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Uno de cada cuatro niños del planeta sufren los embates del calor extremo

Un informe de Unicef alerta de los riesgos del calentamiento global para la infancia: inundaciones, desabastecimiento de agua y comida, temperaturas elevadas o niveles cada vez más altos de contaminación ambiental son las mayores amenazas

Calor extremo
Migración de una familia de Turkana, en el noroeste de Kenia, debido a las fuertes sequías de los últimos años, en septiembre de 2019.

“Imagínese caminar cinco kilómetros a la escuela bajo el sol abrasador, sin ninguna sombra a la vista. Imagínese examinarse de los finales en el exterior, con calor seco y sofocante, y que se espere que apruebe. El cambio climático es real”, dice el joven de 19 años, Nkosi Nyathi, en declaraciones a Unicef. Como Nyathi, de Zimbabue, cerca de 538 millones de niños en el mundo sufren los estragos de las temperaturas extremas, cada vez más frecuentes y prolongadas. Así lo advierte el informe Proteger a los niños de los crecientes impactos de las olas de calor, publicado este martes por Unicef. De acuerdo con el documento, esta cifra representa el 23% de la población total de menores de 18 años, pero podría triplicarse hasta los 1.600 millones si la temperatura global asciende 0,2 °C respecto del valor de referencia actual (1,5), y a 1.900 millones con un aumento de un grado (2,4 °C).

Para la especialista en programas de cooperación y desarrollo de este organismo, Rocío Vicente, el planeta es cada vez más peligroso para vivir. La experta comenta que, aunque los niños no son responsables del calentamiento global, ellos son los más afectados y vulnerables a sus efectos a corto y largo plazo. “Tienen menos capacidad de regular su temperatura corporal, en comparación con los adultos. Son más susceptibles a los cambios en el termómetro y a las enfermedades. El tiempo se está agotando”, asegura Vicente.

Las regiones más impactadas por las olas de calor y las sequías se ubican, principalmente, en la zona del Cuerno de África –llamada así por su forma de triángulo inverso– que abarca a países como Somalia, Etiopía y Kenia y que también se extiende hacia Sudán, Eritrea y Sudán del Sur. Lucía Sáenz Terrero, experta en cambio climático de Unicef en Burundi, menciona que los territorios menos adaptados al incremento de temperaturas y a sus efectos son los que sufren de manera más agresiva sus consecuencias. “Sumar la crisis climática a la pobreza agudiza aún más las desigualdades”, sostiene.

En comparación con los adultos, los niños tienen menos capacidad de regular su temperatura corporal y son más susceptibles a los cambios de temperatura y a las enfermedades

Coincide la activista climática de Uganda, Vanesa Nakate que, dentro de este mismo informe, narra su experiencia en el Cuerno de África. Para ella, este continente está sufriendo algunos de los impactos más brutales de la crisis climática, a pesar de ser el responsable de menos del 4% de las emisiones globales. El estudio de Unicef explica las razones: cuanto más frecuentes, duraderas y severas sean las olas de calor a las que estén expuestos los niños, mayores serán los impactos en la salud, la seguridad, la nutrición, la educación, el acceso al agua y los medios de subsistencia futuros.

Enfermedades diarreicas, afecciones de la piel, tuberculosis o la neumonía (que mata a más de 700.000 niños al año), son las principales amenazas para los que crecen en entornos expuestos a los efectos del cambio climático. En el informe, Unicef alerta que las temperaturas extremas incrementan los casos de asma y dolencias respiratorias crónicas debido a la contaminación ambiental. Asimismo, los efectos del calentamiento global disparan otras afecciones preexistentes como la desnutrición –las sequías merman las cosechas y, por tanto, los alimentos disponibles–, o aquellas relacionadas con la falta de agua potable y servicios de saneamiento adecuados.

Las enfermedades transmitidas por vectores, como la malaria, y las diarreicas, por consumo de agua contaminada, son dos de las más extendidas en los países en desarrollo, con especial incidencia en los niños. Ambas existían antes del cambio climático, pero el calentamiento global dispara su incidencia, explica Lachlan McIver, asesor de enfermedades tropicales y médico de salud planetaria de Médicos sin Fronteras (MSF). Las más frecuentes inundaciones contribuyen a la proliferación de los mosquitos transmisores del paludismo, que mató a cerca de 274.000 niños menores de cinco años en 2019. En cuanto a las dolencias vinculadas al consumo de agua insalubre, detalla que las sequías intensas obligan a que miles de personas consuman agua no tratada, lo que provoca diarreas en los más pequeños. “Si las temperaturas aumentan, podríamos tener a más de 70 niños muriendo cada día por deshidratación”, afirma.

Ahora mismo, más de un millón y medio de niños de Nigeria enfrentan una grave crisis humanitaria debido a las fuertes lluvias que azotan a 34 de los 36 estados del país. Casas, escuelas y hospitales han quedado sumergidos en el agua; los sistemas de saneamiento, colapsados; y enfermedades como la malaria, el cólera o la diarrea son solo algunos de los problemas que están golpeando a la población, que ya vivía en un contexto precario.

Nigeria ocupa el segundo lugar entre un total de 163 países más vulnerables al cambio climático, según el Índice de Riesgo Climático de la Infancia de Unicef. Le acompañan en lo alto de la tabla Burkina Faso, Chad, Malí, Níger, Sudán, Irak, Arabia Saudita, India y Pakistán. En total, son 23 los países en los que los niños están en riesgo debido a la exposición a temperaturas extremadamente elevadas, según el organismo, pero otros 10 podrían sumarse a la lista si la humanidad no frena el calentamiento global.

Cuanto más frecuentes, más duraderas y más severas sean las olas de calor a las que estén expuestos los niños, mayores serán los impactos en la salud

Esto bien lo sabe la responsable de Ayuda en Acción en Guatemala, Ada Gaitán, que aclara que los países que dependen de la agricultura sienten aún más la incertidumbre del cambio climático en sus cosechas y, por tanto, en su seguridad alimentaria. Gaitán explica que en Estados como el Salvador y Guatemala cada vez es más recurrente la temporada de sequía y las temperaturas superiores a los 42 °C. “Si la tierra se seca, la producción se detiene. Esto obliga a que cientos de familias disminuyan sus raciones de alimentos. Muchos incluso comen una sola vez al día”. Y los más afectados, insiste, son los niños. En regiones guatemaltecas como Chiquimula, Hueuetenango o Zacapa, ubicadas en el denominado Corredor Seco, uno de cada dos niños sufre desnutrición crónica (retraso en el crecimiento).

Un futuro incierto, pero con solución

La solución que sugieren los autores del informe a este problema es claro y determinante: detener el incremento de la temperatura global, reducir la contaminación ambiental y desarrollar políticas públicas de mitigación y adaptación frente los embates de temperaturas y fenómenos naturales cada vez más agresivos. El documento concreta dos estrategias. La primera es duplicar la financiación de la adaptación al cambio climático respecto a la estipulada en el Acuerdo de París en 2015 (100 mil millones de dólares) y dotar esta lucha con 200 mil millones a razón de 40 mil millones por año hasta 2025. La segunda es impulsar la educación climática.

No es lo mismo vivir una ola de calor dentro de un edificio con climatización, aire acondicionado y agua potable las 24 horas del día, que carecer de todos estos servicios. Por eso, para adaptarse al cambio climático es necesario contar con sistemas de protección social eficientes, como la salud, la infraestructura y saneamiento. Así lo argumenta Norman Martin Casas, asesor programático y de incidencia sobre cambio climático de Oxfam Intermón. Para este experto es fundamental que en las zonas más golpeadas por hambrunas o desastres naturales exista una intervención estatal y de ayuda humanitaria eficiente. “Lamentablemente, el 70% de la financiación climática se entrega como préstamo. Los países, ya de por sí endeudados, deben incurrir en una deuda aún mayor. Esto genera una espiral de desigualdad aún más perversa”, explica.

Por otro lado, una mayor inversión en adaptación también debe permitir reforzar la conciencia climática. Aunque los expertos consultados coinciden en que los daños causados al planeta son irreversibles, todos aseguran que la aplicación de nuevos sistemas de producción, de reforestación, de previsión de desastres naturales puede reducir considerablemente el impacto humanitario de estas crisis.

Por eso, para Jun Morohashi, jefe de educación para el desarrollo sostenible de la Unesco, la educación con enfoque ambiental es fundamental. “Los tomadores de decisiones deben entender que la enseñanza, no solo en el sector de la educación, sino en otras áreas del medio ambiente como la agricultura o la energía, pueden ser una solución poderosa a la crisis climática”. Y subraya que la educación es uno de los pilares para que los alumnos vean el impacto real del calentamiento global. El objetivo es que los jóvenes y niños analicen posibles soluciones para la pérdida de biodiversidad. “Necesitamos ofrecer la pedagogía de la esperanza, y los jóvenes deben ser los artífices del cambio a realizar”, finaliza.

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