Las nanas de la guerra
A menudo nos faltan palabras para nombrar lo que vivimos; entonces, nos valemos de metáforas y analogías, de mundos fantásticos, inventamos personajes


A la urgencia y a la parálisis las separa una línea muy fina. Basta verse en el ojo de un huracán informativo para sentir cómo uno va perdiendo gradualmente la capacidad de reaccionar ante los desastres que pueblan el grotesco espectáculo del mundo. Los conflictos pariendo más conflictos, los líderes autoritarios cebando con más y más odio sus delirios, las bombas, las ruinas, el abismo insalvable entre el dolor y la reparación. Todo va demasiado rápido, y nosotros, como bajo el efecto de luces estroboscópicas, nos movemos demasiado lento.
Resulta poco natural asimilar la medida de las pérdidas con tanta aceleración. La imaginación necesita ir más despacio, detenerse a mirar uno a uno los horrores, aislarlos del zumbido como abejas en un enjambre. Tomo esta imagen de la película El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), cuando la niña Ana observa una malla llena de abejas. En sus ojos vemos enlazarse y desenlazarse el pensamiento, absorta en lo que ve pero también en lo que imagina. Volví a verla hace poco y lo que hace 20 años me había parecido una película sobre las aventuras silenciosas de una niña y unos monstruos relativamente benévolos, a pesar de saber, porque me lo contaron, que era un retrato de las heridas de la posguerra, ahora, con 30, me parece eso y más: no es solo una metáfora del trauma, es una propuesta ética para abordarlo. El imaginario infantil como lenguaje de lo indecible.
Otra película más reciente sirve como ejemplo. En La casa de los conejos (Valeria Selinger, 2020), Laura es una niña de ocho años que juega a buscar escondites y a cuidar de los conejos de la casa donde vive con su madre y los amigos de esta. La película pasa plácida a través de sus ojos, con una cotidianeidad de detalles fragmentados que solo al final desvelan su verdadero significado: la casa de los conejos es una imprenta montonera, y ha sido descubierta por los militares. Son dos películas en una. La película de Laura, lenta, soñadora. La película de los adultos, afilada y rápida, literal en su horror.
Es de esa literalidad de la que huimos los adultos cuando recurrimos al imaginario infantil. Ante la desmesura del horror, cambiamos la perspectiva para atender a detalles que pudieron ser obviados, ampliamos o reducimos el foco, hacemos otro tipo de conexiones. Abordar historias traumáticas es un gesto retrospectivo, necesitamos distancia y tiempo para enfrentarlas. Aun así, a menudo el horror carece de vías de entrada y nos faltan palabras para nombrar lo que vivimos, o lo que heredamos. Entonces, nos valemos de metáforas y analogías, de mundos fantásticos que más o menos veladamente representan estos mundos nuestros, tan literales que no sabemos cómo entender; inventamos personajes y máscaras para nuestras culpas y nuestras contradicciones; reyes que no aprendieron a amar, hadas que amaron demasiado, reinos olvidados bajo el agua… y niños. Inventamos niños que narren nuestras historias, para contarnos lo que perdimos, lo que destruimos.
Tratar de ver el mundo a través de su conciencia nos abre la oportunidad de una medida ética. No hablo de una ética que tenga a los niños por sujetos, u objetos, de la moral. No se trata de convertir a los niños en estandartes políticos, ni de poner el grito en el cielo: “¡¿Es que nadie va a pensar en los niños?!”, como la puritana esposa del reverendo Lovejoy en Los Simpson. Sabemos que, a menudo, eso se traduce en la defensa de valores reaccionarios, el pin parental de Vox es un ejemplo rotundo. No son los niños, en tanto que seres, sino lo infantil, en tanto que posibilidad, en tanto que metáfora de una visión de futuro, lo que puede ser útil para abordar el trauma.
La propuesta ética consiste en preguntarse por la frontera entre lo que es y lo que no, o mejor dicho: entre lo que es y lo que podrá ser, lo que podrá ocurrir y crecer y rehacerse ahí donde la literalidad ha dejado ciudades arrasadas, escombros, escuelas y parques bajo tierra. ¿Qué verán los niños cuando miren ese mundo, su mundo? ¿Qué entenderán y qué rellenarán con fantasía? ¿Cómo contarán las supervivientes del bombardeo en la escuela Shajarah Tayyebeh del sur de Irán la muerte de sus compañeras? ¿Cómo contará Liam Conejo Ramos los días que pasó en el Centro Procesamiento de Inmigración de Dilley después de que el ICE lo detuviera? ¿Cómo contarán Gaza los hijos y nietos que la vieron arder?
La reparación es un horizonte lejano, sin duda inalcanzable ahora, que solo se nos desvela en forma de ficción. Pensar en ella nos obliga a especular sobre los derroteros que tomará el mundo para dar sentido al caos. Tendremos que inventarnos historias para narrarlo, y niños para responder ante él. Reparar es, primero, imaginar: imaginar un escenario donde el encuentro es posible; segundo, es reconocer: reconocer las heridas infligidas, las heridas negadas; y por último, es crear una ética capaz de poner en palabras la memoria del dolor. Quizá pensar en los niños del futuro, en los niños que inventaremos para responder al horror, en sus cuentos, sus nanas, en su mirada absorta en un panal de abejas, atenta pero algo distante, dudosa, inquisitiva, logre darnos una primera pista del camino hacia ese horizonte imposible.
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