Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Una partida de ‘Veto Players’

Rivera y Sánchez se niegan a investir a Rajoy, y este no quiere echarse a un lado

Pedro Sánchez saluda a Albert Rivera, en el Congreso de los Diputados. Ampliar foto
Pedro Sánchez saluda a Albert Rivera, en el Congreso de los Diputados.

Tras la aceptación condicional por el presidente en funciones del encargo real de afrontar su investidura, la crisis política española ha encallado de nuevo, pues las distintas opciones teóricas parecen igualmente bloqueadas: Rivera y Sánchez se niegan a investir a Rajoy, este no quiere echarse a un lado para dar paso a otro candidato, la fórmula Frankenstein es imposible tras el unilateralismo catalán y la tercera repetición de las elecciones tampoco resulta factible, pues para poder convocarlas haría falta un debate de investidura que hoy por hoy está aplazado sine die. De modo que la parálisis bloquea de nuevo nuestro sistema político, cuya coalición dominante resulta incapaz de resolver sus conflictos internos de poder. Justo lo que más beneficia a los confluyentes populismos antisistema, que se frotan las manos ante la catastrófica agonía del Régimen de la Transición, convertido en una hobbesiana lucha de todos contra todos donde nadie quiere renunciar a sus trincheras por autodestructivas que sean.

Por eso, una forma de analizar el actual bloqueo político es entenderlo como una guerra de posiciones a la manera de Gramsci, tal como hoy hacen los estrategas de Podemos. Pero quizá resulte mejor describirlo como una partida de Veto Players (o jugadores revestidos con poder de veto), aplicando el concepto que propuso originalmente George Tsebelis en 1995 (y que luego sistematizó en su libro de referencia publicado con el mismo título en 2002), erigido después por Gianfranco Pasquino en el método comparativo más eficaz. En definitiva, las prestaciones de un sistema político dependen de lo que permitan y no obstaculicen sus veto players. Y por lo tanto, si todos los jugadores deciden ejercer a ultranza su poder de veto, entonces el sistema se bloquea y entra en una situación de impasse o parálisis.

Es lo que sucede con nuestra democracia en la actualidad. Pongamos por ejemplo el caso de Pedro Sánchez. En la pasada legislatura fallida, cuando llegó a proponer una coalición insuficiente con Alberto Rivera, sufrió el veto que le opuso Podemos impidiéndole obtener la investidura. Y hoy Pedro Sánchez está utilizando la misma estrategia de veto para impedir que pueda salir adelante cualquier posible investidura que pudiera proponer Mariano Rajoy. ¿Por qué lo hace, cuando ello le condena al suicidio político que le supondrían unas terceras elecciones? Pues porque puede. Es decir, por pura voluntad de poder, pues el poder de veto es la única arma política con que cuenta el político impotente. Si no puedo acceder al poder, al menos impediré a cualquier coste que los demás lleguen a él, derribando a quien lo ocupe y evitando que lo recupere. El clásico nihilismo o negativismo de la política destructiva, que ha venido caracterizando históricamente al habitus congénito de la cultura política española.

Pero no es solo el caso de Sánchez, pues también los demás actores de nuestro sistema se comportan como veto players. Así lo hace por supuesto Pablo Iglesias, cuya única estrategia es vetar al PSOE. Pero también lo hace Alberto Rivera, empecinado en vetar a Rajoy. E incluso el presidente en funciones, predispuesto a vetar el desbloqueo de su propia investidura mientras no logre recabar el apoyo suficiente.