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La cena de Rajoy con “un marciano”

El líder del PP considera que su relación con Sánchez es “la peor que ha tenido nunca con un político”

Mariano Rajoy, este sábado en Pontevedra.

La relación entre los dos principales líderes políticos del país no es que sea pésima es que es imposible. El propio Rajoy reconoce, en privado, que es “la peor que ha tenido nunca” con ningún interlocutor en sus 34 años de amplia carrera política. “¿Han cenado ustedes alguna vez con un marciano?”, ha llegado a comentar a interlocutores que le preguntan estos días por la razón última de que ambos no se entiendan, apenas queden y no puedan negociar nada. En las cumbres y reuniones internacionales los jefes de Gobierno de otros países le preguntan por la situación en España, le expresan casi de manera generalizada su apuesta por la gran coalición entre PP y PSOE y Rajoy tiene que reconocer, preocupado e impotente, que no puede hacer más.

Rajoy aún no ha llegado a comprender bien qué le pasa con Pedro Sánchez. Ha pasado por todos los cargos y escalas de la responsabilidad política, ha negociado con todo tipo de rivales y compañeros de partido y siempre había sido capaz, hasta ahora, de trabar al menos en privado un método de relacionarse y trabajar que le hacía imprescindible e impermeable. Algunos de sus adversarios cometieron el error de minusvalorarle. Rajoy siempre flota.

Cuando el primer gobierno popular en Galicia de Gerardo Fernández Albor hacía aguas por las disputas y las fugas internas en la época de Xosé Luis Barreiro, el partido le situó como vicepresidente para dar apariencia de alguna consistencia. Luego se demostró incompatible con la rigidez de Manuel Fraga y emigró a hacer política en Madrid, donde prosperó sin hacer nunca mucho ruido con José María Aznar y llegó a negociar con Jordi Pujol, Xabier Arzalluz, José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba.

Su sistema le parecía infalible. Una cena, una comida, una charla personal, unos puros, algún güisqui, ciertas confidencias y cesiones. La vieja política. Cuando surgía un conflicto grave y había que mojarse, desaparecía, miraba para otro lado y ponía cara de Rajoy. Así descabalgó a los otros aspirantes a la sucesión de Aznar y ha imprimido su carácter y estilo en el PP desde 2003.

Con la llegada de la nueva política, el panorama pareció cambiar de cuajo. Pero Rajoy perseveró. Lo intentó primero, por orden de importancia y responsabilidad, que es como le gusta hacer las cosas, con Sánchez y no salió. Creyó que era cuestión de insistir. Comprobó luego que tampoco conectaba bien con Albert Rivera, el líder de Ciudadanos. “Con Rivera la relación no es magnífica pero al menos se puede hablar y proponer cosas”, ha confesado a sus íntimos y luego ha ratificado en público que las negociaciones de este verano entre ambos partidos han servido para poner en marcha una alianza que quiere conservar.

Con el que mejor se lleva, bajo la protección de la discreción, es con Pablo Iglesias, el líder de Podemos. “Claro, nunca podré acordar nada con él porque es imposible, tenemos dos concepciones distintas de casi todo, pero es agradable y se puede conversar de todo”, admite cuando se le cuestiona en confianza sobre sus contactos privados con el adalid de la lucha contra la casta política que tan bien representa.

Con el que no puede, y ya comienza a ser un problema de Estado, es con Sánchez. Le considera un “chisgarabís” y descalifica la mayoría de sus propuestas e ideas como “un chiste”. Han celebrado casi media docena de encuentros y en ninguno ha superado la membrana en la que el secretario general del PSOE se envuelve para protegerse de sus intentos frustrados de seducción. En algunas citas Sánchez le ha espetado ya en el primer minuto algún comentario tajante y contundente para cerrar cualquier atisbo de duda. Rajoy sabe que Sánchez no le traga y piensa que le rehúye. Jamás ha tenido la deferencia, por ejemplo, de comentarle cuáles son sus planes y qué piensa hacer en el futuro.

En la última reunión, justo un día antes de su intento fracasado de investidura, utilizó casi el momento del saludo y apretón de manos para avanzarle su voto contrario y apuntarle que ahora tocaba esperar a ver el resultado de las elecciones autonómicas vascas y gallegas. “Y luego ya veremos”, le comentó con desdén. Rajoy interpretó bien que esa frase no albergaba ninguna esperanza y que “no significa nada”. El candidato del PP ha llegado a la conclusión de que Sánchez solo quiere ganar tiempo en su pugna por asentarse como aspirante socialista a unas terceras elecciones.

Pero Rajoy se considera una persona de orden y, por tanto, ni ha intentado ni sondeará sus posibilidades con otro líder del PSOE. Cree su deber entenderse solo con el que está en ejercicio. Le llegan con rumores y especulaciones y las rechaza hasta que no fragüen. Y mientras sigue como si nada grave hubiese pasado, cumpliendo en España con los trámites que le imponen los demás partidos “siempre que no me hagan hacer mucho el mono”, y viajando y sorteando las sutiles presiones internacionales.

En la reciente cumbre del G-20 en China Rajoy tuvo la oportunidad de saludar e intercambiar algunas frases con Barak Obama y de reunirse con Xi Jinping (China)), Mauricio Macri (Argentina) y Michel Temer (Brasil). Su ministro de Economía, Luis de Guindos, también charló con el comisario europeo Pierre Moscovici y con el ministro alemán de finanzas Wolfgang Schäuble.

En la cena espectáculo sobre el Lago Oeste, Rajoy se sentó junto al presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. Hablaron sobre España, sobre política, sobre soluciones. Rajoy le explicó lo mismo que le dice a los otros presidentes europeos cuando le interrogan preocupados sobre por qué no es posible un Gobierno de coalición entre PP y PSOE: “No es fácil explicarlo. Yo lo vi claro el primer día, era mi apuesta y lo sigue siendo. Después de 40 años de democracia en España, el Gobierno conjunto del PP con el PSOE era una oportunidad única y también para la estabilidad en estos momentos en Europa. Más no se puede hacer”.

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