Irán, un ojo en el cielo y otro en el suelo
Los ayatolás y militares que rigen con mano dura los destinos del país se hallan frente a una “lucha existencial” por su supervivencia. Por eso su apuesta es alargar el conflicto

El asesinato de Ali Jameneí el pasado sábado en un ataque ha convulsionado, en apariencia, la estructura de poder en la República Islámica. El líder supremo constituye el nexo de unión entre los diferentes estamentos que componen el —intrincado y anular— sistema de gobierno iraní y preside las fuerzas armadas junto con los grupos paramilitares, que dependen directamente de él. Eliminar por tanto a un personaje que, además, ejerce un ascendente espiritual notable entre millones de chiíes duodecimanos, quienes lo consideran intermediario entre los fieles y el imam oculto o mahdi que reaparecerá al final de los tiempos, pone en evidencia, además, a los servicios de inteligencia de Teherán. Sabiendo que Jameneí encabezaba los objetivos prioritarios de la ofensiva estadounidense —el propio Donald Trump dijo que era “un blanco fácil”—, no se explica cómo se les ocurre organizar, en su residencia oficial en el centro de la capital, una reunión con algunos de los máximos representantes del estamento militar y la inteligencia.
En cualquier caso, Jameneí estaba ya amortizado. En 2017, en medio de rumores sobre su estado de salud, incluido un cáncer de próstata, se barajaron varios nombres para substituirlo. En 2014, superados los 85 años de edad, se presentó en el mausoleo del octavo imam, Ali ben Musa Reza, en su ciudad natal, Mashad, con una mortaja, afirmando su disposición al “martirio”. La rapidez con la que el régimen anunció la composición del terceto que temporalmente asume el mando de la República, en cumplimiento del artículo 111 de la Constitución, muestra que habían previsto la contingencia desde hacía tiempo. Y el hecho de que entre estos tres dirigentes aparezcan dos representantes de la línea dura ilustra, al mismo tiempo, que Teherán está dispuesta a hacer frente a la “agresión imperialista” de estadounidenses e israelíes con todos los medios a su alcance. Para los ayatolás y militares fuertemente ideologizados que siguen rigiendo los destinos del país nos hallamos, lo mismo que para el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, frente a una “lucha existencial” por la supervivencia. El ayatolá Ali Reza Arafi ha destacado siempre por mantener una postura de firmeza frente a las voces que abogaron, sobre todo en los noventa y principios de este siglo, por un diálogo constructivo con Occidente. Al contrario que Masud Pezeshkian, presidente de la República, y el jefe del Poder judicial, Gholam Mohseni Eyai, integrante del triunvirato por mor del cargo que ostentan, Arafi, como estipula el texto constitucional, ha sido elegido de entre los miembros del Consejo de Guardianes. Este, encargado de supervisar las elecciones legislativas y velar por que los diputados de la Asamblea Consultiva Islámica (Parlamento) observen una “conducta islámica” intachable, es probablemente el más taxativo de los 12 miembros que componen tal consejo. Eyai, alfaquí con rango de hoyatoleslam, inferior al de ayatolá, se hizo tristemente célebre entre los iraníes que vienen saliendo a la calle de forma intermitente desde hace años por sus llamados a reprimir las manifestaciones con “mano dura”. Pazashkian, por su parte, a quien algunos consideraban una especie de paloma en los círculos políticos del país, poca trascendencia tiene en lo referente al verdadero ejercicio de poder en la República.
Si a lo anterior añadimos que el encargado de anunciar esta asamblea —o Consejo de Liderazgo, como lo llama la Constitución— fue Ali Lariyani, presidente en la actualidad del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, podemos hacernos una composición de lugar del rumbo que está adoptando el gobierno iraní tras la desaparición del Guía Supremo. Lariyani se forjó en la Guardia Revolucionaria, donde ascendió al rango de comandante, y ha pasado por puestos de gestión relevantes en casi todos los ámbitos, desde el Parlamento hasta la radiotelevisión pública. Hijo del ayatolá Mirza Hashem Amoli, Lariyani ha sido tenido siempre por hombre de confianza de Jameneí, quien lo designó en 2020 para formar parte del Consejo de Discernimiento de Conveniencia, otra pata del entramado institucional de la República Islámica, encargado de mediar entre el Consejo de Guardianes y el Parlamento. Y para cerrar el esquema circular que rige los destinos del Irán actual, el Consejo de Discernimiento tiene la potestad de nombrar al tercer componente de la terna. No es una casualidad, pues, que Arafi haya sido el elegido ni que Lariyani, que conoce muy bien por cierto el expediente nuclear porque negoció con los estadounidenses durante años, haya emergido como uno de los referentes actuales en Irán.
Por lo tanto, la estrategia seguida por el ejército iraní hasta el momento, que podríamos considerar un órdago en toda regla, responde a la mentalidad y percepciones de los hombres fuertes del régimen. La Administración de Trump, que tenía preparado el plan de ataque, según revela ella misma, desde finales de diciembre, a pesar de las conversaciones de paz, no parece haber previsto la arriesgada respuesta de Teherán. Ni tampoco sus aliados árabes en la región del Golfo. El bombardeo de las bases estadounidenses, así como refinerías y puertos en la región ha dado lugar no solo al cierre efectivo del estrecho de Ormuz sino a que potencias económicas como Qatar anuncien el cese de la producción de gas natural licuado. Los precios de los hidrocarburos comienzan a dispararse en los mercados internacionales mientras se abre un nuevo frente en Líbano, las milicias proiraníes en Irak han comenzado a atacar destacamentos militares de EE UU y no se sabe cómo ni cuándo se incorporará la milicia de los hutíes yemeníes a la contienda. La implicación de estos dará lugar al cierre de la otra gran ruta comercial en la zona, el mar Rojo, y un mayor incremento del petróleo y derivados. La apuesta de los dirigentes actuales es clara: complicar el conflicto y alargarlo lo más posible, para que los aliados y la opinión pública estadounidense presionen por un cese de hostilidades. La pregunta es: ¿les dará tiempo?
El riesgo asumido por los dirigentes iraníes pone en peligro además su estabilidad interna. Con un ojo puesto en la ofensiva aérea de estadounidenses e israelíes, sus servicios de seguridad deben enfrentarse a posibles levantamientos populares. La oposición al régimen engloba a numerosos sectores de la sociedad iraní, hartos de la crisis económica y la represión policial, sobre todo en las regiones periféricas. En el Kurdistán, noroeste del país, las provincias de mayoría azerí (turca), árabes o beluchíes, en el sur, o en determinadas áreas de Teherán e Isfahán, se concentra el grueso de movimientos que, ante la debilidad del régimen debido al constante bombardeo de cuarteles y destacamentos militares, podrían iniciar una revuelta. De todos modos, no se trata de algo probable a corto plazo, habida cuenta del control estricto ejercido por los tentáculos de los servicios de seguridad regionales sobre la población y la ausencia de líderes opositores respetables, con carisma suficiente para seducir a los iraníes. El hijo del sah anterior, Reza Pahlevi, carece de ella y debe cargar con el pesado lastre del gobierno de su padre, caracterizado por la represión —como la actual República Islámica—, la corrupción y el despilfarro. Por si fuera poco, el antecedente de Venezuela, donde Trump ha permitido la pervivencia del poschavismo a cambio del someterse a los dictados económicos de Washington, tampoco ayuda mucho a quienes dentro de la antigua Persia ansían un verdadero cambio democrático.
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