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OPINIÓN

No es país para tecnócratas

Liderar no es laminar el disenso en nombre de medidas que se presentan como dogmas infalibles

Ya basta de fingimientos. España se ha convertido en la preocupación económica de Europa (Le Monde), en el país en el que se va a decidir la crisis de la zona Euro (Der Spiegel). No es una maledicencia de Monti o de la prensa extranjera. Todas nuestras contradicciones económicas se han agudizado hasta el punto de colocarnos bajo los temibles focos del análisis económico internacional. Un país tan endeudado y bajo políticas tan descaradamente contractivas no tiene más horizonte que la recesión, el aumento del desempleo y el aplazamiento sine die del crecimiento económico. Merkel dirá lo que quiera, pero su terapia, siempre pensada para tener repercusiones a medio plazo, puede producir un efecto nefasto de forma inmediata si no resolvemos pronto la restructuración del sistema financiero. Pero esta no se podrá producir si ella no se moja y amplía el fondo de garantías europeo. Y aún así, y a pesar de colocarnos en una situación de rescate de facto, difícilmente podrá evitar que los mercados se ceben sobre nuestra prima de riesgo y erosionen aún más las vías de salida.

En las próximas semanas y meses nos jugamos, pues, algo más que el encauzamiento de la deuda y el déficit o el perder un porcentaje más o menos alto de la capacidad adquisitiva. Estamos pugnando por mantenernos —con todas las rebajas que sean menester— dentro del grupo de países a los que hasta hace nada pertenecíamos. Ser o no ser; estar o no estar, más bien. Bajo esas condiciones no ayuda nada la numantina posición de cierta izquierda que demoniza visceralmente a los mercados, se adorna del Gran Rechazo al capitalismo internacional, pero enmudece cuando se le inquiere sobre cuál es la alternativa específica que propone para conducirnos en otra dirección. No hay soluciones a esta crisis “en un solo país” ni con actitudes de impecabilidad ideológica.

Tampoco parece haberlas, sin embargo, pensando que una nación puede plegarse graciosamente a la racionalidad técnico-administrativa que nos van dosificando desde Berlín/Bruselas, La Moncloa o la comunidad autónoma de turno. Por muy importante que fuera la victoria electoral del PP el 20-N, con la indudable legitimación que otorga a la acción del nuevo Gobierno, no basta para disolver los obstinados datos de la realidad del país en que vivimos. Los resultados de los procesos electorales posteriores, la escenificación soberanista de CiU del pasado fin de semana y, cómo no, la huelga general de ayer mismo, muestran a las claras que una sociedad democrática compleja no se sujeta pasivamente a la cuadrícula de los tecnócratas, que las contradicciones políticas no son menores que las económicas. Exige soluciones informadas por criterios técnicos, ¡qué remedio!, pero negociadas políticamente. Sin hacer un buen uso de la política, en su sentido de energía necesaria para adicionar voluntades dirigidas a la consecución de fines colectivos, no hay respuestas que valgan.

Contrariamente a lo que se piensa, no es el momento de los tecnócratas, sino el de los estadistas. Es el momento de la Gran Política frente a la política pequeña de quienes ven en esta situación una ventana de oportunidad partidista o tratan de pescar en río revuelto. Y ahí cabe incluir también a importantes sectores de quienes sustentan el poder financiero. Ahora toca responsabilidad y consenso. Pero no como mera concesión gentil al nuevo timonel y sus gestores, sino como resultado de negociaciones sinceras; con las consabidas disidencias o desacuerdos puntuales, pero también con el compromiso de arrimar el hombro por parte de todos. Liderar no equivale a laminar el disenso en nombre de medidas que se presentan como dogmas infalibles. Debería ser más bien la condensación activa del mínimo común denominador de los intereses del país.

La huelga general de ayer, con un éxito superior al de otras veces, demuestra que esta sociedad no renuncia a tener algo que decir en estos momentos de zozobra. Y un sector lo ha dicho con contundencia, pero también pacíficamente y sin ira. Detrás de ella no había solo un rechazo a la última reforma laboral; no se olvide que se convocó para promover el diálogo. Los sindicatos no son el problema sino parte de la solución, y nunca es tarde para incorporarlos a un nuevo pacto social que ya resulta imprescindible. El Gobierno yerra si piensa que solo a él le compete gestionar la crisis. La sufrimos todos y todos deberíamos estar llamados a combatirla; sin exclusiones ni vetos. Gobernar en tiempos difíciles es hacer política, no limitarse a la administración de las cosas. Y hacer política, en su sentido más noble, es decidir cómo queremos vivir juntos. Entre todos.