La querella de la conquista
En un proceso tan complejo, prolongado y lleno de contradicciones, violencia, alianzas y desigualdades es evidente que se produjeron abusos


Las declaraciones del Rey diciendo que en la conquista de América se produjeron abusos son de sentido común. También es razonable señalar, como hizo, que no podemos aspirar al conocimiento desde un “excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso”. En un proceso tan complejo, prolongado y lleno de contradicciones, violencia, alianzas, rupturas y desigualdades es evidente que se produjeron abusos.
La sobrerreacción que vemos en sectores variados, por parte de quienes celebran o denuncian una disculpa que no se produjo, muestra que estamos muy ocupados pero sobre todo en el hiperanálisis. Que una obviedad resulte tan desestabilizadora confirma que andamos bastante desquiciados. Por supuesto, el contexto está marcado por las exigencias desabridas del anterior presidente mexicano. Y algunos sospechan que esto podría acabar, tarde o temprano, en una petición de perdón que, además de ser ridícula, no llevaría a ninguna parte: como recuerda en La invención del agravio Félix Ovejero, quien obtiene réditos de la ofensa no ve mucha ventaja en cancelarla.
En palabras de Tzvetan Todorov, en nuestro tiempo “nadie quiere ser víctima pero todos quieren haberlo sido”. Hay inconsistencias entre quienes reprochan exclusivamente a España las injusticias con las poblaciones autóctonas: las jóvenes repúblicas llevaron a cabo severas políticas de homogeneización cuando construían sus Estados nacionales y las desigualdades han perdurado mucho después de la Independencia. También exigen disculpas a España y no a Estados Unidos, que arrebató gran parte del territorio mexicano.
Pero tampoco se quedan atrás nuestros querellantes locales, grandes exponentes de la pesadez patria. Entre ellos destacan quienes, como Vox, la presidenta de la Comunidad de Madrid y una parte del comentariado, presentan el encuentro como algo totalmente benéfico. Y también quienes condenan inapelablemente el papel de los españoles; a veces, como si, entre otras cosas, pudiera deshacerse un pasado que no se molestan en conocer. Los cheerleaders de la Hispanidad citan pero no asumen los reparos que figuras españolas pusieron a esos abusos de la conquista. Y, por otra parte, los críticos, tan aficionados a denigrar España, una potencia menor desde hace mucho tiempo, parecen añorar ese momento en el que el país de sus demonios era muy malo, pero todavía poderoso.
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