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Escuchar la voz del alumnado: ¿quimera o urgencia en la educación iberoamericana?

Garantizar la participación de los estudiantes requiere que dejemos de considerar a niños y adolescentes como ciudadanos de segunda categoría. La Organización de Estados Iberoamericanos ha puesto en marcha una experiencia piloto en República Dominicana

Un hombre acude a buscar libros y material escolar en la escuela Eulalio Arias, durante el inicio oficial del año escolar 2020, en Santo Domingo.
Un hombre acude a buscar libros y material escolar en la escuela Eulalio Arias, durante el inicio oficial del año escolar 2020, en Santo Domingo.Orlando Barría / EFE

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Enfrentamos numerosos desafíos para garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad a todas y todos a lo largo de la vida. La pandemia de la covid-19 ha ahondado brechas previamente existentes, colocando una lupa ante problemáticas que requieren atención prioritaria.

Definitivamente, no se trata de volver a las mismas escuelas de antes. Nuestro reto es construir aulas distintas: un nuevo modelo que, centrado en los aprendizajes y el bienestar, y asumiendo la educación como derecho humano, utilice diversidad de estrategias, medios y recursos para garantizar el desarrollo equitativo de todos.

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Para ello, hoy más que nunca es fundamental poner en marcha el aprendizaje colaborativo en Iberoamérica. Nos toca aprender de las experiencias, aciertos y desaciertos de cada uno de nuestros países hermanos, logrando un intercambio permanente de saberes y buenas prácticas. Después de todo, “la solidaridad es la ternura de los pueblos”, como dice la poeta nicaragüense Gioconda Belli.

Un aspecto relevante en este proceso es el fortalecimiento de la participación estudiantil. No podemos construir sistemas educativos de calidad sin contar con la implicación activa del alumnado.

Pero no se trata de una participación instrumental, limitada a que algunos escolares estén en ciertas actividades y voten para elegir entre las opciones que han predefinido las personas adultas. Se trata de generar un proceso activo, permanente y dinámico donde el estudiantado tome parte de la construcción de un proyecto educativo compartido.

Qué pasaría si le preguntamos a todo el estudiantado iberoamericano cuál es la educación que desean para el 2030 y cómo construirla?

Diversos estudios han determinado que la participación activa de los estudiantes posibilita la mejora de la cultura escolar, la convivencia positiva y la inclusión, y que incide positivamente en el incremento de los logros de aprendizaje. Además, las experiencias y planteamientos del psicopedagogo italiano Francesco Tonucci insisten en la necesidad de que los sistemas educativos y las ciudades sean reestructurados tomando en consideración las necesidades y opiniones de la niñez y adolescencia.

Garantizar la participación del alumnado requiere que rompamos con la tradicional cultura adultocéntrica que coloca a niñas, niños y adolescentes como ciudadanos de segunda categoría o del futuro, negándoles su reconocimiento como sujetos de pleno derecho en el hoy.

En nuestros sistemas educativos, el adultocentrismo lamentablemente continúa presente. Ejemplo de ello es que las escuelas continúan organizándose bajo la premisa de que los mayores de edad son los únicos responsables y autorizados para definir los mecanismos de gestión escolar y las normas de convivencia.

Se hace, pues, imprescindible que los centros escolares fortalezcan mecanismos de participación real del alumnado en la gestión y en la toma de decisiones sobre los procesos educativos. Por esto, tenemos que asumir el diálogo intergeneracional, horizontal y abierto como base de la mejora escolar; atrevernos a construir mecanismos de participación permanente del estudiantado en todos los ámbitos y crear nuevos liderazgos educativos que coloquen al alumnado y sus aprendizajes como centro, que se encuentren receptivos a nuevas miradas y posibilidades.

Romper con la cultura adultocéntrica también requiere que consideremos al alumnado como protagonista de las políticas públicas y no sujeto pasivo y receptor de estas.

Es imprescindible que los centros escolares fortalezcan mecanismos de participación real del alumnado en la gestión y en la toma de decisiones sobre los procesos educativos

Para la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) la participación estudiantil es un eje fundamental de la educación en y para los derechos humanos y en ella radica una de las claves para construir un nuevo modelo educativo pospandemia. En este sentido, conocemos de primera mano el ejemplo de República Dominicana, donde la OEI junto al Ministerio de Educación llevó a cabo una Consulta Nacional a Estudiantes con el propósito de conocer sus experiencias y valoraciones sobre la educación a distancia, sus sentimientos relativos a la pandemia, así como sus propuestas para el regreso gradual y seguro a las clases presenciales.

De esta experiencia, en la que fueron encuestados más de 2.000 escolares, aprendimos que el estudiantado valora positivamente la educación a distancia, pero prefiere mantenerse en una modalidad híbrida o retornar a sus centros de manera presencial. Aprendimos que, si bien las tecnologías digitales resultaron ser aliadas de la educación a distancia, se requiere contar de materiales y recursos impresos de apoyo a los aprendizajes. Asimismo, aprendimos que el alumnado valora positivamente la dimensión social de la escuela, pues extrañan aprender directamente de sus docentes y socializar con sus pares. Conocimos también sus propuestas para garantizar la salud en la vuelta a la presencialidad.

¿Qué nos estamos perdiendo por no escuchar a nuestros estudiantes? ¿Cómo podemos crear un proyecto educativo donde el alumnado sea protagonista? ¿Qué pasaría si le preguntamos a todo el estudiantado iberoamericano cuál es la educación que desean para el 2030 y cómo construirla?

Podrán decir que darle participación a niños, niñas, adolescentes y jóvenes en estos procesos es una quimera, pero, coincidiendo con Mario Benedetti, ¿cómo vamos a creer que el mundo se quedó sin utopías?

Berenice Pacheco-Salazar es coordinadora de Ciencia, Innovación y Derechos Humanos de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) en República Dominicana.

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