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tribuna

El cisne negro de Pedro Sánchez

El recrudecimiento de la relación con EE UU es lo que el presidente socialista necesitaba para acabar de coronarse como líder de la izquierda

Pedro Sánchez, durante su declaración institucional este miércoles en el Palacio de la Moncloa.Borja Puig de la Bellacasa (Moncloa)

A Pedro Sánchez se le ha aparecido, otra vez, un cisne negro. El objetivo del presidente del Gobierno de aquí a que haya elecciones en España es comerse, en lo posible, el espacio de Sumar y Podemos. El tablero ya está girando a la derecha y las opciones electorales del PSOE están hoy entre sus socios. El recrudecimiento de la relación con Estados Unidos, a cuenta de Irán, es lo que Sánchez necesitaba para acabar de coronarse como líder de la izquierda. A fin de cuentas, su “no a la guerra” tiene profundas implicaciones en nuestro país. Primero, es un lema más transversal de lo que la derecha quisiera, a la contra del expresidente José María Aznar. Segundo, es la proclama con la que Podemos se presentó a las elecciones europeas de 2024. No es la primera vez que Sánchez desempolva esa idea, consciente de que hay una identidad profundamente antimilitarista en la izquierda española. Ocurrió con la guerra en Gaza, contra las acciones del Gobierno de Benjamín Netanyahu, y recientemente cuando Trump impulsó la operación contra Nicolás Maduro en Venezuela. Aunque la mayor implicación militar de este Gobierno haya venido por la invasión rusa de Ucrania, España siempre ha adoptado un perfil mediático bajo en su solidaridad con las tropas ucranianas, seguramente consciente de que tampoco es un tema que venda tanto entre sus adeptos.

Así pues, Sánchez ha decidido hacer del tablero geopolítico la virtud que no tiene en la política doméstica. Entrar en disputas con los tecnoligarcas, presentarse como el mayor valedor del fenómeno migratorio frente a las acciones del ICE estadounidense e impugnar las acciones unilaterales de EE UU en el seno de la ONU forman parte de la misma estrategia. La soberanía nacional no es un término tan habitual en la izquierda; quizás lo fue en la crisis de austeridad de 2010, pero lo llamativo es que en el mundo actual vuelve a cobrar fuerza, y no es tanto en el espacio del PSOE como en el de sus competidores donde da síntomas de estar resurgiendo. Sin embargo, la foto de protagonismo internacional del Ejecutivo contrasta profundamente con la parálisis en el Congreso: por mucho que la imagen de Sánchez recorra los periódicos de medio mundo, el Gobierno no tiene Presupuestos Generales del Estado; el PSOE languidece en comunidades como Extremadura, Aragón y previsiblemente en Castilla y León o Andalucía; la política del Ejecutivo se mueve mejor en momentos de resistencia —como la pandemia, la crisis de inflación o las previsibles consecuencias de la guerra en Irán— que de forma proactiva, a la hora de aglutinar a sus socios.

Esa situación choca a su vez con los posicionamientos de la derecha: esta se divide hoy en España entre quienes siguen creyendo en las instituciones del orden liberal y quienes consideran que deberíamos arrimarnos a espacios de influencia. El PP ya atravesó incongruencias con Venezuela, entre aquellos que defendían el derecho internacional —como entonces ministro José Manuel García Margallo, y hasta Aznar, a su manera— y quienes creían que el fin justifica los medios. Luego está Vox, que tiende a fardar de su cercanía con EE UU. El caso es que Sánchez creía jugar con cierto favor de Bruselas, como hasta ahora, por el respeto de la soberanía nacional iraní, pero tanto Alemania como Francia (además del Reino Unido) apoyan a EE UU en sus acciones. Las declaraciones iniciales apelando a la legalidad internacional se han vuelto críticas a Irán tras el ataque de este país a los vecinos del Golfo Pérsico, así como a las bases militares occidentales en la zona. Con todo, el presidente se ha arriesgado a que esta vez sus gestos internacionales tengan aplicaciones prácticas por la imprevisibilidad y el poderío de Trump.

Este no se quedó satisfecho con el alarde de soberanía de España en la OTAN cuando el Ejecutivo se negó a alcanzar el 5% de gasto en defensa. Es probable que a muchos países de la UE les incomode, ahora como entonces, la contundencia del nuestro, toda vez que no pueden replicarlo ante sus opiniones públicas. Bruselas puede permitirse, a lo sumo, un Estado díscolo o una oveja negra, a riesgo de que las sanciones con que amenaza la Casa Blanca se repliquen por todo nuestro continente. El mayor problema en adelante podría venir de que EE UU entrara en un choque por el uso de las bases americanas en nuestro suelo: España negando que puedan ser usadas; Trump actuando por la fuerza imperativa de los hechos, o mediante represalias comerciales. En definitiva, la refriega contra Estados Unidos, como lo fue contra la Argentina de Javier Milei, tiene derivadas internacionales, pero la mayoría de ellas son internas. Sánchez ha decidido que su éxito en los comicios de 2027 ya solo pasa por ser el líder indiscutible a la izquierda del PSOE. Aunque los conflictos bélicos no solucionen el tema de la vivienda ni el de los bajos salarios en España, como tampoco son un revulsivo de voto en ninguna comunidad autónoma de las que están por concurrir a los comicios, el objetivo de La Moncloa hoy son las elecciones generales. Es decir, barrer en lo posible lo que queda de Sumar y Podemos. Y, sin embargo, el cisne negro es tan imprevisible cuando aparece como en sus efectos.

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