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De una inyección mortal para algunos a una pastilla que sana a todos: las enfermedades olvidadas se curan con investigación

La OMS reclama que se indaguen las dolencias tropicales desatendidas como herramienta fundamental para controlarlas y erradicarlas

Investigadoras de enfermedades tropicales olvidadas en Ghana.
Investigadoras de enfermedades tropicales olvidadas en Ghana.Anesvad
Alejandra Agudo

Sin tratamiento, la enfermedad del sueño, causada por un parásito transmitido por la mosca tsetsé, se considera letal. La cura, sin embargo, también lo era para uno de cada 20 pacientes. “El único tratamiento que existía era terrible, a base de arsénico. Cuando se lo inyectaban a la gente, sufrían enormemente, como si tuvieran fuego en las venas”, explica Luis Pizarro, director ejecutivo de la Iniciativa de Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi). Pero la ciencia, la filantropía y el emprendimiento se unieron para dar con el remedio que acabase con esa pesadilla.

Lo consiguieron en 2009. El NECT ya no mataba a un 5% de las personas afectadas por la enfermedad del sueño ni causaba tanto dolor, pero su administración seguía siendo inyectable. “En términos de logística, necesita mucho esfuerzo, que no era lo ideal en países como la República Democrática del Congo, donde los enfermos viven en zonas muy alejadas”, rememora el médico. No se dieron por vencidos, continuaron sus pesquisas y una década después probaron que el fexinidazol administrado en pastillas durante 10 días era eficaz. Hace apenas dos meses, The Lancet Infectiuos Deseases publicaba su último hallazgo que demuestra la efectividad de una sola píldora de acoziborol.

“Esperamos sacar este remedio en 2023, lo que va a permitir terminar definitivamente con la enfermedad del sueño”, avanza Pizarro. Este podría ser un factor clave para cumplir el objetivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de eliminar la transmisión para 2030 y tachar su nombre oficial —tripanosomiasis africana— de la lista de las 21 enfermedades tropicales desatendidas (ETD), de las que este lunes se celebra el día mundial. Esta y el pian —una enfermedad desfigurante y debilitante que afecta a los niños y que también está muy cerca de su desaparición— podrían ser las dos ETD que la nueva hoja de ruta de la OMS espera erradicar para esa fecha. Otros objetivos de este plan incluyen que 100 países eliminen completamente una de las dolencias y reducir en un 90% la población que requiere atención por una o varias. Para todo ello, la investigación es la herramienta fundamental.

La hoja de ruta de la OMS establece que 100 países eliminen completamente una de las dolencias tropicales desatendidas y reducir en un 90% la población que requiere atención por una o varias

Son enfermedades olvidadas porque no reciben atención ni financiación suficiente para acabar con ellas, pero no invencibles. “Esto es lo que nos motiva: combatimos las desigualdades de nacimiento. No aceptamos vivir en un mundo en el cual el acceso a la salud sea condicionado por la suerte de nacer o no en un país con recursos”, alega Pizarro. Una segunda razón para seguir investigando es “prágmática”, dice. “Es una cuestión de seguridad; dentro de estas enfermedades desatendidas hay muchas que tienen el potencial de convertirse en una amenaza. Trabajar en ellas es una manera de prevenir grandes o graves epidemias en el futuro”.

“Son olvidadas, pero no poco frecuentes”, agrega Elena Sulleiro, doctora en microbiología y directiva de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC). “Más de 1.000 millones de personas en el mundo padecen una, la mayoría son poblaciones vulnerables y empobrecidas”, recuerda. Son, por ello, poco atractivas para la industria farmacéutica, que prefiere invertir en fármacos con garantías de beneficio económico, y para los grandes donantes o el sector público, que priorizan atajar males más extendidos (y conocidos) como la malaria, la tuberculosis y el sida.

“Muchas no son extremadamente letales, pero causan una gran morbilidad, lo que afecta a la calidad de vida de las personas. Y se dan en lugares donde es muy complicado que los pacientes puedan acudir al sistema sanitario y no está interiorizado el concepto de detección y cribado, por lo que se diagnostican cuando los casos son graves o se han cronificado. Para las empresas que podrían investigarlas no son una prioridad. Afectan a un grupo de población grande, pero se destinan pocos recursos a diagnósticos y tratamientos”, analiza la doctora. “Se hacen esfuerzos”, matiza, “pero hacen falta más; todavía hay ETD que ni se pueden diagnosticar o hay tratamientos inadecuados”.

Es el caso de la úlcera de Buruli, de la que se desconoce el modo de transmisión y no hay forma de prevenirla. “Se piensa que puede ser el agua estancada, pero no se sabe con certeza”, señala Iñigo Lasa, director general de la fundación Anesvad, que combate esta y otras dolencias desatendidas en África. Se sabe que está causada por una micobacteria de la misma familia que la tuberculosis y la lepra. Se detecta cuando aparecen los síntomas: al principio una hinchazón indolora, a veces en forma de nódulo, placa o inflamación en piernas, brazos o la cara, que en cuatro semanas, se transforma en úlceras que pueden afectar al hueso y provocar deformidades. El Buruli es una de las enfermedades consideradas olvidadas entre las desatendidas, que afecta a la piel y que requiere de un tratamiento intensivo, así como rehabilitación física y personal de las secuelas que dejan, que pueden ser incluso amputaciones.

Las enfermedades olvidadas que reciben mayor atención son las prevenibles o curables con una pastilla, pues los donantes pueden medir el impacto de sus fondos en número de píldoras administradas

Del escaso pastel de atención que atraen las 21 ETD, la porción más grande se la llevan aquellas que son prevenibles o curables con una pastilla, lo que gusta más a los donantes que pueden medir el impacto de sus fondos en número de píldoras administradas, apunta Lasa. El Buruli tiene tratamiento: un combinado de antibióticos (rifampicina y claritromicina) durante ocho semanas, cuya administración requiere hospitalización. Aunque en muchos de los 33 países endémicos es gratuito, la habitual situación de pobreza de los afectados les impide pagar el transporte, el alojamiento y la alimentación para acudir y quedarse en el hospital, lo que supone, además de un gasto inasumible, la pérdida de ingresos al dejar de trabajar. La alternativa es la discapacidad.

A través de dos consorcios internacionales de investigación en Costa de Marfil, Ghana, Togo y Benín, Anesvad está impulsando el diseño de un tratamiento eficaz en cuatro semanas. “Estamos hablando de acortar a la mitad el tiempo de curación, lo que reduce los costes de la medicación”, detalla Lasa. Supone, además, menos gastos relacionados con la hospitalización, los viajes y el cuidado de las personas que padecen de úlcera de Buruli. Con casi dos millones de euros de inversión, desde hace más de un año están en la fase de ensayo clínico. Después, quedará el análisis de los resultados y, finalmente, su publicación en alguna revista científica que valide los hallazgos. “Y el paso final es que la OMS, una vez que has demostrado su eficacia, lo apruebe como parte del protocolo de tratamiento. Esto lleva mucho tiempo”, anota el director general de la ONG vasca.

Un ejemplo esclarecedor sobre el alto coste que requiere una investigación para una de estas dolencias lo ofrece la mordedura de serpiente venenosa, la última incluida por la OMS en la lista de las enfermedades desatendidas, en 2017. La escasa demanda de los antídotos existentes para la ponzoña de determinadas especies ha llevado a varios fabricantes a detener la producción, y el precio de algunos de ellos ha aumentado de forma espectacular en los últimos 20 años, “haciendo que el tratamiento sea inasequible para la mayoría de las personas que lo necesitan”, señala el organismo.

Una solución sería obtener un antídoto para muchos o todos los venenos, de tal modo que su producción sería rentable. “Para obtener un contraveneno universal se requiere de un estudio de al menos 10 millones de euros para hacer seguimiento a las personas afectadas. Y las probabilidades de éxito futuro son de entre un 10% y un 20%. O sea, pocas”, desarrolla Lasa. Por eso, aunque es una de las ETD que más mata y más discapacidad causa ―2,7 millones de personas sufren cada año un ataque, de las cuales mueren más de 100.000 y unas 400.000 quedan con graves secuelas—, “apenas uno o dos centros están buscando un remedio”. En resumen, los equipos de investigación no se interesan por esta dolencia por falta de perspectiva de éxito y optan por otras con mayor garantía de triunfo.

Investigación adecuada al medio, sobre el contexto y en los países endémicos

Para Sulleiro es importante que la investigación no solo se enfoque en inventar nuevos fármacos preventivos y terapéuticos, sino en mejorar las técnicas de diagnóstico y las formas de administración de los tratamientos para “adecuarlos al medio” en el que se van a tener que usar. “La máquina que tengo en mi laboratorio para diagnosticar el chagas son imposibles de llevar al altiplano boliviano, donde la enfermedad es endémica”, expone la también especialista de la Unidad de Medicina Tropical y Salud Internacional en el Hospital Vall d´Hebron de Barcelona. “Ese es uno de los esfuerzos que hay que hacer, por ejemplo, diseñar equipos que requieran menos mantenimiento, reactivos que se puedan conservar más fácilmente”, opina.

El chagas es una enfermedad parasitaria que se transmite por la picadura de un chinche, pero también se da la transmisión por transfusión de sangre y de madre a hijo durante el embarazo. Esta última se puede controlar fácilmente si se diagnostica a mujeres en edad fértil, pues es casi 100% curable si se trata en sus etapas iniciales. Pero todavía, en 21 países de América, se registran 30.000 nuevos casos cada año, 12.000 muertes en promedio y 8.600 recién nacidos se infectan durante la gestación. “Se tienen que desarrollar, y se está haciendo, pruebas rápidas como las de la covid o un test de embarazo para poder diagnosticar la enfermedad y, consecuentemente, tener acceso al tratamiento”, sugiere Sulleiro. Una tecnología así, transportable en un maletín, facilitaría la detección de la dolencia en zonas remotas en las que llevar, instalar y mantener un sofisticado y aparatoso equipo es imposible.

“El chagas no provoca síntomas durante años, pero cuando aparecen, hemos llegado tarde. Los pacientes no necesitan ya solo matar al parásito, sino que quizá requieren de un trasplante de corazón u operarse el intestino”, recalca la importancia del diagnóstico temprano la especialista.

Íñigo Lasa coincide con este análisis. “Hay que mejorar las técnicas de PCR para determinadas dolencias. Igual que se ha hecho con la covid y la gripe. Es una demanda del personal sanitario”. Y agrega la importancia de que se apoye la investigación en los países endémicos. “Este año abriremos una convocatoria para jóvenes científicas africanas que estudien las enfermedades tropicales desatendidas, para que sus propuestas salgan adelante con las mayores garantías”, anuncia.

Finalmente, el director general de Anesvad subraya la necesidad del estudio sociológico de las ETD, es decir, conocer de qué modo impactan la enfermedades, especialmente aquellas de la piel que pueden causar dispacidades, en la vida de las personas. De nuevo, sirve el caso de la úlcera de Buruli, cuyas afectaciones en la piel —si no se trata en la primera fase— pueden causar amputaciones. “Por lo que aunque el paciente se cure y la enfermedad deje de devorarle, necesitará rehabilitación”, explica Lasa. “Y no sólo físicamente. ¿Conseguirá un trabajo? ¿Cómo le afectará el estigma? Hay que profundizar en la investigación social sobre el impacto de las ETD. Las problemáticas de la salud las trata el sector sanitario. Pero cuando las curan, ya no son su responsabilidad. Pero aún requieren mejorar su calidad de vida, una rehabilitación social y laboral. Tenemos que saber si, con los proyectos, cambiamos la vida de la gente más allá de si les curamos”, zanja. “Lo indagaremos con la universidad de Liverpool”.

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Sobre la firma

Alejandra Agudo
Reportera de EL PAÍS especializada en desarrollo sostenible (derechos de las mujeres y pobreza extrema), ha desarrollado la mayor parte de su carrera en EL PAÍS. Miembro de la Junta Directiva de Reporteros Sin Fronteras. Antes trabajó en la radio, revistas de información local, económica y el Tercer Sector. Licenciada en periodismo por la UCM

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