Viajar con la mortaja
Ni tengo seguro de decesos ni idea de hacérmelo, cuando lo único seguro en la vida es que todos moriremos


Mi abuela Gabina viajaba siempre con la mortaja en la maleta. Bueno, lo de viajar y lo de la maleta son licencias prosaicas. Los únicos viajes que hizo en su vida fueron los 300 kilómetros entre su pueblo y Alicante, y los 400 entre Alicante y Madrid, y su única maleta, una bolsa de lona que se negaba a cambiar porque le hacía el servicio y comprar otra era desperdiciar los cuartos. Total, que, cuando mi yaya, viuda eterna que no consintió jamás quitarse el luto, venía a casa a pasar el invierno, lo primero que hacía era colgar un hábito castaño oscuro casi negro en su funda de plástico en una esquina del armario que compartía con su nieta mayor, o sea, servidora, con mi correspondiente respingo al ser informada de su boca del destino del modelito, que entonces no se tenían tantas contemplaciones con los críos. Menuda era la Gabina. Décadas llevaba pagando los muertos, aunque no hubiera para aceite. Pero, aun teniendo el coche, la caja, el duelo y la sepultura pagados, no quería darle guerra a sus hijos pensando en qué ponerle llegada la hora. Eso era previsión y no lo de ahora.
Yo comprendo que debe de ser difícil hacer anuncios de seguros de decesos en una época en que la muerte es infinitamente más tabú que el sexo, pero la última hornada es directamente estupefaciente. O delirantes, como el que invita a comprar un nicho como quien compra un bungaló en Punta Cana. O transcendentes, como el que comprime una vida de 80 años en 20 segundos. O, peor, lacrimógenos, como uno en el que se te muere el amigo que te acogió en su casa tras tu divorcio. En fin, leyendo todo esto dirán que a esta agorera qué le pasa. Pues que escribo mientras hago la maleta para un viaje a Egipto que no puedo cancelar porque la agencia no me devuelve la pasta y, con la que está cayendo, me ha dado por pensar en lo impensable. Siguiendo mi habitual política de esconder la cabeza bajo el ala, ni tengo seguro de muertos ni idea de hacérmelo, cuando lo único seguro que tenemos en la vida es que vamos a morir todos. Así que, si no vuelvo, que me dejen en el valle de los Reyes, que allí no estorbo a nadie. A mi abuela Gabina, por terminar la historia, le tocó morirse en Alicante, en casa de su hija Criptana, así llamada en honor a la virgen de su pueblo, quien, por supuesto, amortajó a su madre con todo el amor del mundo tal como ella había dejado dicho, aunque tuviera la cabeza perdida hacía lustros. Benditas sean.
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