Feminismo de escalera plegable
La memoria de las mujeres no puede construirse sobre la desmemoria o sobre cambios simplemente nominalistas


Imaginemos que no hubiera existido. Nadie es imprescindible, al fin y al cabo. Su fecha de nacimiento (13 de marzo de 1869) no aparecería anotada en ninguna enciclopedia en relación con la lengua, la historia de la cultura hispánica o la literatura. No tendríamos su fotografía junto a un halcón en aquel rodaje de El Cid, entre Charlton Heston y Félix Rodríguez de la Fuente; no lo veríamos mirando sorprendido al ave de cetrería que parecía gobernarlo todo. Tal vez no se hubiera filmado siquiera esa película, qué más da, otras producciones historicistas ocuparían su lugar. Numerosos poetas y escritores se habrían acercado al Poema de mio Cid, quizá honrándolo con reverencia o exaltando a su protagonista como ese barbudo conveniente que todo país acaba buscando en su pasado para justificarse. El Romancero se habría dejado de cantar en las plazas de España y América por el cambio en las formas de entretenimiento. España seguiría teniendo universidades e investigadores, como los tenía antes de su nacimiento, y se impartirían clases de Literatura y de Historia en aulas de secundaria. De una forma u otra, habríamos llegado al lugar que habitamos hoy, aunque no podemos saberlo.
No podemos saberlo porque Ramón Menéndez Pidal existió. Y existió, además, de una manera inolvidable: presentándose a un certamen sobre el Cid organizado por el Ateneo de Madrid con un libro que lo convierte en la primera persona que estudió cabalmente y de forma completa el gran poema épico castellano y que nos lo explicó con una erudición generosa, puesta al servicio de la comprensión. Existió encabezando la gestión de un espacio de investigación, el Centro de Estudios Históricos, que es uno de los símbolos de lo mejor que consiguió la República en el ámbito educativo: un núcleo de formación donde se integraban mujeres y hombres, y que sufragaba estancias (a pensionados, como se decía entonces) para que los mejores completasen su formación en países europeos y volviesen a España para hacer avanzar el nivel de nuestra investigación. Existió recopilando romances por los pueblos y estudiándolos como huellas de un vivir oral lleno de sabiduría. Existió, en fin, también como ejemplo de intelectual septuagenario que vivió en España tras la Guerra Civil y que, depurado de la dirección de equipos, una capacidad en que se había esforzado durante décadas, siguió investigando con dignidad y escribiendo en su particular exilio madrileño. Su trabajo, revisado por el paso del tiempo y por nuestra convicción de que toda ciencia es hija de sus circunstancias, sigue aportándonos ideas hoy.
Nuestra investigación humanística podía haber sido de cualquier otra manera, y sin embargo fue así. Por eso, no me puedo imaginar qué contarían en clase los profesores actuales de Historia o de Lengua y Literatura del instituto coruñés Menéndez Pidal-Zalaeta si Menéndez Pidal no hubiera existido. Lo que me puedo imaginar es que no lo han leído y que no les da vergüenza que los demás lo sepamos. Porque ese centro plantea la aprobación de un cambio de nombre para que pase a llamarse Instituto de Enseñanza Secundaria Isabel Zendal-Zalaeta. En su derecho están los miembros del claustro para apoyar esta iniciativa que, de ser aprobada, supondría un cambio administrativo asociado, su anuncio oficial y una consecuencia prosaica: la firma de un parte de trabajo que remunere a quien abra una escalera plegable, desmonte el viejo letrero (el instituto se llama así desde 1972), atornille las nuevas letras y saque a Pidal del paisaje urbano.
La memoria feminista no puede construirse sobre la desmemoria y la cortedad de una escalera plegable. Es necesario insistir en la presencia de mujeres en los espacios institucionales, también a través de acciones simbólicas como su introducción en rotulaciones del nomenclátor urbano, pero no se puede confundir la ampliación del canon con una rotación periódica nominalista comparable a los cambios de atuendo en un escaparate de moda. Menéndez Pidal es una figura de referencia que solo puede estorbar a quien busca estar cómodo con su propia ignorancia. De la relevancia de Isabel Zendal para la historia nada digo: es indiscutible. Ambos, Pidal y Zendal, fueron coruñeses de nacimiento. Ambos son figuras dignas de reconocimiento público. Ponerlas a competir a costa de transformar la memoria en el juego de la silla es convertirlos en muebles. Lectores coruñeses tendrá esta tribuna que me dirán que tanto da un nombre u otro, pues, hasta donde sé, para el conocimiento popular de sus vecinos, este instituto se conoce como Zalaeta, el nombre del lugar donde está radicado. Pero eso hace aún más frívolo este cambio.
Esta es la segunda vez que desde este periódico reclamo que no se borre el nombre de Menéndez Pidal de los espacios públicos institucionales. Son muchas más las veces que he defendido desde mi tribuna al profesorado de secundaria, uno de los pilares más firmes de una sociedad que aspire a ser culta y crítica; su radio de acción, tan amplio, deja pequeña cualquier comparación con la Universidad. Pero quienes sostienen una tarea tan decisiva deberían extremar el cuidado para no empañar la autoridad y el prestigio que con tanto esfuerzo construyen, y para no alimentar (porque bastante se alimenta solo, y sobre todo entre los jóvenes) el perezoso discurso que se burla de las políticas de igualdad y de memoria.
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