectuales se reúne con dirigentes del BNG y aprueban la creación de una plataforma desde la que encauzar una manifestación de repulsa por la catástrofe.

Anxo Quintana, número dos del BNG en aquel momento, propone recuperar el lema Nunca Máis que había canalizado ya las protestas tras el accidente de otro petrolero, el Mar Egeo, en 1990 y el publicista José María Torné sugiere como imagen la bandera gallega con su fondo blanco teñido de negro.

Con esas herramientas llaman a una manifestación para el 1 de diciembre y descubren, impresionados por “la rotunda respuesta ciudadana a una convocatoria hecha con 10 días de antelación”, que Galicia es un clamor, lo que les lleva a “dar cuerpo a la plataforma para movilizaciones futuras”.

Lo cuenta el escritor Rafa Villar, uno de los intelectuales de ese grupo nuclear del que surgió Nunca Máis. “En paralelo a nosotros había un montón de gente de la cultura y otros grupos, más espontáneos, realizando también actividades de protesta muy creativas”, señala.

Cruces colocadas por Nunca Máis en la playa de Riazor (A Coruña).
Cruces colocadas por Nunca Máis en la playa de Riazor (A Coruña).

Acabaron integrándose todos en la plataforma, que llegó a aglutinar a más de medio millar de agrupaciones (de mariscadores, cofradías, sindicatos, partidos políticos, asociaciones profesionales, de estudiantes, vecinos, culturales...) que representaban prácticamente a todos los sectores de la sociedad.

Villar menciona el caso de Burla Negra, un colectivo de músicos, gente del teatro y escritores, creado el 25 de noviembre para exigir responsabilidades políticas y demandar más medidas de seguridad” en la costa y que el día 26 protagonizó un encierro en la Casa da Cultura de Laxe.

La silente y conformista Galicia estaba ya elevando la voz cuando el 30 de noviembre llegó a las costas la segunda marea negra mientras el entonces presidente de la Xunta, Manuel Fraga —que en el momento del hundimiento del pecio y durante la semana siguiente estuvo de cacería en Toledo y Aranjuez— alababa la calidad del bacalao portugués en unas jornadas gastronómicas en Guimaraes.

Unos días más tarde una flota de barcos bateeiros de Arousa frenaba con sus aparejos de pesca la entrada del chapapote en la ría mientras Mariano Rajoy, entonces portavoz del Gobierno, calificaba el vertido de “pequeños hilillos con aspecto de plastilina”.

La plataforma fue imparable. Sus convocatorias (manifestaciones, apagones, velatorios, encierros, cadenas humanas, conciertos de música) exigiendo responsabilidades políticas se sucedieron por toda España. Los gritos de "Nunca Máis" sobrevolaron todos los rincones y Fraga, Aznar (presidente del Gobierno entonces) y George Bush acabaron repitiéndolo también, como si con ello se exorcizase una confabulación astral, ajena a cualquier gestión política.

El 26 de enero la plataforma recibe en Bilbao el premio Sabino Arana por su actuación ante la catástrofe, y el 28 interpone en el Juzgado de Corcubión una querella criminal contra los responsables de los daños causados por la catástrofe: las personas vinculadas a la propiedad, explotación y gobierno de la embarcación y los representantes de la Administración que, en gabinete de crisis, tomaron las decisiones desde el momento del siniestro.

En esa misma semana miembros de la plataforma se entrevistan en Bruselas con eurodiputados para tratar de abrir una comisión de investigación en la Unión Europea y convocan una manifestación en Madrid, celebrada el 23 de febrero, secundada por cientos de miles de personas exigiendo responsabilidades políticas y dimisiones.

Las movilizaciones se sucedieron los primeros años y poco a poco, la plataforma fue rebajando sus convocatorias y centrándose, a través del grupo fundacional, en los aspectos judiciales. Desde 2014 no ha organizado ninguna actividad. Pero el grito de rabia no ha cesado.

“Ahora nos juntamos una vez al año para analizar fundamentalmente lo relacionado con el juicio y mantenemos contactos ya solo personales”, afirma Villas, convencido de que, no obstante, el movimiento generado trasciende aquel capítulo atroz de la historia reciente de Galicia.

La marca fue registrada para evitar su uso perverso, “pero Nunca Máis es patrimonio de todos, como lo evidencia que se reedite de forma espontánea en ocasiones dramáticas, como en esta última oleada de incendios donde mucha gente recuperó las antiguas pancartas” para salir de nuevo a las calles exigiendo, una vez más, responsabilidades y dimisiones, explica el cofundador.

El colectivo no se propone su revitalización para actuar como plataforma de nuevas reivindicaciones. “Aquello fue solo por la marea negra; no podríamos implicar a colectivos tan dispares como cofrades o asociaciones de padres en otras demandas”, sostiene Villas.

En su opinión, cumplió su objetivo inicial de “abrir una ventana de dignidad frente a la dejadez del Gobierno”. Esto es, cambió la percepción de una Galicia mansa y resignada por la de una sociedad capaz de reaccionar en situaciones de emergencia y que se resiste a naufragar.

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