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La epifanía de la corrupción

Los escándalos por corrupción abocan a unas elecciones que, paradójicamente, beneficiarán al PP

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno en funciones.
Mariano Rajoy, presidente del Gobierno en funciones.CLAUDIO ÁLVAREZ

La perspectiva de las últimas semanas concede un sarcástico oportunismo al hecho de que la investidura fallida de Rajoy coincidiera a la misma hora con la irrupción del caso Soria. Decayó entonces el pacto del PP y Ciudadanos, pero sobre todo comenzaron a amontonársele a Rajoy los escándalos por los que la numerosísima oposición le considera inadecuado en la Moncloa.

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Sería como si la actualidad que han adquirido los fantasmas de la corrupción —Barberá, Barcenas, Matas— hubiera proporcionado a Pedro Sánchez un argumento para justificar su dogmatismo en el no. Dirá el líder socialista que Rajoy es impresentable. Y que el PSOE no puede concederse a un presidente cuyo partido ha vuelto a empantanarse en una deriva nauseabunda.

El sesgo se desentiende de la realidad parlamentaria. Puede no gustarnos Rajoy, pero los recelos hacia el presidente en funciones no pueden sustraerse al impulso que supuso la victoria popular del 26J, al deterioro del PSOE y a la corpulencia de un acuerdo con Ciudadanos que bien pudo haber evitado hace dos semanas la convocatoria de unas terceras elecciones.

No parece que haya manera de evitarlas. Ni siquiera con una catástrofe socialista en Galicia y en Euskadi o con el tormento de Rita Barberá. Rajoy está constreñido a sacrificarla porque le obliga a hacerlo su compromiso con Rivera, pero la solución de ejecutar a la matriarca del PP —"Rita, eres la mejor", proclamó el líder popular en un memorable mitin— se antoja bastante estéril en un hábitat político tan depauperado por la coyuntura de los escándalos judiciales y políticos.

Los primeros estaban en la agenda de un prematuro otoño, los otros los ha vitalizado el propio PP. No ya incurriendo en la soberbia que aloja el caso Soria, sino proporcionando a la oposición un argumento providencial que sirve de espita o de excusa a la implosión del marianismo.

Pedro Sánchez aspira a convertirse ahora en Casandra, se atribuirá los méritos de habernos avisado, más o menos como si el martes 13 simbolizara la epifanía de la corrupción, el día en que adquirimos conciencia de que el PP es un partido demasiado expuesto a la procesión de la santa campaña, muertos vivientes —Barberá, Bárcenas, Matas, Granados...— que malogran el sueño de Rajoy como los cadáveres de sus fechorías malograban el descanso de Macbeth.

Y Pedro Sánchez sería el noble Malcolm. Vino a salvarnos del tirano. Su perseverancia en el "no" ha evitado in extremis que Rajoy se hiciera fuerte en la fortaleza de la Moncloa. "Os lo dije y no quisisteis escucharme", objetará el secretario general para acallar el sabotaje de las baronías.

Es una tentación confiarse a semejante hipótesis, pero aceptarla significa renegar de las evidencias electorales. Los españoles saben quién es Rajoy. Conocen los escándalos del PP. Y se los hicieron pagar en diciembre quitándole tres millones de votos y un tercio de sus diputados, pero la reválida del 26J incluía una prueba de confianza a la estima del líder popular.

Conviene recordarlo porque, paradójicamente, las elecciones que van a precipitarse en diciembre interesan o convienen particularmente al PP. Los sondeos dilatan su ventaja, remarcan el retroceso de los socialistas, justifican la lealtad de los populares a su líder máximo. Y demuestran que el poder desgasta a quien no lo tiene.

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