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COLUMNA

Haciendo gala del silencio

Si a nadie le gusta caer mal, a quien hace un trabajo público mucho menos

Javier Bardem y Priyanka Chopra en el escenario del Teatro Dolby para presentar el premio a la mejor película internacional.Mike Blake (REUTERS)

Si se te llena la boca con la palabra libertad deberías entender que un artista que acude a una gala aproveche su momento para agradecer la suerte que lo llevó hasta allí y para denunciar la injusticia como un ciudadano. La denuncia ha sido consustancial al arte, así que no hay que extrañarse de que los cómicos, que se movieron con frecuencia en los márgenes de la sociedad, sientan una identificación mayor con quien es vapuleado. Si lo que dices es que la gente del cine se ve presionada a manifestarse acerca de ciertas causas porque sus compañeros lo hacen, te diría que son oficios gregarios, lo son, porque es una profesión de gente vulnerable que necesita sentir el calor del grupo y unos influyen en otros de manera natural. Hay un lazo invisible que los une, y solo cuando pasas tiempo entre ellos entiendes ese calor que les protege. Si lo que piensas es que así consiguen más trabajos, subvenciones, o ventajas, te diré que jamás he conocido a un actor o actriz que logre más papeles por manifestarse contra una guerra, por la causa palestina, la feminista o la que fuere. No creo que a la hora de definir un reparto se considere la ideología del artista. Solo hay que ver películas de Berlanga, tan llenas todas de secundarios, para observar que convivían criaturas de todo pelaje. Si crees que elegir el momento de una fiesta como los Goya para denunciar la inhumanidad beneficia y no pasa factura, te equivocas, porque parte del público, que posee ya prejuicios contra el cine español, los agrandará aún más y colocará a quien lució una chapa reivindicativa en la casilla de los rebeldes paniaguados. Si a nadie le gusta caer mal, a quien hace un trabajo público mucho menos.

Pero ahora, vamos a fijarnos en los Oscar. Tal vez te parezca que los integrantes del universo cinematográfico estadounidense sí que saben distinguir entre una entrega de premios que celebra el entretenimiento y una reunión de aguafiestas que van a echar el mitin. No deja de ser curioso que en tal celebración la única persona que se significara contra la guerra y por Palestina fuera un español, Javier Bardem. Tanto definir a los cómicos españoles como antisistema que viven del sistema y no arriesgan su bienestar y luego resulta que quien destacó por ampliar los límites de la libertad de expresión, que siempre se estrechan cuando no se usan, fuera un español que pone en riesgo su trabajo en un país donde, como se demostró, las declaraciones de un intérprete pueden afectar a sus próximos contratos.

Y te pregunto, ¿no sería cuestión de alegrarse de que, a pesar de la creciente tensión política, en España aún se respire cierta libertad cuando alguien toma la palabra? Porque lo que chirriaba en la dichosa gala de los Oscar era el silencio, y las bromas presuntamente agudas sobre los nominados no tapaban esa vergüenza. Si se hubieran acordado al menos de los inmigrantes que sirven en casa de la mayoría de los asistentes y que hoy salen a la calle muertos de miedo, qué menos. Como declaró Mark Ruffalo en la alfombra roja de los Golden Globes mostrando una chapa en memoria de los asesinados en Minneapolis: “Esto es por la gente que hoy está muerta de miedo, ¿es que podemos estar aquí haciendo como que no está pasando nada?”. Han pasado tres meses de aquello y las decisiones del tipo que solo cree en su propia moralidad, como definió irónicamente Ruffalo a Trump, solo han provocado víctimas inocentes y un desorden mundial que nos puede abocar al desastre. Liam Conejo, el niño que simbolizó la crueldad contra los inmigrantes y pasó unas noches en un centro de detención, va a ser deportado a Ecuador. ¿Cómo íbamos a esperar que aquellos artistas vestidos de gala y observados a nivel planetario fingieran que no estaba ocurriendo nada fuera de la burbuja hollywoodiense? Aunque solo fuera por la atención algo papanatas que les prestamos, debieran habernos devuelto un poco de su presunta humanidad.

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