Día mundial de las Enfermedades Tropicales Desatendidas
Tribuna
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En tiempos de pandemia, ¿quién se acuerda de las enfermedades olvidadas?

Históricamente, España ha aportado mucho a la lucha contra las dolencias tropicales desatendidas: científicos, cooperantes y financiación de programas. Con la nueva Ley de Cooperación debe recobrar su compromiso con la salud global

Un paciente con lepra -una de las 20 enfermedades tropicales desatendidas, según la OMS- en el Hospital Colonial Curupaiti en Río de Janeiro (Brasil) el pasado noviembre. Durante la pandemia ha sufrido abandono y falta de suministros médicos para los pacientes.
Un paciente con lepra -una de las 20 enfermedades tropicales desatendidas, según la OMS- en el Hospital Colonial Curupaiti en Río de Janeiro (Brasil) el pasado noviembre. Durante la pandemia ha sufrido abandono y falta de suministros médicos para los pacientes.Fabio Teixeira/Anadolu Agency

Hoy se celebra el Día Mundial de las Enfermedades Tropicales Desatendidas, una veintena de dolencias que pocas personas en España conocen. Pese a que afectan a 1.700 millones de individuos en el mundo, en muchos casos carecen de diagnósticos, tratamientos y, por supuesto, vacunas. Al estar presentes sobre todo en las regiones más pobres del planeta, hay poco interés por parte de la industria farmacéutica, cuyo modelo de investigación y desarrollo se basa en los beneficios a obtener. El resultado es que la inversión en nuevos diagnósticos y tratamientos para estas enfermedades es dramáticamente desproporcionado respecto del sufrimiento que causan. Aún existiendo medicamentos, son frecuentemente poco eficaces o tóxicos y el acceso a los mismos no está garantizado nunca.

A lo largo de los años, como médicos, fuimos testigos de cómo las enfermedades desatendidas pueden destrozar la vida de los pacientes y afectar a sus familias, como la de Kavita, una niña nepalí de siete años de la etnia rai. Kavita tenía fiebre desde hacía varios meses. El padre, agricultor, basaba la subsistencia de la familia en lo que producía su campo y animales que, además, le generaban unos 150 euros al año. El pago al curandero tradicional, las reiteradas limosnas en un recorrer de templos para ganar los favores de la diosa Kala, tres meses de trabajo perdidos en el ir y venir por la duración de la enfermedad de Kavita, habían hecho que aquel padre ejemplar vendiera el campo de maíz, la vaca, dos cabras y 45 gallinas antes de encontrar el hospital de Koirala.

Aún allí, un centro universitario, tuvo más estipendios antes de recibir el tratamiento gratuito para la enfermedad de la pequeña: la leishmaniasis. En total, los gastos superaban los 1.000 dólares, se había arruinado y tuvo que empezar a trabajar para otro. La pobreza engendra pobreza en un círculo pernicioso.

La leishmaniasis visceral es una enfermedad parasitaria transmitida por la picadura de un insecto, el flebótomo. Cursa con inflamación del bazo e hígado, destruye las células sanguíneas y provoca fiebre alta a lo largo de meses. Sin tratamiento, puede llevar a la muerte. Hay otra forma de leishmaniasis, la cutánea, que se manifiesta por úlceras en la piel donde picó el flebótomo infectado. De esta hay un millón de casos nuevos cada año, es decir, uno cada 30 segundos. En Sudamérica, estas úlceras pueden llegar a ser tan agresivas que producen la mutilación de la cara desfigurando el rostro del paciente, con el consiguiente estigma y problemas de salud mental.

Aunque las dos variantes, visceral y cutánea, se distribuyen preferentemente en países de renta baja y media en Latinoamérica, Oriente Medio, África y Asia, muchos países de renta alta no escapan a su presencia aunque sea con una baja incidencia. A veces, por el desplazamiento de refugiados, la malnutrición o la alteración del medioambiente, se producen brotes. Así, el desequilibrio ecológico por acción humana en el suroeste de la Comunidad de Madrid, hizo que entre 2009 y 2016 unas 700 personas sufrieran alguna de las dos formas de leishmaniasis.

En el suroeste de la Comunidad de Madrid, unas 700 personas sufrieron alguna de las dos formas de leishmaniasis entre 2016 y 2019

La reducida panoplia de tratamientos para la leishmaniasis incluye algunos que fueron descubiertos hace casi un siglo. Su inyección es dolorosa, son tóxicos, algunos potencialmente letales y, por lo común, de eficacia limitada. Para las personas y comunidades afectadas, la leishmaniasis, como las otras enfermedades desatendidas, supone una barrera infranqueable a una vida productiva y saludable. Para los sistemas sanitarios de los países que concentran la gran parte de estas dolencias, desbordados y con pocos recursos, son un reto más entre tantos otros que tienen que encarar para garantizar el acceso a la salud de su población.

Esta realidad inaceptable, y con el convencimiento de que los frutos de la ciencia tienen que ser para todos, nos ha llevado como científicos a dedicar nuestras carreras –y nuestras vidas– a la investigación y desarrollo para combatir las enfermedades desatendidas, y en particular en el desarrollo de medicamentos eficaces y accesibles. Hay muchos otros sectores sociales y sanitarios en la misma causa. Hoy celebramos los éxitos y brindamos por un futuro mejor.

Se trata de una carrera de fondo. A lo largo de los años, el esfuerzo generoso de muchos ha llevado a logros considerables en varias enfermedades tropicales. Por citar un caso, el Programa de Eliminación de la Leishmaniasis Visceral del sur de Asia, iniciado en 2005, ha logrado reducir el número de enfermos, estimado en unos 200.000 en aquel año, a menos de 2.000 casos en 2020. En contraste con este éxito, que ojalá sea estable, en el este de África todavía no tenemos un tratamiento que sea a la vez sencillo y eficaz, lo que ralentiza la lucha contra la enfermedad.

Este ejemplo, como muchos otros entre las enfermedades tropicales, ha supuesto un gran aliento para continuar. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha trazado un camino de eliminación o control de estas enfermedades en su Hoja de Ruta para el 2030 a la que los programas de cooperación internacional de los gobiernos donantes, las agencias financiadoras, las asociaciones filantrópicas, ONG y el mundo académico se han adherido. También algunos sectores del mundo farmacéutico. Hay motivos de esperanza, sí. Pero el recorrido es largo para lograr eliminar estas enfermedades como propone el Objetivo 3.3 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible “para 2030, poner fin a las epidemias del sida, la tuberculosis, la malaria y las enfermedades tropicales desatendidas y combatir la hepatitis, las enfermedades transmitidas por el agua y otras enfermedades transmisibles”.

Históricamente, España ha aportado una importante contribución a la lucha contra las enfermedades desatendidas no solo con científicos capacitados y cooperantes en el terreno sino que también con la financiación de programas de investigación y desarrollo. En un momento en el que se inaugura en nuestro país una nueva Ley de Cooperación, sumándose así a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, aplaudimos el compromiso que España quiere recobrar en el movimiento global de lucha contra la pobreza y sus enfermedades.

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