Un año sin pisar mi escuela

La odisea de alimentar a 114 millones de niños confinados

El cierre de las escuelas en Latinoamérica y el Caribe por la covid-19 ha perjudicado la nutrición de los alumnos, especialmente los más pobres, pues era en el colegio donde recibían su única comida diaria. Viajamos por distintos países en busca de las soluciones aplicadas a este efecto colateral de la pandemia

Samuel, de siete años, y Daniel, de cinco, dos hermanos que viven en la periferia de São Paulo, en Brasil. Desde que su colegio cerró,  comen lo mismo todos los días: arroz y frijoles con huevo o un embutido
Samuel, de siete años, y Daniel, de cinco, dos hermanos que viven en la periferia de São Paulo, en Brasil. Desde que su colegio cerró, comen lo mismo todos los días: arroz y frijoles con huevo o un embutidoToni Pires

Ir a la escuela no es solo recibir formación académica. Para millones de niños pertenecientes a familias de bajos ingresos, el colegio es, por encima de todo, un seguro nutricional. Es el lugar donde pueden acceder a la que en muchos casos es su única comida completa del día. La crisis de la covid-19 ha supuesto el cierre de los centros escolares en 192 países del mundo; en América Latina, 114 millones de estudiantes tuvieron que permanecer en casa. Sin clases, sin profesores y sin el imprescindible menú escolar. En el pico de la pandemia, 368 millones de niños en todo el mundo se quedaron sin el servicio de comedor, según el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. En abril de 2021 solo en América Latina son más de 80 millones.

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Ante esta situación se han tomado medidas diferentes en cada país para repartir alimentos a los escolares y sus familias. En algunos casos, como en Argentina, se han facilitado bolsas de comida. En otros, como Brasil, el Gobierno asignó 537 millones de dólares a la iniciativa Bolsa Familia y añadió un millón de familias al programa. En Costa Rica se han preocupado más por el valor nutritivo de los productos que se enviaban, mientras que en Ecuador el de los batidos y galletas que se ofrecen es insuficiente, pues para muchos niños representa su única comida del día. En otros lugares, han sido las redes vecinales de apoyo las que se han hecho cargo del problema. En este reportaje gráfico recorremos el continente para ver cómo se están salvando obstáculos en la carrera por comer todos los días.

Argentina: Bolsones de alimentos para reemplazar el comedor escolar

Texto: Mar Centenera | Fotos: Gabriel Pecot

Ismael, de 10 años, vive con su padre, su madre y su sobrino Joaquín, de dos. Es lunes por la tarde y sobre la mesa de la cocina de esta casa de Buenos Aires está el bolsón de comida que las escuelas públicas de la capital argentina reparten cada 15 días. Tres litros de leche, dos zanahorias grandes, cebollas, naranjas, pasta, azúcar, arroz, aceite, un paquete de lentejas, una lata de atún y otra de guisantes figuran entre los alimentos entregados para reemplazar el servicio de comedor, que se mantiene suspendido por temor al contagio pese a la vuelta de las clases presenciales.

“Lo que más extraña Isma son las milanesas”, cuenta Guadalupe, su madre, sobre la carne empanada, una de las comidas favoritas de muchos niños argentinos. “Lo que dan en los bolsones hay que complementarlo, no alcanza”, subraya. Ismael está en el colegio y Joaquín en el jardín de infancia, pero ya está decidido el menú de esta noche: “fideos con tuco [macarrones con tomate] y pollo”. Mañana podrían preparar arroz con atún, propone Gabriel, el padre de Isma, “que es el que cocina en casa”, según Guadalupe. En el bolsón hay también mate cocido, la infusión que suelen mezclar con leche en las escuelas para el desayuno, y galletas, “lo que primero desaparece”.

Ecuador: Leches saborizadas y una galleta para desayunar

Texto: Belén Hernández | Fotos: Jaime Casal

Betty Castilla prepara en su cocina agua para hacer café. Confiesa, con mucho pesar, que su despensa y su nevera están vacías. Apenas se vislumbra un manojo de ajos y unos sobres con avena. Cada jueves va a recoger las tareas al colegio de uno de sus hijos, Elías, de 11 años; y cada dos meses o dos meses y medio, recibe en la misma aula la bolsa con las leches y las galletas de sus otros tres hijos, de 16, 12 y siete años, también escolarizados.

Leches en pequeños bricks de 200 mililitros con sabor a chocolate y néctar de frutas, todas con base de cereales, y una galleta de piña o manzana, que a veces era sustituida por una barrita energética. Ese es el aporte nutricional que recibían cada mañana los alumnos de las escuelas públicas en Ecuador cuando asistían a clase antes de la pandemia. Este mismo paquete, pero en bolsas con el contenido para un mes, es lo que el Gobierno reparte a las familias en cada colegio desde su cierre, sin una periodicidad fija. Aunque el valor nutricional de esta bebida y galleta es insuficiente, para muchos niños en situación de pobreza y vulnerabilidad era, probablemente, su única comida al día.

Para Castilla, vendedora ambulante de caramelos, este aporte nutricional de leche y galletas era muy útil para seguir alimentando a sus hijos, ahora que a diario lo poco que puede cocinar, como mucho, es una sopa de fideos. “Desde que comenzó la pandemia apenas sacamos cinco o seis dólares cada jornada para poder ponerles un plato a los muchachos”, lamenta. Desde el inicio de la pandemia no habían recibido ningún tipo de ayuda estatal y el pasado noviembre el Programa Mundial de Alimentos les ofreció un bono nutricional por valor de 240 dólares (unos 215 euros) canjeables por alimentos en una cadena de supermercados. “Con él pudimos comprar arroz, azúcar, queso, cereales, pollo, carne y yogur para todos. Además, pudimos hacer una comida especial para todos en Navidad”, reconoce Castilla. De este cupón se han beneficiado 16.000 familias en las zonas más afectadas por la covid-19.

Guatemala: De la granja de los vecinos al plato de los niños

Texto: Noor Mahtani | Fotos: Jaime Villanueva

La pandemia no ha conseguido borrar la carcajada a Cristina Jalal Caal. Aunque no lo ha tenido nada fácil. Esta robusta mujer de 45 años es viuda y tiene a su cargo siete hijos. Su única fuente de ingresos para mantenerlos han sido las ventas de su puestito de frutas y verduras a pie de carretera frente al colegio de dos de sus niñas, la Escuela Oficial Manuela P. de Contreras, en la aldea guatemalteca de Chimolón. Cebollas, mangos pelados y alguna que otra cocada de las que espanta incansable un par de moscas. “Con eso nos hemos apañado”, explica en poqomchi, una de la veintena de lenguas maya del país. “Y gracias a dios, cada ocho o diez días comemos pollo”. En su escueta despensa aún quedan algunos ingredientes de los alimentos recibidos por sus dos hijas matriculadas. Su bendición, como recalca.

Que sus niñas vayan a la escuela ha sido un alivio inesperado para la economía de la casa. Los alimentos que recibieron cada 25 días como sustituto del almuerzo escolar han sido fundamentales. En Guatemala, el país con la tasa de desnutrición crónica e infantil más alta de Latinoamérica, existe desde 2017 una normativa por la que estos comedores tienen que garantizar un menú con valor de cuatro quetzales por niño (unos 50 céntimos de euro) y que al menos la mitad de la producción sea local y no comida procesada. “Que estos alimentos siguieran llegando durante la pandemia fue vital para que las tasas de abandono escolar no se dispararan”, explica Déborah Suc, técnica territorial del programa de alimentación escolar de la FAO para Guatemala.

Jalal asiente: “De esas bolsas hemos comido todos”. Es domingo y le tocó ir a la escuela a buscarlas. Esta fecha no se le olvida. En cada uno de los sacos: dos bolsas de harina de maíz, tres libras de frijol negro, 15 huevos, un kilo de azúcar, una libra de ejote (habas), un litro de aceite de girasol y un par de kilos de verduras. “Lo que no pusieron fue jalapeños”, dice entre carcajadas. Hoy volverá a cocinar tortillas con uno de esos tomates que cultivó alguno de sus vecinos productores. Desde su rudimentaria cocina se escucha a las pequeñas corretear descalzas cerca del río Polochic. Jalal no puede evitar sonreír: “Igual también hago huevo duro”.

Brasil: Sin fruta ni verdura en casa

Texto: Felipe Betim | Fotos: Toni Pires

Gisele Fernanda Amancio, de 23 años, es una madre soltera que ha sentido el impacto del cierre de las escuelas en la alimentación de sus hijos. Samuel, de siete años, y Daniel, de cinco, frecuentaban el colegio entre las siete de la mañana y las cinco de la tarde antes de la pandemia. Comían cinco veces al día. “En la escuela había una variedad de frutas y verduras que no puedo ofrecer a mis hijos en casa”, explica Amancio. “Aquí comen lo mismo todos los días: arroz y frijoles con huevo o un embutido. Echan de menos algo distinto”.

La familia vive en una casa humilde en el barrio de Jardim Lapena, en la periferia de São Paulo. Amancio no tiene un empleo formal y necesita hacer pequeños trabajos de vendedora, como asistenta de limpieza y de entrega de folletos para dar de comer a sus hijos. Su única renta estable es un salario mínimo (1.100 reales, o 180 euros) de pensión que el Estado brasileño le da a su hijo Samuel, que nació con parálisis. Además, desde el inicio de los confinamientos, el Ayuntamiento de São Paulo concedió una tarjeta de alimentación con 63 reales (unos nueve euros) al mes para compensar el cierre de las escuelas.

“Tengo dinero para comprar leche, dos cartones de huevos, un kilo de pollo, un kilo de embutido… Lo que compraba antes de la pandemia duraba un mes. Ahora no más de dos semanas. ¿Cómo conseguir comida para otras dos semanas?”, cuestiona. Mientras conversa con EL PAÍS, sus hijos se alimentan con un plato de comida proporcionado por la asociación de vecinos del barrio. “Aquí tenemos bastante ayuda”.

Venezuela: Donde come uno, comen 14.000

Texto: Florantonia Singer | Fotos: Daniel Hernández

Dos kilos de zanahorias, 12 kilos de auyama (una especie de calabaza) y otros dos kilos de carne se procesan en la crema, a la que se le agrega una porción de queso. Este es el preparado que un jueves de marzo, por la tarde, almuerzan los dos hijos pequeños y la nieta de Laura Azuaje, vecina de un barrio de Caracas. El día anterior el menú fue arroz, carne y plátano asado. Ellos son parte de los 70 niños que asisten a uno de los comedores de Alimenta la Solidaridad, una ONG que surgió en medio de la emergencia humanitaria de Venezuela para contener el avance de la desnutrición. La Lucha, el barrio en el que vive Azuaje, mujer sin empleo de 39 años, es uno de los más de 240 en los que se ha desplegado la organización en 14 Estados del país, en cuyos centros se atiende a 14.400 niños. El esposo de Azuaje recibe un ingreso mínimo mensual de 1.200.000 bolívares (menos de un euro) como ayudante de chófer en una empresa que distribuye alimentos. Con el dinero que le dan cuando le toca hacer viajes reúne fondos para alimentar a su familia. El resto de la dieta lo completa la bolsa del CLAP (comité local de abastecimiento y producción) que entrega el Gobierno de Nicolás Maduro, en la que solo hay harina, arroz, azúcar y pasta.

El comedor del barrio de esta familia no pudo parar durante la pandemia. Antes de que se decretara el confinamiento, los niños comían en la casa de Mercedes Gómez, la encargada de cocinar para los beneficiarios. Cuando todos hubieron de quedarse en casa ideó un sistema de envío a domicilio: un colaborador iba a pie por el barrio entregando los envases a cada beneficiario. La mujer es una líder comunitaria y se siente orgullosa de haber sacado de la desnutrición a los primeros niños que recibió. “Si un día yo no enciendo mi cocina, ellos no comen nada”, dice. Además de comida, la ONG hace seguimientos nutricionales y actividades de refuerzo educativo y recreativas.

Chile: Acostumbrarse a comer de todo

Texto: Rocío Montes | Fotos: Cristian Soto

Renata tiene siete años y vive en la zona precordillerana de Santiago de Chile (el municipio de Peñalolén) junto a su hermano Mauro (17) y su madre, Francisca Garcés (34), que tiene empleos esporádicos haciendo limpiezas. Ella es la jefa del hogar. Desde que los colegios en Chile cerraron hace ya un año, la niña no desayuna ni almuerza en la escuela, sino que recibe una caja de alimentos mensualmente. La misma que obtiene su hermano, que estudia secundaria.

En este curso 2021 que ha arrancado en marzo, la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (Junaeb) entregó canastas alimentarias para 1.796.433. estudiantes chilenos que lo necesitan, equivalentes a lo que habrían comido en el desayuno y el almuerzo por 15 días hábiles en sus respectivos establecimientos. Incluye productos no perecederos, pescados en conserva, carnes congeladas y verduras y frutas frescas, de acuerdo a una tabla nutricional. La madre cuenta que las cajas representan una ayuda importante para su presupuesto y que lo primero que desaparece son las barras de cereal. “Mis hijos no son mañosos [complicados], porque siempre los acostumbré a comer de todo, como legumbres”, relata Francisca. “En cualquier caso, su plato favorito son los espaguetis con salmón”, asegura la mujer, que incluso ha dejado de pagar las cuentas básicas en la cuarentena para asegurar que sus niños no dejen de alimentarse adecuadamente.

Colombia: Toca comer verduras, Juan

Texto: Santiago Torrado | Fotos: Camilo Rozo

Juan Manuel, de cuatro años, está dispuesto a contarle a quien lo quiera escuchar que no le gustan las verduras. Asegura que es “alérgico” en tono juguetón. “Pero toca comerlas”, le alienta su mamá, Biviana Linares, mientras le sirve un plato con una mezcla de carne con verduras, arroz y aguacate, pollo y arroz con fideos en su hogar, en una zona rural y montañosa en las afueras de Bogotá. Juan Manuel está en Transición (el paso de preescolar al colegio) y tiene una hermana de 17 años en el último curso, Valentina, que sueña con estudiar Medicina en la universidad. Ambos pertenecen al colegio rural Monteverde y no reciben clases presenciales desde hace un año.

En Bogotá, donde se avanza desde enero en una reapertura gradual de los colegios, las familias de unos 753.000 estudiantes del sistema de educación pública dependen de los vívieres que reciben del Programa de Alimentación Escolar (PAE). A causa de la pandemia, el PAE se adaptó a la educación virtual con dos modalidades: un bono alimentario y una ración para preparar en casa. El bono, para estudiantes de la zona urbana, consiste en 50.000 pesos (unos 12 euros) mensuales para ser redimidos por alimentos, mientras que la ración corresponde a la entrega de una canasta básica de productos para las zonas rurales dispersas. Cada 15 días, Biviana, que trabaja como vigilante, recoge en el colegio 30 huevos, un kilo de carne, pulpa de fruta, un paquete de habichuelas, zanahorias, galletas dulces, dos libras de arroz, una libra de lentejas, dos bolsas de leche y una botella de aceite por cada uno de sus hijos. “El mercado es una ayuda increíble para nosotros”, asegura.

Costa Rica: Aprender con arroz, frijoles y piña

Texto y fotos: Álvaro Murillo

Se llama Matthew y ama la piza, como tantos niños, pero su madre apenas tiene para pagar el alquiler y el menú del comedor escolar solo ofrece comidas saludables. Ese lunes servían arroz y frijoles (que no pueden faltar en Costa Rica) con pollo en salsa caribeña y ensalada de repollo, más una rebanada de piña fresca y un vaso de agua, pero este alumno de quinto grado de primaria igual disfruta su almuerzo. Más le vale, porque en casa el refrigerador estaba casi vacío. Si no come aquí, probablemente pase hambre por la tarde porque su mamá, Silvia Elena Gómez, es vendedora de lotería y hay días que vuelve a casa con las manos vacías.

A ella le tranquiliza saber que su niño de 11 años acude a diario al comedor con todos los compañeros de la escuela Ascensión Esquivel, en la ciudad de Alajuela. Papas con pollo, frijoles tiernos con cerdo, garbanzos, pepino, lechuga zanahoria o yogur… Las opciones de la semana parecen suficientes para que Mathew pueda atender sus clases sin problemas de nutrición.

Ese mismo día la escuela repartía bolsas con comida, parte de los 850.000 paquetes previstos para enviar a las casas en este mes, después de que en 2020 se entregaran 8,5 millones de ellos con un coste aproximado de 140 millones de euros; pero ni un peso hubieron de pagar los beneficiarios. Además, estas mismas bolsas fueron el canal de comunicación de las escuelas con muchos padres de familia. Deberes, recados y hasta cartas de ánimo viajaban en medio de papayas y paquetes de arroz para evitar que los estudiantes se desconectaran por completo.

Los menús o los paquetes se arman con el criterio de nutricionistas, e incluyen vegetales y frutas frescas, huevos, carne, leche y granos básicos de la dieta costarricense. Cualquier bebida azucarada queda fuera y en su lugar sirven agua. Las advertencias por problemas de obesidad calaron hace pocos años en las autoridades educativas y por eso Matthew disfruta como postre una rodaja de piña amarilla. Su madre dice que aquí consume sin mayores problemas lo que a veces rehúsa comer en casa. La presión social de comer en grupo ayuda, bromean las cocineras.

Perú: A la escuela a por la bolsa de comida

Texto:Jacqueline Fowks | Fotos: Ministerio de Desarrollo e Inclusión de Perú

El pasado 15 de marzo, numerosas jefas de familia se aproximaban al colegio público 1135 de Santa Clara de Lima, en Perú, para recoger los productos alimentarios facilitados por el Programa de Alimentación Escolar Qali Warma, promovido por el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social. Antes de la pandemia, los estudiantes recibían un desayuno escolar preparado en la escuela, pero desde abril el Estado entrega artículos no perecederos.

En Lima se reparten cada 25 días productos como aceite vegetal, arroz fortificado, azúcar moreno, latas de conserva de carne, pollo o gallina, conservas de pescado, fideos, harina de trigo, hojuelas de avena con cañihua (grano cultivado en los Andes de características similares a la quinoa) y leche evaporada. En la escuela de Santa Clara, por cada escolar se da a los padres dos botellas de aceite de 250 ml., una bolsa pequeña de harina, 250 gramos de azúcar, tres latas de leche evaporada, tres latas de conserva de pollo, cuatro latas de atún, una bolsa de avena y una bolsa de arroz.

Los padres de familia, no obstante, suelen quejarse en la página de Facebook de Qali Warma de que la cantidad es insuficiente y los productos de marcas desconocidas. Los alimentos varían ligeramente en las regiones andinas y la Amazonía. Según el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social de Perú, más de cuatro millones de alumnos de primaria en situación de pobreza o vulnerabilidad reciben alimento escolar en 64.000 escuelas.

Bolivia: Un quintal de arroz que salva

Textos: Andrés Rodríguez | Fotos: A. Rodríguez y Pierre Bamin

Cuando Luis Fernando Pardo iba a su colegio, en el municipio boliviano de Cochabamba, cada día podía comer un bizcocho con pasas de uva, galletas con almendra, una rosca de maíz, una mandarina o una banana. Estos alimentos sólidos iban acompañados de tres variedades de leche: chocolatada, con avena y con quinoa. Era parte de su desayuno escolar, una dotación alimenticia que se entregaba a cada estudiante del sistema público de educación. Tras la suspensión de clases el 12 de marzo del pasado año, Luis Fernando dejó de recibirlos.

La cuarentena rígida, que se extendió durante tres meses en Bolivia desde aquel marzo de 2020, hizo estragos en los ingresos de muchas familias de un país con una de las mayores economías informales del mundo. Así, la dotación del desayuno escolar, o su equivalente en especies o dinero, se convirtió en un motivo de conflicto en diferentes municipios: marchas, protestas, enfrentamientos con las fuerzas del orden, bloqueo de calles… Y hasta el secuestro de autoridades municipales fueron las acciones que los padres de familia de diferentes regiones protagonizaron para recibir una ayuda de cualquier tipo.

El año escolar en Bolivia fue clausurado el 2 de agosto. Desde entonces, Sabina Pardo, la madre de Luis Fernando, tuvo que asistir a distintas marchas y protestas para poder recibir una dotación alimentaria con recursos del desayuno escolar. Después de varios meses de diálogo, de presionar a las autoridades municipales y superar procesos burocráticos, la segunda semana de marzo pudo, finalmente, cobrar la suma de 240 bolivianos, equivalente a 29 euros, que se entregó a los padres por cada hijo inscrito en la escuela. “Les dije en mi casa que como era dinero del desayuno escolar, tenía que ser para la comida”, afirma. Con esta suma, a la familia Pardo le alcanzó para comprar un quintal de arroz (46 kilos), una cantidad que puede alimentarles por lo menos durante seis meses. “Es siempre una ayudita extra para comprarse lo que falta. No alcanza para todo, pero se hace lo que se puede. Siempre salva”, finaliza.

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