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columna

Tu distancia respecto a la tragedia 

En el “pude estar yo en esos trenes” también detecto sorpresa y alivio por haber visto tan de cerca la vida; no nos horroriza tanto la muerte ajena como descubrir que seguimos vivos de casualidad

Cuando se produjeron los atentados en Bataclán hizo fortuna en mi pandilla la frase “pude ser yo”, pues el amigo que la pronunció había estado en París tiempo antes (quizá, ahora que lo pienso, de niño). De hecho, no conocía ni Bataclán. Su exageración, sin embargo, necesitaba de la indulgencia y comprensión que no tuvo. Hay una reacción natural ante la tragedia que parece obligarte a medir la distancia respecto a ella. Cuando nos comunican que alguien ha muerto, no pocas veces reaccionamos llevándonos las manos a la cabeza: “¡Pero cómo puede ser! Si hablamos hace unos días”. Como si hablar contigo asegurase diez años más de vida. Como si ver a alguien, o hablar por teléfono, o escribirse el día anterior, nos parezca incompatible con la lección principal: ayer no estuvimos, hoy estamos, mañana no estaremos. Mi amigo tenía razón: pudo ser él, y hasta yo. Lo terrible de esas muertes es que pudimos ser todos, solo que algunos se acercaron más que otros. Podemos ser nosotros todo el rato, la mayoría de las veces sin enterarnos. Pudimos haber llegado a la estación a tiempo y coger ese tren; teníamos entradas para Bataclán pero un jefe cabrón, al que hoy adoramos, nos quitó el día libre; teníamos que haber subido a esa noria que se rompió; nacimos, incluso. Nadie dice, sin embargo, “pude ser yo” cuando el que muere lo hace por un infarto, ni calcula las posibilidades de haberlo sido, aunque a lo mejor se haya quedado a un phoskito o un paquete de tabaco de distancia y no lo sepa nunca. La procesión va por dentro, pero cuando sale fuera es más ruidosa e impacta más. Por eso no veo tanto egocentrismo en las reacciones de quienes tuvieron que haber cogido los trenes estrellados de Adamuz, o de quienes suelen cogerlos, como sorpresa y alivio por haber visto tan de cerca la vida, no la muerte: que así funciona, que así lleva funcionando desde el principio. Que no nos horroriza tanto la muerte ajena como descubrir que seguimos vivos de casualidad.

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