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Coordinado por Lola Huete Machado

La música europea y magrebí se fusionan en la 25ª edición del festival ‘Jazz au Chellah’

En un homenaje especial a la mujer, brillaron las cantantes Hind Ennaira y Laïla Amezian, que invitaron al escenario a los comediantes y músicos de Casablanca, Kabareh Cheikhats

Concierto de Laïla Amezian y el grupo de comediantes Kabareh Cheikhats el pasado septiembre en el festival de 'Jazz au Chellah'
Concierto de Laïla Amezian y el grupo de comediantes Kabareh Cheikhats el pasado septiembre en el festival de 'Jazz au Chellah'Karim Tibari

El castillo de Chellah, en Rabat, Marruecos, es un sitio arqueológico emplazado en una colina a orillas del río Buregreg. Contiene restos de sucesivas capas de historia que hablan de tiempos romanos, del paso de cartagineses y fenicios, hasta llegar a la necrópolis de la dinastía merínida, presente en la zona desde el siglo XIII. Esas ruinas que fueron muros de viviendas, tumbas y minaretes –poblados habitualmente por cigüeñas vigías– se llenan de otras vidas con cada comienzo de otoño, desde hace más de dos décadas, gracias al ciclo Jazz au Chellah, organizado por la Unión Europea, y dedicado a la fusión de las músicas europeas y las magrebíes. Apenas unos días atrás, la expectativa acumulada tras dos años de parón pandémico se sació durante la concurrida 25ª edición, comisariada por dos directores artísticos: Majid Bekkas para los sonidos africanos y Jean-Pierre Bissot, en la europea.

Como ocurre con las capas históricas de ese suelo, a orillas del Buregreg, los ritmos norafricanos hacen que las armonías cuidadas del viejo continente europeo levanten allí otros vuelos, jóvenes y vigorosos. Entre esas paredes construidas, muy cerca de la muralla almohade de la ciudad marroquí, los intérpretes provenientes de ambas riberas del Mediterráneo son convocados para presentar sus trabajos y ensayar un set con otra formación. Así, al final del día, el escenario del festival se colma de humanidad y música mestiza, para éxtasis de los mil asistentes que caben en las gradas. Entonces, cada uno de los cuatro atardeceres del festival consiste en la ilusión a ese encuentro, que causará tanto asombro entre el público como entre los propios músicos sobre el escenario, a quienes suele verse boquiabiertos, maravillados por lo inesperado de esos cruces entre los bronces de los vientos del jazz con los cueros (la tensión de la darbuka), las maderas y las cuerdas rústicas del guembrí, sin contar con la sorpresa que causa la energía de las krakebs (castañuelas metálicas típicas del gnawa), que acompañan a un piano clásico.

En la capital de Marruecos, que se ha acostumbrado a exhibir edificaciones grandilocuentes y que, en los últimos años, ha recuperado monumentos, pintado calzadas y saneado los vehículos del transporte público, la música también tiene aspiraciones. Este año, los responsables de Jazz au Chellah decidieron que habría un lugar destacado para las mujeres –que tradicionalmente han jugado un rol central en los sonidos norafricanos– y para los músicos jóvenes, porque el talento natural de un lugar tan prolífico debe ser estimulado. La posibilidad de formarse y practicar en buenas condiciones no es un asunto menor, en ninguna rama del arte. De ahí que estos espacios festivaleros sean propicios para adquirir experiencia y experiencias, tanto en la ejecución instrumental como en la escena, junto a músicos de conservatorio o de otras tradiciones.

Entre los clímax de esta edición figura la actuación del quinteto jovencísimo del canario Ernesto Montenegro junto al Hind Ennaira Trío, liderado por una joven música de Esauira, ciudad en la costa del oeste del país, que empuña el guembrí como una maestra consolidada. El otro punto sobresaliente del festival fue la divertida y ajustada actuación del Mâäk Quintet de Bélgica junto a la cantante belga-marroquí Laïla Amezian, en un encuentro inolvidable con el percusionista de la vecina localidad de Salé, Mustapha Antari, y tres de los integrantes de la troupe de Kabareh Cheikhats, de Casablanca.

En este caso, Laïla Amezian, una cantante de la diáspora marroquí –hija de padres tangerinos– se acercó al repertorio chaâbi (folklore magrebí) desde su entonación de toques orientales y su experiencia jazzística. La propia Amezian confesaba, tras el show, que ella ha debido hacer un viaje de enraizamiento hacia la música que su madre cantaba en fiestas familiares y espacios privados, ya que en los años 90 y 2000, lo que se pedía en Europa eran cosas que cupieran en el estilo de la música global. Asegura que se subió a la “ola orientalizante” y terminó viéndose en el espejo en que se la situaba en Occidente. “Ahora puedo conectar con lo tradicional marroquí a mi manera, con arreglos del jazz, y asumir que Marruecos es África y no Oriente”, declara. De ahí el actual proyecto de Amezian de “valorizar el lugar de la mujer marroquí en la música”, para que esa expresión femenina entusiasta de la vida cotidiana –como fue la de la su propia madre, cantante amateur– luzca sobre el escenario y deje de estar arrinconada en las fiestas religiosas, en las cocinas o en las bodas.

Precisamente, en el marco de esa exploración fue que Amezian encontró a los Kabareh Cheikhats (@kabarehcheikhats), quienes ahora se subieron al escenario, junto a ella, en Rabat. Se trata de una particular arte de acción escénica que rescata la música popular marroquí rindiendo tributo a las mujeres que cantaron poesía amorosa y revolucionaria hace un siglo. Ellos son músicos y comediantes que interpretan virtuosamente canciones del folklore del Magreb, maquillados y vestidos con sus mejores caftanes de mujer. Recrean, en tono de comedia, y mucho respeto, lo que ellas –las cheikhats– alumbraron gracias a sus voces y sus danzas. Con ancestrales gritos de origen árabe, animaban a sus hombres a enfrentar las injusticias, porque, en efecto, las intérpretes del género folklórico de la aïta han estado siempre muy ligadas a la tierra y a su comunidad, unidas por unas letras políticas que hablaban de actualidad. En honor a estas mujeres, que fueron muchas veces estigmatizadas, este grupo de baidaníes, liderados por Ghassan El Hakim, concibió un espectáculo de cabaret para homenajearlas ydefender la diversidad, con buen humor.

Al fin, durante la última noche de esta 25ª edición de Jazz au Chellah, la guitarra flamenca del gaditano Nono García se encontró con el violoncello andalusí de Zarakaria Dorhmi. Y el gran compositor español Joaquín Rodrigo pudo sobrevolar Aranjuez y los muros de la fortaleza merínida en 2022.

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Sobre la firma

Analía Iglesias

Colaboradora habitual en Planeta Futuro y El Viajero. Periodista y escritora argentina con dos décadas en España. Antes vivió en Alemania y en Marruecos, país que le inspiró el libro ‘Machi mushkil. Aproximaciones al destino magrebí’. Ha publicado dos ensayos en coautoría. Su primera novela es ‘Si los narcisos florecen, es revolución’.

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