Nadar para morir en una tarjeta roja
Parece ser que el árbitro no recordaba que Camavinga ya tenía una amarilla: es sabido que las Champions se deciden por detalles


Ya había amenazado Rudiger con convertir el partidazo en un manicomio cuando se ganó una amarilla en la segunda parte, con Militao ya amonestado, por protestar. Por protestar, que se dice pronto. Tienes a Olise, Kane, Díaz o Musiala enfrente, y te vas corriendo al centro del campo a decirle cuatro tonterías al árbitro.
Pero eso fue la previa. Rudiger solo estaba teloneando a Camavinga. Que salió en la segunda parte para refrescar el centro del campo, ordenar la salida del balón y exhibir físico en la recuperación, y recibió dos amarillas que le van a perseguir un tiempo importante. ¿Es justa una segunda amarilla por llevarse el balón para que el rival no saque cuando además vais empatados en la eliminatoria, ni siquiera ganas? ¿Puede expulsarse a alguien así por eso? ¿Podía haberse ahorrado la chiquillada Camavinga en esos minutos y bajo esa presión?
Parece ser que el árbitro no recordaba que el francés ya tenía una amarilla, y al sacársela se dio cuenta de que lo había expulsado: ya era tarde para todo, también para meterse debajo de cama. Es sabido que las Champions se deciden por detalles.
Hasta ese momento el Madrid lo veía posible, lo veía cerca, lo tenía al alcance de una contra, de alguna de las muchas ocasiones que se desperdiciaron en el área alemana. En esas estaban los dos gigantes, midiéndose las piernas y los pulmones, mirando de reojo una prórroga con pinta de legendaria (4-4 en el global), hasta que llegó la expulsión. Fue desabrocharse un momento la camisa el Madrid y ejecutar el Bayern con la prisa de un demonio.
El tercer gol del Real en la primera parte de Múnich es todo lo que se pudo ser este año y ya no será. Algo mejor, o al menos algo más sencillo. Un balón electrificado que conduce Vinicius por la banda amagando a su marcador mientras espera noticias por el centro, donde Mbappé acompaña al trote cochinero mirando a cierta distancia como un arroaz. Se agita un poco, en tembleque, la línea defensiva del Bayern. Y Mbappé, como si lo hubiese espabilado un cubo de agua, empieza a esprintar. Ha visto un espacio, un pasillo, un hueco que ocupar él solo. Y nadie corre más que Mbappé en el campo, así que sin balón se lanza como un poseso al centro del área dejando todos atrás. Vini sólo tiene que dársela para que Kylian ejecute. Hace unos años dijo Cristiano que a Mbappé le faltaban movimientos de 9 puro, de animal del área; es verdad, pero el francés leyó por fin a Vini en el Allianz y no buscó el balón, sino el espacio. Los espacios en el fútbol se fabrican, como Butragueño o Romario, o se atacan, como Ronaldo, cualquier Ronaldo.
Antes del descanso Bayern y Madrid ya habían dejado un intercambio memorable. Empezó todo con un bello canto al fútbol: el fallo de Neuer. Manuel Neuer, uno de los mejores porteros de la historia, lleva jugando al fútbol unos seiscientos años y no en cualquier sitio: en el Bayern y en la selección alemana. Hizo un partido de ciencia ficción en Madrid, donde le faltó montar él mismo las porterías y barrer las gradas. Y resulta que en unos cuartos de Champions, con su estadio enloquecido, le tembló el pie o el cerebro a los treinta segundos, y le entregó el balón a Arda Guler. ¿Hay mayor homenaje al fútbol? ¿Hay mejor forma de decirle a cualquiera que el pasado domingo, en la liga de empresas, le pasó algo parecido, que el Dios Fútbol no atiende a razones ni prestigios? Que en los escenarios imperiales, ante rivales aterradores, Neuer falle como un novato, significa que el fútbol está más vivo que nunca: sigue siendo una cosa de niños con la maravillosa capacidad de ponerse nerviosos.
Y hasta aquí. El Real Madrid se va como hay que irse siempre de Europa: cuando no queda más remedio, jugando a lo grande. En Múnich, con uno menos, y en los últimos minutos. Se dejó todo allí, hasta tres golazos en la primera parte. No le apartó la mirada un segundo al Bayern. No le bastó.
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